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Hacía menos de una semana que la conocía y cada vez la deseaba más. Tiraba de su mano a través de la enmarañada oscuridad del bosque. Se sentía tentado de detenerse y arrojarse sobre el primero de esos arbustos bajos de hojuelas abundantes que tanto brillaban a la luz del sol, un sol que hacía mucho que se había escondido. Eso era lo que necesitaba, por encima de todo temor, obedecer al deseo estimulado por la situación, refugiarse entre el ramaje seco del mediterráneo con la complicidad del ruido silencioso de la naturaleza, y retozar entre los pálidos y suaves brazos de la atractiva joven.
Le sudaban las sobaqueras de la camiseta pese a que la noche se presentaba fresca, y es que llevaban ya un buen rato trotando, arañándose con la basta vegetación. Seguro que ella, con su ajustado top, se había rasguñado el abdomen, su ombligo, ¡ay, su ombligo! ¡Cuánto lo deseaba! Ya no se escuchaban pasos insistentes ni resuellos agresivos; ya no se sentía tan intensos los latidos, ni le zumbaban los oídos por el eco de los gritos de su chica. La misteriosa y delgada silueta de manos alargadas ya no alzaba sus extremidades bajo contadas estrellas ni removía la vegetación con rabia segadora. Iba siendo el momento de canalizar la activación fisiológica en algo más placentero que el terror.
Y es que esa emoción podía ser un excelente estimulante cuando se disfrutaba sólo de sus remanentes, cuando uno se embriagaba con la seguridad inquieta que sigue a un buen susto, más aún cuando la fuente del pánico resulta ser algo indefinido, ese tipo de cosas que se creen percibir en la noche, en bosques solitarios, con el deseo encendido y la imaginación juvenil bien alimentada por tantas y tantas películas. ¿Una bestia feroz, un animal fantástico, un psicópata acechando territorios rurales en días de luna nueva? Pensamientos pueriles agolpados entre las sienes, a la carrera, con la esbelta figura de la joven a la espalda, ahora invisible salvo para la memoria, sujeta por una mano firme, pulsante de deseo. Y los temores acaban por parecer absurdos, por convertirse en meros estímulos nocturnos para una fantasía erótico-terrorífica: ¿y si nos persiguiera algo en la oscuridad en la soledad del bosque?, ¿y si nos pillara con los pantalones bajados?, ¿y si se sintiera atraído por la fragancia de nuestros sexos?
Vamos a parar ya, quería decirle entre jadeos. Le sudaba mucho la mano, las axilas, pero sobre todo la mano, y le dolía la muñeca, tal vez porque le apretaba el reloj y sus pulseras de macarrilla. Sin refugio donde terminar la carrera a ciegas, sin siluetas persiguiéndoles, sin gritos… Ella no gritaba ni lloriqueaba ya; apenas conseguía oírla respirar con el ruido de sus propios pasos y jadeos. De hecho, desde que se había ausentado para orinar tras los chopos y se había puesto a chillar como si la estuvieran matando no había vuelto a escuchar el timbre de su voz. ¿Estás ya bien, preciosa?, ¿paramos ya? Yo también me he asustado mucho, pero seguro que solo era…
No era su mano la que sudaba, sino la de ella apretándole. Parar, abrir la boca para sonreír en la oscuridad o para tomar aire, darse la vuelta. ¿Por qué aprietas tanto?, no hace falta seguir corriendo, nos vamos a sacar un ojo… Pero las palabras no llegaban a surgir de su pecho encogido, su tráquea obstruida por la impresión recogida en sus ojos desorbitados, ya acostumbrados a la oscuridad, qué oportunos, incapaces de aceptar que esos rizos deliciosos, que esa silueta esbelta (y alta, muy alta), que esos brazos delgados pertenezcan a la silueta purulenta de garras sudorosas que le maceran la muñeca, que le sujetan con la misma avidez de una persecución voraz. Y un beso obsceno de colmillos como agujas de hacer punto lubricadas por el deseo carnal, arrojándose sobre él, entre los arbustos, ahora sí, ahora sí que puede detenerse y canalizar su activación en… ser devorado.

© Javier Vivancos

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