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Relato publicado en la Antología Calabazas en el Trastero: Bosques, de Saco de huesos

Emilio saca el brazo y la cabeza por la ventanilla, tomando una bocanada del aire limpio y fragante del monte. Va a gritarle a su novia, y de hecho lo hace:
—¡Flor! ¡Flower power! ¿Te has colado en algún matorral?
Pero modera mucho el tono, porque se ha percatado, precisamente ahora que se marchan, de lo agradable que puede resultar el campo. Con todo, Emilio tiene prisa por abandonar el claro; es junio, pleno mediodía, y el sol de Moratalla se agarra con saña al todoterreno. Y Flora, la novia de Emilio, se toma su tiempo.
—Flor, nena, ¿tanto tiempo para mear?
Flora, Flor para algunos amigos y para Emilio, sale de entre los árboles ajustándose el último botón de los vaqueros, pisando la pinaza a ritmo tranquilo.
—¿Qué prisa tienes? —dice ella, mirando a su novio con una sonrisilla.
—Joder, qué prisa tengo… Pues que acabo de arrancar el coche y no hay manera de enfriarlo con el aire acondicionado, y aquí, por si no te has dado cuenta, pega el sol que no veas.
—Ya, pero ¿quién escogió el claro para aparcar?
—Ahí me has pillado, nena.
Él sonríe, alargando el brazo para agarrar la camiseta ajustada de su novia cuando esta se acerca al voluminoso vehículo. Flora sabe utilizar el tono y las palabras adecuadas que aplaquen el mal humor o la impaciencia de Emilio, y al chico le encanta cómo lo hace. Por eso mismo la aproxima hacia sí y le da un beso.
Y también por eso aguanta un poco más con el motor encendido mientras su novia echa unas últimas fotos al paisaje.
—Ya podemos largarnos —ella se sube al coche.
—Nos hemos dejado la basura y los plásticos allí —dice él, señalando los matorrales.
—Da igual, venga, vámonos, que el coche está que arde.
—A sus órdenes, señorita, pero como provoquemos un incendio, la culpa será tuya.
—La basura no prende, eso es un mito. Y si se quemase algo, cojo la manguera y ya está —le agarra la entrepierna a Emilio.
—Vale —ríe él.
—Además, el que fuma y tira colillas eres tú.
—Yo no he tirado ninguna colilla.
—¿Seguro?
Emilio conduce fuera del claro por una trocha, para retomar luego un sendero descendente. Ve de reojo la sonrisa de su novia, su ceja arqueada, su exquisito cuello ladeado; la típica sonrisilla de Flora, a punto de demostrar que siempre tiene razón, pero con mucho tacto. Él nunca se siente ofendido porque su novia le lleve la contraria, aunque esta vez juraría que no ha tirado ninguna colilla.
—Bueno, si da igual —conviene él—, no me voy a dar la vuelta por el barranco para comprobarlo, y tampoco voy a recoger la basura que tú, guarrilla —recalca pellizcándole en un muslo—, has tirado.
—¡Oye! —exclama ella, simulando estar escandalizada.

Emilio conduce su híbrido entre todoterreno y monovolumen por un camino pedregoso, entre carrascales y enebros muy vistosos. Silba ocasionalmente, cuando la percusión de la música de discoteca que están escuchando varía para ofrecer un retazo melódico y acelerado. Y apura su cigarro con placidez. No es muy actual el disco que está escuchando, más bien un recuerdo de su época gloriosa y asidua a la Central. Ahora, entrado en los treinta, decide que debe bajar el volumen si no quiere desentonar con la quietud del campo. Flora, por su parte, contempla el paisaje con aire soñador, apoyada su cabeza en la ventanilla. Pronto, el camino desemboca, paralelo al río y al pie de un gran cortado, en una carretera mal asfaltada que deja cada vez a más altura un viejo caserío sumergido entre vegetación pinchosa y rocas sueltas.
—¿Has visto ese árbol de corteza roja? —dice Flora, dándose la vuelta y señalando más allá de una de las ventanillas posteriores del vehículo.
