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… Ardua tarea, si uno no sabe por dónde comenzar.

Este espacio lo dedico a dar una pequeña recomendación que sirva como introducción en el arte de escribir ficción. Hay numerosos apuntes en Internet que pueden servir de ayuda para quien está comenzando o lleva poco tiempo escribiendo, y algunos de ellos están en la sección de ENLACES. No me extenderé demasiado, dado que lo único que haría sería repetir lo mismo o plagiar algunos apuntes que poseo, así que me limitaré a proporcionar un esquema muy básico de partida, algo así como mi propia reseña literaria para quien pueda servirle de orientación.

Yo me dedico a escribir novelas, y hasta ahora pertenecientes al género de suspense o al de humor. En mis relatos varío la tónica y aprovecho para hacer experimentos. Pero a lo que iba; ¿qué necesita uno para empezar a escribir? Generalmente, una historia. Yo empecé a escribir la mía, mi primera novela (hasta entonces me había limitado a algún relato suelto, artículos de opinión, módulos para partidas de rol y un libro-juego) en 2004, y lo hice a partir de un sueño. Dicho sueño me dio la idea, una idea que en sí no es que fuera muy original, pues versaba sobre un capítulo de una conocida serie de televisión (Buffy the vampire slayer). Lo importante del asunto fue que me dio pie a necesitar volcar esa historia en alguna parte. No tenía mucho, en realidad, tan solo la VOLUNTAD de querer escribirla, por diversión, que ya era mucho; sentarme ante el ordenador y comenzar a teclear día tras día sin desfallecer… Si puedes hacer eso, vas por buen camino.

Tienes tu historia, vagamente, como imágenes sueltas que necesitas hilvanar. Puedes tomar notas, hacer un guión, definir a los personajes, crear cronologías, buscar textos que te puedan ayudar a documentarte sobre cuestiones técnicas de detalle… Pero no necesitas mucho más: DEJA QUE LA HISTORIA FLUYA SOBRE LA MARCHA. Mucha gente se pierde por el camino, se agobia. Hay quien recomienda capitularla, estructurarla. En realidad, solo necesitas crear fragmentitos, ir poco a poco. Luego ya les darás forma global, crearás un índice si te hace falta. Mi primera novela tenía esa estructura de partes, capítulos y secciones numeradas. Lo cierto es que facilita bastante el proceso, pero no hay por qué encorsetar el texto. Si te resulta más fácil, hazlo así, y luego ya podrás definir los párrafos y suprimir la numeración que no te haga falta.

Escribe tu historia y contémplala crecer durante el camino. Comprobarás que tienes ideas, quizá debas detenerte y planificarlas un poco, pero solo un poco, no pretendas tener todo el libro de antemano escrito en tu cabeza. Muchos escritores consagrados dicen que es bueno no saber qué final va a tener una novela, y es cierto. Aunque puedas tener una vaga idea al respecto, tal vez consideres varias posibilidades sin decidirte por ninguna, o tal vez descubras sobre la marcha un final más interesante.

Ya tienes lo básico. Tienes ganas de escribir, constancia, y una historia. Escribe y escribe, y no te preocupes por si estás cometiendo fallos gramaticales y demás. Si es la primera vez que escribes algo grande, te vendrá bien fijarte en la estructura, en los párrafos, en el estilo de otros libros. Adóptalo como un primer modelo antes de definir el tuyo. Yo tomé el “IT” de Stephen King.

Y, por desgracia, necesitarás talento. Todos queremos creer que eso se puede entrenar, pero lo cierto es que los cursos literarios, la formación lingüística… vienen muy bien, sobre todo para pulir y mejorar, pero casi con seguridad no te van a brindar esa capacidad, esa fluidez y esa creatividad que uno necesita y que se ha manifestado, posiblemente, desde la infancia. Ponte a escribir y fluye. Si te gusta lo que escribes (aunque tenga faltas y errores, como ya he dicho), entonces vale; no digo la historia, la idea, que puede ser genial, digo si TE GUSTA CÓMO LO ESCRIBES, si estás leyendo tu texto y el estilo se parece al que te gustaría leer en uno de esos libros que compras, te prestan o sacas de la biblioteca.

Eso es lo básico. Luego necesitarás HERRAMIENTAS. Las herramientas lingüísticas elementales ya debes haberlas aprendido en la escuela. Dificulta bastante el hecho de no dominar la lengua escrita. Si estás verde en algunos campos, como me pasaba a mí, no importa; todo lo que está almacenado en tu cabecita irá encontrando la forma de corregirse consultando diccionarios y viejos apuntes. Poco a poco irás puliendo; incluso existen cursos para eso: no te preocupes. En mi primera novela cometía muchas erratas del tipo “alrededor mío”, tiempos verbales confusos, adjetivación excesiva, carencia de tildes, etc. Se puede y se debe entrenar. No va a ser eso lo que te detenga, pero procura escribir medianamente bien o te verás más que supeditado a contratar los servicios de un corrector literario.

