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Aquí va el primer relato que escribí antes de considerarme siquiera escritor; es tan entrañable como mejorable…

Mientras ascendía por la suave pendiente que conducía al cementerio, trataba de buscar algún significado oculto en los rumores y cuentos populares que había estado escuchando desde su llegada a la ciudad un día antes. La búsqueda de inspiración para su prosa, que había constituido su primera motivación, había dejado paso a la curiosidad, la misma curiosidad que te hacía aguantar hasta las tantas de la madrugada a los borrachos buscando la pieza del puzzle que faltaba.

El cielo estaba un tanto nublado esta mañana, y hacía algo de viento que dificultaba el ascenso. Agradecía, con todo, que el sol escondido no agravase las molestias de su resaca. Mirando al suelo para no tropezar con las piedras del camino, seguía dándole vueltas a aquella historia, una historia que en cierto modo era una de tantas que se escuchaban en los pueblos y ciudades a este lado del océano. Leyendas locales que ofrecían algo más que materia prima para asustar a los niños y ganar algunas monedas en los mercados; invitaban a la reflexión, a indagar en los orígenes de una mitificación, de una superstición popular, y revelaban así los sentimientos latentes de cada población.

Todavía le parecía escuchar la voz de sus hermanos mayores reprochándole que anduviera por ahí perdiendo el tiempo entre papeles que no llevaban a ninguna parte, al menos no a ninguna que alimentara el estómago y refrescara el gaznate durante más de dos días seguidos. Si le vieran ahora…, lanzándose a una investigación anecdótica por el mero interés personal de averiguar el origen de una leyenda local. Pero conforme subía y avistaba a lo lejos la siniestra figura del cementerio, la historia le seducía más y más; la historia de una pareja muy unida tanto en el amor como en la convicción de atacar los sagrados dogmas de la iglesia. Fueron condenados a morir y a ser separados el uno del otro en muerte, de forma que sirviera de ejemplo para todos aquellos que se atrevieran a ir contra la orden religiosa. Lo más fascinante era el carácter simbólico que la iglesia había querido imprimirle a la condena. Otras bocas matizaban la historia afirmando que, efectivamente, el hombre era considerado un hereje, un activista en contra de la iglesia, mientras que la mujer quedaba relegada a seguirle con amor ciego, participando de sus convicciones, pero sin expresarlas abiertamente. Pero al margen del papel más o menos importante de la mujer, la iglesia los ejecutó a ambos, y para demostrar que la unión no hace la fuerza, los enterraron en el cementerio (dentro del perímetro del mismo, lo cual no era muy usual), en diferentes extremos, y adornaron sarcásticamente sus lápidas, no para conmemorarlos, sino para ilustrar cómo acababan los que osaban atentar contra la sagrada estructura religiosa.

Las gentes de la ciudad poco a poco fueron inventándose historias acerca de las dos almas atormentadas que, cada año, rememorando el día de su ejecución, vagaban por el cementerio al caer la noche, buscando venganza y alimentando crecientemente su rabia al no encontrar más que tumbas a su alrededor. Era singular también cómo esta historia iba modificándose y extendiendo su influjo a todas las noches del año, de modo que no había una en la que los dos espíritus atormentados no hicieran acto de presencia. Y era por este motivo que el cementerio, un lugar tétrico de por sí, no era visitado nunca al caer la noche, ni siquiera por el enterrador, quien vivía a unos cuantos metros del mismo, separado por una más que prudente distancia psicológica.

Llegó por fin a la cima, mesándose el bigote. El cementerio era un terreno amplio, con una verja que lo recorría desde esta, su entrada sur, hasta su entrada al este. La verja estaba oxidada, y entre sus barrotes y afilados remates se dejaba ver un edificio rojizo con dos ventanas arqueadas y unas grandes puertas dobles de aparentemente sólida madera. Dicho edificio, según le habían contado, hacía las veces de velatorio y capilla. Las gentes de la ciudad evitaban celebrar velatorios durante el aniversario de la muerte de los herejes, pero la iglesia desestimaba tales supercherías dando amplios sermones a quien mostrara temores al respecto.

