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Escucha el ronroneo monótono de la maquinaria en la calle de atrás. Ese murmullo logra filtrarse a través de puertas y ventanales, y se impone sobre la modorra de las primeras horas de la tarde. Él inspira todo lo que sus envejecidos pulmones pueden soportar, y se pasea de una mesa a otra esparciendo la prensa para luego clasificarla y apilarla.

El bibliotecario ya ha colocado toda la prensa en su sitio. Ahora descorre las cortinas, recoloca un libro en su estantería y se ajusta los puños de la holgada camisa que luce de forma juvenil. Sus gafas, sin embargo, no son juveniles; tampoco su frente arrugada, que siempre muestra una caricatura de sonrisa, una segunda y aviesa sonrisa tallada sobre el tupido entrecejo.

A continuación supervisa el aparato de aire acondicionado. Debe encenderlo, pero se lo piensa mejor y regresa al cajón de las fichas. Sus dedos se mueven con habilidad entrenada e imperecedera de fotografía en fotografía, y dejan entrever una miríada de rostros jóvenes hasta hallar el que viene buscando. Carraspea. Sus ojos se mueven frenéticos ahora que sus dedos se han detenido sobre una figura pálida, tímida, vulnerable, de cabello lacio y negro. Comienza a leer su nombre garabateado: “Lucrecia…”, cuando unas zapatillas deportivas se superponen al ronroneo callejero. Son las mismas zapatillas que semana sí semana no suben las escaleras del centro cultural, despacio primero, apresuradas después tras el primer rellano, donde se halla un enorme y siniestro cuadro de autor desconocido para el público.

El anciano bibliotecario sonríe y guarda la ficha con premura; pero no se sienta, ni hace otra cosa como encender de una vez el aire acondicionado. Simplemente, espera tras el escritorio, tras el ordenador, tras la pila de novedades, tras el cajón de las fichas, tras los folletos… Espera, y se frota las nudosas manos.

Deja de hacerlo cuando la joven cruza el umbral de la puerta mirando hacia el suelo, como si las estanterías y los expositores hubiesen sido derribados y los preciados libros llenasen el suelo de obstáculos. Lucrecia levanta la vista del suelo lo suficiente como para ubicarse. Él aguarda con una mueca ambigua y acogedora, esperando el tímido saludo de la muchacha para contraatacar con un profundo y grave “Buenas tardes, Lucrecia”.

Ella hace chirriar tres veces sus zapatillas hacia el escritorio, sin demorarse ni un segundo más en su petición. Él logra enderezar un tanto la columna. Sabe que la muchacha es incapaz de sostenerle la mirada durante más de dos segundos, y sabe que está demasiado ofuscada como para danzar de sección en sección en busca de lo que sea mientras es sometida a tamaña vigilancia. Pero también sabe ser solícito con ella, darle lo que desea.

El bibliotecario arrastra los pies con buen ritmo hacia el interior del depósito de libros, e inspira con su nariz atrancada el aire polvoriento y añejo que rezuman hasta las telarañas, bien escondidas en los picos más altos de los estantes. Al poco, extiende los brazos hacia delante en señal de ominosa ofrenda a su inquieta muchacha. El descolorido libro toca con insolencia la pálida piel de la muchacha, pero el bibliotecario se guarda bien de retirar sus nervudas manos de la asustadiza joven, que da un paso hacia atrás, casi sosteniéndose tras el inesperado peso del préstamo.

La chica se encuentra ya garabateando su firma en la cartulina que el bibliotecario ha hecho surgir de la nada, como si de un prestidigitador se tratase. Él contempla el tembloroso pulso de la muchacha, el pulso de alguien que ha debido de sufrir las persecuciones y burlas de sus pares; incluso puede que la maltraten en casa. El pelo le tapa la cara y parte de la camiseta. Agachada como está, el bibliotecario puede verle bien las protuberancias huesudas de la columna marcadas en el tejido de algodón. El lápiz termina de arañar la cartulina y él se lleva la mano a la boca en una pose que hace que la joven detenga su próximo movimiento en el aire.

—Lucrecia, por cierto…

El bibliotecario toma el lápiz y la cartulina que la joven sostiene, paralizada. Con una sonrisa torcida, desplaza los ojos hacia su izquierda y hace desaparecer de entre sus manos lo que acaba de tomar.

—… Ayer, clasificando unos nuevos volúmenes que hemos recibido, encontré un viejo libro que se había dado por perdido. Estaba en el fondo de una estantería, escondido detrás del resto. Es de esos que te gustan a ti —le muestra ahora una sonrisa de dientes amarillentos—, de historias de magia y esas cosas.

La chica abre bien los ojos y le descubre una vez más su candidez, oculta bajo una máscara de temores. Ya la tiene, ha logrado sorprenderla una vez más. Le gustará ese libro. El anciano alinea el fichero con las manos y le indica luego con el dedo índice dónde puede ir a buscarlo ella misma.

Los nerviosos movimientos de Lucrecia no se hacen de rogar. Él, con parsimonia, abandona el escritorio y se dirige a la caja de mandos del aire acondicionado. Durante un segundo, cierra los ojos y suprime el ruido mundano que llega a sus oídos y el soplido del aparato recién conectado. Cuando levanta los párpados, no se fija en la balconada tras el ventanal, ni en las fachadas próximas, coronadas por una deslavada grúa. Por el contrario, visualiza con claridad, con la misma claridad vespertina que entra a través del cristal, cómo la joven remueve volúmenes que se desploman sobre la madera, que se apilan unos con otros, y cómo los abre, cómo lo abre, cómo crujen sus páginas añejas y pegajosas cuando son hojeadas con avidez, con la misma avidez con la que él vuelve a sonreír mientras se dirige al escritorio.

Antes de acabar de pasarse la lengua por las encías, ya tiene preparada una nueva ficha de préstamo para Lucrecia. La deja sobre la mesa y coloca los puños sobre esta.

La escucha salir del depósito. No necesita darse la vuelta para saber lo que lleva entre las manos. Cuando la chica se acerca al escritorio y deposita allí el voluminoso libro, él sonríe abiertamente y le ofrece un lápiz puntiagudo con mano firme. Sabe que lo leerá, que le gustará, que lo utilizará para vengarse.

Y sabe que después ella será suya.

© Javier Vivancos

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