Otro tipo de herramientas son las del oficio creativo en sí, ese tipo de cosas que te harán falta para que tus textos posean la riqueza necesaria y que su lectura sea cuando menos interesante. Este tipo de herramientas son muy importantes y, como ya he dicho, si no las dominas ya, se pueden aprender a base de leer. Y es que ese es otro de los secretos del arte y oficio de escribir: LEER MUCHO Y ESCRIBIR MUCHO. ¿Que no tienes tiempo para leer? Mal asunto; te recomiendo que lo hagas, y no solo para aprender y disfrutar (que es de lo que va la lectura), sino también para no entumecerte; para enriquecerte y adoptar recursos estilísticos que quizá se te habían pasado por alto, tal vez aportando alguna variante que tú mismo incluyas para tus textos.

Pues bien, esas herramientas de estilo de las que hablo están ampliamente documentadas y las podrás encontrar en cualquier libro de “mejora de textos literarios”. Alba editorial tiene una colección bastante buena; son libros finitos y muy caros, pero el contenido lo merece. También me gustaría destacar un libro muy interesante a propósito del oficio de escribir: “Mientras escribo”, de Stephen King; no es un libro muy práctico en cuanto a técnicas concretas, pero sí aporta una visión muy personal y varios consejos muy tangibles (mundanos) sobre cómo narrar historias.

Estas técnicas de las que hablo mucho y concreto poco (quizá porque me extendería demasiado y plagiaría otro tanto), dichas así parecen alguna fórmula secreta para el éxito literario o algo parecido. No. Son simplemente recursos estilísticos que un buen narrador de historias va manejando conforme su pericia va en aumento. Abarcan desde la estructuración de la historia (por ejemplo, empezar a narrar de delante atrás o recurrir a los típicos flashbacks) hasta procurar suprimir los adverbios acabados en -mente. Con ellas y con tu propio talento, podrás pasar de escribir textos planos y vacíos del tipo: “Su novio la hizo callar y la llevó de la mano. Hubo un relámpago y ella pudo ver a su novio durante un segundo. La llevó de la mano hasta dentro”, a escribir algo más consistente como: “Su novio le hizo un gesto para que guardara silencio, y ella, por supuesto, lo guardó. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Estaba en un vestíbulo muy amplio, la luz de la escalera acababa de apagarse, y solo tenía la fría mano de su novio para proporcionarle seguridad. Un latigazo eléctrico seguido de un estruendo mostró durante un segundo la pose encorvada de su chico, quien la guiaba con una delicadeza en contraste con la rudeza con la que oprimía sus dedos”.

Las herramientas de estilo son eso: aquello que hace más interesante, rico y variado al texto; aquello que procura no repetir adjetivos, no redundar, no explicar dos veces lo mismo… Muchos escritores noveles, no sé si porque pecamos de malos poetas, metemos mucho la pata diciendo cosas del estilo“Era tan bella y preciosa…”. A eso se le llama poner dos adjetivos sinónimos; uno de ellos sobra. Otras veces metemos la pata diciendo: “Estaba sediento, así que abrió el grifo para beber agua, ¿y si no para qué iba a abrir el grifo? También solemos abusar de los adjetivos “pequeño” y “profundo” ¿Ha quedado ya claro a qué clase de herramientas me estoy refiriendo?

Esas breves anotaciones resultan bastante evidentes. Existen otro tipo de fallos que se nos cuelan sin que nos demos cuenta, como cuando decimos: Llevaba mucho tiempo esforzándose en sus tareas. Se levantaba a las siete de la mañana abriendo el cuaderno de sumas y restas, adelantando trabajo para que por la tarde le diera tiempo a acabarse un capítulo de cada una de las restantes asignaturas. Procuraba ver sólo media hora de dibujos animados y enseguida volvía al escritorio, donde le esperaba el dolor de espalda, el lápiz cada vez más desgastado, y la sensación de que se fijaba demasiado en el papel; demasiado para su corta edad”. En un texto como este sobra la parte subrayada, porque anuncia el contenido de lo que a continuación explica. A nosotros, mientras lo escribimos, puede parecernos un resumen apropiado para lo que a continuación concretamos, pero en realidad no lo es. Si hubiésemos empezado el texto con un “Llevaba mucho tiempo levantándose a las siete de…”, habríamos obtenido la misma información, y mejor, menos reiterativa.