La verja estaba entreabierta. La cruzó con paso rápido, con la muerta hojarasca procedente de los marchitos árboles crujiendo bajo sus pies. Por los extremos, rodeando el edificio hasta perderse de vista, se extendían filas de lápidas, panteones y pequeños mausoleos privados. En aquel momento solo se veía a una persona en el patio, una anciana que venía con una especie de tarro ancho de cristal. Su semblante era triste, caminaba encorvada y vestía de negro, en contraste con su blanquecino cabello.

Se acercó a la anciana y le preguntó con su educado acento si podía hacerle unas preguntas acerca de la leyenda que había escuchado en la ciudad. Desistió en su intento cuando la anciana le respondió musitando incoherencias con la mirada perdida, mientras trataba de esquivarle. No era la primera excentricidad que se encontraba en su contacto con potenciales informantes, así que lo dejó correr y se dirigió a echarle un vistazo a las lápidas del lateral izquierdo, en busca de alguna que correspondiera a los herejes. Confiaba en que no le resultaría difícil encontrarlas.

Avanzó bordeando las grisáceas lápidas y los árboles cercanos, observando detenidamente cada una de las inscripciones para detectar algo fuera de lo corriente. Su atenta mirada enfocada hacia el suelo se tropezó de repente con unas botas negras con algo de barro que ascendía desde las suelas. Alzó la vista y se encontró de cara con un hombre de avanzada edad que llevaba una escoba en la mano izquierda y una camisa marrón sucia a juego con los pantalones. La expresión del hombre era seria, pero no hosca, la clase de expresión que posiblemente no aceptaría un chiste de un desconocido, pero que sin duda te ayudaría si tropezabas y caías al suelo. Saludó tendiendo la mano libre e hizo tintinear involuntariamente las llaves que le colgaban al cinto. Ambas manos se estrecharon.

Una mano firme para un hombre corpulento a pesar de su edad. El enterrador, pues así lo insinuaba su atuendo oscuro lleno de manchas de tierra, sus llaves, su escoba y su rostro taciturno propio del que vive únicamente acompañado de los muertos, le preguntó acerca de su visita al cementerio, ya que nunca antes le había visto por allí. Tras la respuesta, el enterrador, frunciendo el ceño como si la cordialidad jamás hubiese existido en su rostro, le preguntó si había hablado ya con los sacerdotes.

Efectivamente, la mañana anterior había visitado a uno de los sacerdotes bajo el pórtico afilado de la capilla, pero este se había limitado a sermonearle acerca de lo que se debía aprender de la leyenda, y no le contó los detalles que de verdad le interesaban. Tras un incómodo silencio, el enterrador le recomendó que olvidara el asunto y se buscara otras historias.

Historias. Eso era lo que quería, pero esta historia en particular. Intentó sonsacarle algo más de información sin éxito; ya parecía demasiado receloso, supersticioso quizás. Algo desalentado, se dijo a sí mismo que si su investigación no prosperaba tal vez podría volver más tarde y tratar de persuadirle con algo de más valor que la curiosidad de un desconocido. Eso podría funcionar, suponiendo que el enterrador fuese de ese tipo de personas, y suponiendo también que lograse reunir algo más que calderilla para tomar cervezas.

Tras la escueta conversación, sacudió la cabeza para olvidar el asunto de la persuasión. Siguió examinando las lápidas y sus inscripciones, y pasó bajo la cornisa del velatorio, cerrado a estas horas. Todas las lápidas presentaban similar aspecto. Algunas estaban acompañadas de coronas florales y bellas inscripciones conmemorativas, pero ninguna mostraba nada inusual. Dirigió una mirada fugaz a los panteones, casetas grises de roca con protuberantes puertas en cuyas inscripciones aparecían nombres y apellidos familiares de las clases que se podían permitir el pago de ese tipo de monumentos. Ninguno de ellos podía ser lo que buscaba.