Emilio resopla, mira a intervalos por el retrovisor y atisba el paisaje más elevado a su izquierda. Su novia apenas si ha prestado atención a las saltarinas cabras montesas ni a los variopintos halcones de la zona, y ahora se dedica a…
—No sé lo que dices… ¡Ah, sí!, ese árbol de allí.
Flora se queda mirando la silueta del árbol recortada sobre un horizonte dominado por el caserío en ruinas. Más al fondo, el suave perfil a contraluz de los montes y collados, salpicados de una vegetación a la que no parece pertenecer ese árbol; sus ramas grisáceas, rocosas, torcidas como en movimiento gimnástico y recubiertas de hojas de un verde muy intenso, asomadas tras el caserío, sobre la deteriorada y desvaída piedra que le sirve de mirador, o tal vez de escondrijo ineficaz para su tronco.
Un tronco cuyo color rojizo oscila en intensidad (espejismo tal vez) a lo largo del mismo, como si fuera transparente y un líquido (sangre) fuese bombeado con fuerza por sus vasos.
—Te va a dar una tortícolis, nena —dice Emilio, fijando su atención ahora en las irregularidades de la carretera.
La curva que toma el vehículo disimula la figura del árbol con la ayuda de la vestidura de una loma que se superpone al fondo formado por el caserío. A pesar de todo, Flora no deja de mirar en la dirección donde estaba el árbol.
—Era un alcornoque. La corteza estaba descorchada, y por eso se veía rojiza… —explica Emilio.
—¿Y es típico de esta zona?
—Pues eso no lo sé —dice depositando con esmero su colilla en el cenicero de su portezuela—. Eso sí que no lo sé…
A pocos kilómetros a la derecha, se distingue una puebla y la figura protuberante, a un lado de la carretera, del hostal al que se dirigen.

La comida no ha estado nada mal, piensa Emilio, recostado en la cama de una de las habitaciones del hostal. El mando del pequeño televisor pasa de su incipiente barriga a la mano, en un ejercicio perezoso de zapping. Flora sigue en el aseo. Algo debe de haberle sentado mal, aunque la comida, vuelve a pensar, no ha estado nada mal. Se habían traído de la ciudad unos bocadillos para reducir al mínimo los gastos de esta excursión, pero al final habían decidido probar la comida del hostal; una buena pitanza a base de huevos, beicon y salchichas con alubias.
Durante la comida, Flora había estado algo ausente. Ni siquiera se había percatado de que Emilio no paraba de mirar a la camarera, hija del propietario del hostal. Ahora, pasando uno a uno los aburridos canales, se encuentra demasiado cansado como para seguir dándole vueltas al asunto; algo le habrá sentado mal, seguro…
Flora sale del cuarto de aseo con un botellín de agua.
—¿Te ha entrado diarrea, Flor?
—No es eso —dice ella, acomodándose en la cama—, es que… Bueno, ¿qué estás viendo?
—Nada. Ahora mismo, mi dedo zapeador se ha detenido en este documental.
—Qué divertido —bosteza ella—. Lo que me hacía falta para echar bien la siesta.
Y en efecto, es Flora la primera en caer en los dulces brazos del sueño después de la comida, una costumbre que comparte siempre de muy buen grado con su novio, quien, pese a todo, aguanta un poco más con los ojos abiertos en dirección al televisor, quizá porque le habría gustado un poco de sexo antes de echar la cabezadita.
Los ojos de Emilio también se cierran poco después, perdidos en las imágenes de un grupo de hienas manchadas que, pese a su fama de carroñeras, dan caza y posterior buena cuenta de un ñu.
La naturaleza es cruel, piensa Emilio antes de dormirse con el mando sobre la barriga.

Emilio despierta de súbito creyendo haber escuchado unos crujidos extraños. El televisor está apagado, pese a que se durmió viendo el documental. No encuentra el mando a distancia, y tampoco sabe dónde está Flora.