Pero si hay una técnica por excelencia (las estoy llamando técnicas, aunque no se trata tanto de técnicas como de formas de expresar ideas sin resultar plomizo), al menos para mí, es la que deriva de diferenciar entre “DECIR” y “MOSTRAR”. Estamos diciendo cuando escribimos: “Juan estaba cansado, así que dejó de trabajar”; estamos mostrando cuando explicamos: “Juan tenía las sobaqueras de un color oscuro delator, jadeaba y apenas si podía sostenerse en pie, así que dejó el azadón a un lado”. No se trata de utilizar una u otra forma de descripción, sino de conocerlas y saber adaptarlas según la intención y naturaleza de nuestro texto. Normalmente, es mucho más rico mostrar que decir, porque nos demuestra con imágenes que el lector puede “ver”, con hechos, con pruebas que, en efecto, el personaje está cansado.

También habrás de cuidar el tiempo de la narración. Si te encuentras describiendo escenas en donde todo transcurre a gran velocidad o en donde tratas de imprimir ritmo, necesitarás frases cortas, verbos que evoquen rapidez y movimiento, fijar la atención del texto sobre elementos que se muevan o sufran los efectos del movimiento de los personajes. A su vez, si estamos describiendo una escena en donde todo se desarrolla con lentitud, podremos recrearnos en frases largas y subordinadas, detenernos más en las descripciones de detalles, utilizar verbos que denoten lentitud… No hay que olvidar que todo en el texto guarda relación con todo. No se trata de rellenar páginas con palabrería barata. Se trata de decir lo apropiado para el objetivo que buscamos en el momento apropiado; todo lo demás sobra. Y no se trata de una cuestión de escribir best sellers o, por el contrario, literatura “densa”. Se trata de contar lo necesario, aunque nos salga un quijote.

Una vez tienes tu historia, tus herramientas y tus ganas de escribir, tendrás que aprender a sortear los obstáculos típicos de cualquier narrador de historias, aquellos que hacen que la historia flojee por alguna parte: exceso/falta de descripción, personajes pasivos, carencia de suspense, historia demasiado predecible, personajes planos y repetitivos, diálogos poco creíbles, falta de información, falta de verosimilitud, expectativas que no se cumplen… No existe una cura preventiva para esto. Necesitarás práctica y el hábito de revisar tus textos conforme vayas aprendiendo más sobre el oficio. Cuando yo escribí mi primera novela, me sorprendí de la historia, de lo enfermizamente fluida que me salía. Al principio, todo lo que escribía me gustaba. Tuve más o menos el desarrollo previsto para estos casos: me atascaba con detalles técnicos, me detenía en buscarlos y seguía adelante. Inventaba nuevas escenas, enlazaba cosas, tomaba notas y revisaba para corregir; pero sobre todo escribía, la historia se vendía sola. Cuando llegó el glorioso pero triste momento de cerrarla, llega el no menos triste (por lo arduo) proceso de corregirla. Y como era un novato, lo tuve que hacer muchas veces. Ahora suelo corregir mis novelas sobre la marcha, y luego, una vez acabadas, un par de veces más. Y hay que detenerse, ir muy poco a poco, y descansar. Si te das el atracón porque te entra la prisa, tus ojos lo verán todo bonito y se te colarán verdaderos gazapos. Pues bien; necesitarás corregir, mejorar el texto (lo que casi siempre implica acortarlo), completar alguna cosilla, pulir erratas, obtener una visión de conjunto de la historia, ver si el ritmo es el apropiado, si las escenas son lo que tú querías…, lo cual quedará más claro en una segunda corrección que ha de ser tan lenta (o más) que la primera. Si haces más correcciones, pues bueno, las que hagan falta, pero tampoco te vuelvas loco; te recomiendo en tal caso que busques algún libro de autoayuda de esos que hablan del perfeccionismo y te “cures” antes de seguir con el oficio.

Una novela puede parecernos un primor al principio, y un petardo inocente algo después. Dejar transcurrir un tiempo (meses y meses, incluso algún año) y luego volver a ella puede ser revitalizador. Hace poco volví a mi primera novela y descubrí la cantidad de torpezas literarias que había cometido. Mientras escribo este texto, la novela se encuentra en sus últimos retoques: yo lo llamo “pulido”; no me gusta trastocar demasiado mis textos, por irregulares que me parezcan. Prefiero que reflejen lo más fielmente posible la etapa de mi vida en la cual se escribieron. “Ese era yo y así escribía antes”, me digo. Lo que no soporto es que se me cuelen frases del tipo “Había una pequeña mesita”; ese “pequeña” innecesario hay que borrarlo sin piedad.

Recapitulando: descubre tu historia, ponte manos a la obra y no desfallezcas. Entrena tu técnica y sigue aprendiendo. Revisa tus textos, aprende de tus errores y sigue adelante. Esto, a grandes rasgos, es lo que he aprendido y he descubierto. Aún sigo leyendo y escribiendo: aún sigo aprendiendo. Haz tú lo mismo, es el mejor de los consejos.

¡Ánimo!

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