Una repentina corriente de aire le obligó a entornar los ojos ante la hojarasca que se alzaba y, cuando pudo enfocar mejor la visión, descubrió por azar lo que andaba buscando: una lápida apartada junto al muro anexo a la verja. La lápida era irregular, no un semicírculo bien tallado como el resto. La hierba del suelo había sido deliberadamente segada a su alrededor, y se había colocado cerca unas varas cortas en forma de cruz. Pero lo que más le llamó la atención al agacharse para examinar la lápida fue la precisión de los grabados, adornados de forma similar a los de los frisos de la capilla de la ciudad, y los versos, que ridiculizaban al difunto, del cual no se había tenido la decencia ni de escribir su nombre; figuraba como “D”. Lo que sí se podía deducir de la polvorienta lápida era que allí quedaba enterrado un hombre. Todavía faltaba encontrar la lápida de la mujer.

Apresuradamente, dio la vuelta al patio, embargado por la creciente curiosidad. Sus pisadas hacían crujir la misma hojarasca que el enterrador barría en la entrada del cementerio mientras le observaba con aparente distracción. Cuando localizó la lápida, una semejante a la anterior, se acuclilló para frotar con la mano el polvo y leer la inscripción, que ridiculizaba a una tal “L. Por lo visto, ella “había decidido” acompañar a su amante, “D, a los infiernos. Tras reflexionar unos instantes, se levantó y decidió echar un vistazo más general al cementerio, y tal vez buscar al enterrador para pedir acceso al edificio.

No había dado dos pasos cuando, junto a una lápida cercana, descubrió una pala. Una atrevida idea rondó por su cabeza. Con sigilo, agarró la pala por el mango, se la llevó al extremo norte del cementerio y la ocultó bajo la hojarasca acumulada y unas maderas. Más tarde decidiría qué hacer. Retrocedió sobre sus pasos y buscó al enterrador.

El enterrador, que lo andaba mirando con pesadumbre, le había negado el acceso al velatorio argumentando que necesitaría el permiso de los sacerdotes. Dada la negativa, decidió, tras despedirse de mala gana, iniciar el descenso del montículo sobre el que se asentaba el cementerio, rumbo a esa ciudad de tejados achaparrados. La negativa de aquel hombre tan taciturno mermaba las fuentes que ofrecía el cementerio para continuar con la investigación, así que comenzó a reflexionar sobre la ocurrencia que había tenido al descubrir la pala.

Ya en la ciudad, decidió descansar durante el resto del día y dedicarlo a otras actividades no relacionadas con su investigación. Estaba resultando una investigación de lo más pobre en cuanto a fuentes se refería. Y, desde luego, a quien se la comentase podría acusarle de utilizar métodos un tanto pueriles y superficiales. No cabría argumentar que era su primera investigación ni que estaba tocando temas complicados (todos los temas en los cuales la iglesia tenía algo que ver resultaban complicados). Pero tenía una indescriptible corazonada que le susurraba veladamente que estaba en el buen camino, que iba a descubrir algo.

Cuando la noche comenzaba a verse caer a través de la ventana de la ruidosa y húmeda taberna, ya había consolidado su decisión. Visitaría el cementerio furtivamente, de noche, y levantaría las tumbas de los herejes en busca de algún indicio que le ayudara a cerrar su investigación. Una idea atrevida, un presentimiento poderoso. Cogió su zurrón y, sin despedirse del tabernero con quien tan buenas migas había hecho, salió de la taberna y dio un rodeo por las granjas rumbo al cementerio. La morbosa idea de profanar las tumbas compensaba con creces el miedo a que la iglesia descubriera lo que intentaba hacer, algo improbable, por otro lado, ya que los mismos sacerdotes, en su inmensa hipocresía, temían acercarse al cementerio de noche.

Ascendió la cuesta cuidándose de vigilar en la distancia la llama que brillaba en la ventana de la casa del enterrador, próxima al lugar. Encorvándose, aceleró el paso. Una oronda luna relucía en el firmamento y alumbraba parcialmente el camino hasta la verja. Maldiciendo, comprobó que estaba cerrada, así que giró hacia la parte oeste del cementerio para saltar el deteriorado muro. Encaramándose con la ayuda de la rama de un árbol cercano, su ascenso por el muro culminó y, raspándose los pantalones con un saliente maltrecho de verja, comenzó a descolgarse.

El disgusto se tornó en inquietud al contemplar el patio. Tenía un aspecto siniestro, mucho más que durante el día. Los escasos árboles y las lápidas se presentaban como siluetas amenazadoras en el silencio de la noche, silencio roto tan solo por el crujir de las hojas secas a su paso.

Vacilante, palpando todo aquello con lo que se topaba y que las sombras dificultaban ver, sorteó las lápidas hasta llegar a la del tal “D”. Luego, volvió a maldecir. Demasiadas maldiciones para un día. Había recordado a destiempo que primero debía coger la pala escondida horas antes. Avanzó tropezando con todo aquello que no podía ver, siempre con la sensación de estar escuchando demasiados ruidos de dudosa procedencia.

Tardó en encontrar la pala, pero agarrarla le proporcionó seguridad. Al parecer, las supersticiones habían comenzado a afectarle. Ya no parecían ser tan solo historias de borrachos, formas divertidas de pasar el rato. Ya creía tener superados los miedos de la infancia, pero eso no impedía que uno se plantease la veracidad o no de lo sobrenatural que había en la joven leyenda. Pese a todo, armado con la pala retrocedió hacia la lápida. Así, comenzó la excavación, la cual se vio interrumpida en un par de ocasiones por repentinos soplos de viento o misteriosos ruidos que se esforzó en identificar. Cuando tocó fondo, sacó del zurrón un yesquero y unas ramas atadas con cuerda que había recogido días antes, y encendió una pequeña llama que le serviría para descender el escalón de la fosa y abrir el ataúd.

No le costó demasiado, se trataba de una simple caja grande de madera. La iglesia no gastó demasiado en algo que después sería sepultado; su mayor inversión había consistido en los ornamentos que quedarían a la vista. Respirando con la boca, dejó la improvisada antorcha junto a la lápida y procedió a abrir el ataúd ayudándose de la pala, para acabar rompiendo la tapa ruidosamente.

El hedor le hizo toser y cubrirse el rostro con la manga del brazo que tenía libre. Acercando la llama, pudo observar un esqueleto cuya cabeza estaba separada del tronco y vuelta del revés. Aparte de polvo, andrajos y huesos, no había nada. Justo cuando volvía a maldecir, descubrió una cajita de un metal oscuro, oculta en el interior del ataúd. La agarró con rapidez, mordiéndose el labio. Se la llevó fuera del agujero que había excavado. Respiró hondo todo el aire puro que pudo, se convenció de que no, que no era un ladrón de tumbas, que solo era curiosidad, y se dispuso a abrirla, lo cual hizo sin dificultad. El interior olía a hierbas aromáticas secas. Había un anillo y una carta amarillenta que cuidadosamente desdobló. Como pudo, acercó la llama y empezó a leerla:

Escribo esta carta para que tú, amada mía, la leas cuando decidan ejecutarme esos hipócritas de la iglesia […] Se me ha condenado injustamente a guillotina como sabrás, y ya no se puede hacer nada. Pero, al entregarme voluntariamente, he rogado al teócrata para que a ti se te perdone la vida y se permita tu marcha del país. Quiero que sepas que mis convicciones no morirán conmigo si tú continúas apoyándolas en el extranjero […] En fin, deseo que tú y los nuestros seáis escuchados. Nunca te olvidaré…

El resto de la carta rememoraba tiempos pasados entre la pareja, pero con lo que había leído ya podía empezar a atar muchos cabos sueltos. La carta nunca llegó a su destino, ya que la iglesia faltó a su promesa. La lección dada fue ejemplar. La iglesia se regodearía del simbolismo que entrañaría el haber dejado el último mensaje del hereje con él, para el resto de los tiempos. Eso en sí mismo sería un triunfo para los sacerdotes. Era de suponer que los simpatizantes con la causa de los herejes se encargarían de rumorear la falsedad y crueldad de la iglesia. Así empezaría la leyenda a extenderse, con los tabúes y versiones que la misma iglesia introduciría, y con todas las deformaciones que el fenómeno de la cultura popular aportaría.

Poco más parecía que tenía que hacer allí. Los músculos le dolían de tanto cavar. Se tendió en el suelo, mirando hacia la luna. Entonces, tuvo otra extraña idea. De no ser por el silencio de la noche, habría jurado que alguien se la había susurrado.

Sin tapar la tumba, caminó con su descuidada llama encendida, la cajita con la carta en el zurrón y la pala en la mano, hasta llegar a la lápida de la mujer.

Comenzó pesadamente a desenterrarla y, tras retirar jadeando el último montón de arena, se agachó para romper la tapa del ataúd, uno de idénticas características al que ya había roto. La débil madera cedió con facilidad ante su fatigada rabia, una rabia que había descubierto que le pertenecía ahora, una rabia que pretendía mitigar destrozando una caja que la iglesia había puesto ahí, como si con ello estuviese destruyendo la cínica traición. Pudo observar que el contenido era el esperado: un conjunto de huesos y suciedad. Depositó cuidadosamente la cajita junto al esqueleto y, esta vez sí, comenzó a tapar la tumba, al recordar su anterior descuido.

Agotado, clavó la pala en el suelo. De pronto, oyó un ruido cercano que le sobresaltó. Mirando hacia todas las direcciones posibles que se perdían en la oscuridad, agarró la pala con la mano diestra y la casi extinta llama con la zurda, tratando de escuchar algo más. La hojarasca crujía cerca. Era algo tangible, real, algo que pisaba el mismo suelo que él. Las historias de borrachos no pisan la hojarasca.

No podía ver con claridad apenas nada de lo que le rodeaba, demasiado envuelto en las sombras, así que comenzó a retroceder mientras agarraba con fuerza la pala con su sudorosa mano. El corazón le palpitaba violentamente, y el sudor bañaba su rostro ya húmedo por los esfuerzos realizados. La razón no le ayudaba demasiado cuando únicamente quería huir, furioso por creer en todas aquellas supersticiones que con tanto ahínco relegaba al apartado de posibles fuentes para crear historias, para apropiarse de ellas. Pero esta no, esta historia no había venido a apropiársela, sino a vivirla, comprenderla, tal vez incluso a respetarla. No creía merecerse ser atacado por vengativos miedos infantiles. Pero, merecedor o no de castigo por entidades surgidas de la superstición, a medida que se interrogaba acerca de la posible fuente del ruido se acrecentaba el pánico que sentía.

Reculó. Al tropezar con algo no pudo contener un grito de sobresalto que se extendió a lo largo del cementerio con un eco espectral. Aún conmocionado, se dio la vuelta y se percató de que lo que tenía delante, la fuente de todos los sonidos, de todas las suposiciones sobre espíritus que volvían de la tumba para atormentar a aquel que osara andar jugando en su hogar terrenal, y por ende la fuente de todos sus temores, no era más que el enterrador, apoyado en otra pala, con porte sereno.

El enterrador le miró a los ojos a la luz de la llama que se extinguía y, con un sincero gesto de aprobación, dijo: “No cuentes nada a los sacerdotes”.

Sintiéndose de alguna manera reconfortados, procedieron a tapar las tumbas.

© Javier Vivancos

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