Se toca el pelo y se nota muy despeinado. Recuerda las hienas, pero no consigue acordarse de si esos crujidos habían sido reales o no. ¿Y dónde se ha metido Flora? Busca el mando debajo de la cama. Se frota la cara y tarda más de la cuenta en deducir que su novia podría estar en el cuarto de aseo, y cuando por fin llega a esa conclusión tranquilizadora, repara en las voces que proceden de la calle, quizá de la entrada principal del hostal. Llega muy poca claridad de la ventana. ¿Qué pasará allá abajo? Ha debido de dormir más de la cuenta.
—¿Flor?
¿Es que se está quemando algo?
—Flor, nena, ¿otra vez te estás cagando? —ríe, en un intento de aliviar la inquietud que se está apoderando de él por momentos. Sus pies descalzos le están conduciendo ya hacia la única ventana de la habitación.
—¿Flora? —murmura, más pendiente ahora de la persiana.
Aparta la cortina en un acto reflejo, aunque no estaba corrida. En el lateral del edificio, junto a un pequeño jardín bien cuidado, se congregan el propietario del hostal, la hija y otras tres personas que señalan hacia la sierra. Sí, hay buenas vistas aquí.
Termina de subir la persiana y la música de discoteca irrumpe de golpe en su mente. Emilio arquea la columna y el cuello, y sin asomar la cabeza contempla con la boca abierta la cresta de llamas sobre la sierra, que extiende sus lenguas asoladoras hacia el valle, hacia la zona de un dolmen y hacia el caserío en ruinas que se cruzaron de camino al hostal.
—¡Flor! Joder… ¡Flor, mira, tienes que ver esto!
No hay respuesta.
Sus pies se remueven sobre un suelo cada vez más frío, en contraste con esas llamas dispuestas a tragárselo todo.
Incluido su coche.
Y aunque no lo reconocería en voz alta, es eso último lo que más le preocupa, su todoterreno estacionado bajo unos pinos, a pocos metros del hostal y de una estatua de no sé quién. Emilio no puede detener el incendio, pero sí salvar su coche, y su culo.
Su corazón late al ritmo frenético de la música que retumba entre sus sienes. Emilio se pone en movimiento con la misma naturalidad con la que se ponía a bailar cuando entraba en una discoteca. Solo que ahora no es divertido.
La puerta del aseo, entreabierta. No se oye la cisterna. Ni el agua discurriendo. Ni una ventosidad. Ni un peine chocando contra el esmalte del lavabo. Ni un cepillo restregándose contra los dientes… Nada.
Pero sí música de discoteca, y el crepitar lejano de las llamas. Lo segundo es lo único que no está en la mente de Emilio, aunque le gustaría que fuese al contrario.
Empuja la puerta.
—Flor, ¿estás sor…?
Su ímpetu se vuelve contra él como un latigazo eléctrico en las extremidades. Parpadea, mira, enfoca, parpadea otra vez. Que… alguien baje el volumen… de esa música. Su boca emite un chasquido, iba a decir, a gemir algo, pero se le ha olvidado cómo vocalizar. Mueve las manos en el aire con las palmas hacia abajo como si estuviese tanteando para encontrar el mando, bajar el volumen, cambiar de canal, apagar el televisor, dejar de ver… esto…
Flor, quiere decir él, pero es incapaz de articular sonido alguno que no se convierta en un gorgoteo, y no hace el esfuerzo, porque sabe que le entrará tos, y que después vomitará, ella ya no le va a entender, de todas formas. Flor ¿qué te han hecho qué es esto por favor qué te han hecho por Dios…?
La luz de las últimas horas de la tarde se cuela con libertad por la ventana del cuarto de aseo, con su cristal traslúcido roto, sus añicos esparcidos por el suelo y por la ducha; piezas manchadas de sangre para un puzle imposible de recomponer, tan imposible de recomponer como la muerte de su novia.
Ella, su Flor, le devuelve la mirada con el único ojo que le queda. Es una mirada que no puede comprender, él, que siempre ha presumido de saber cuándo su novia está tan irritada que es mejor no dirigirle la palabra. Los pegotes de sangre que impregnan el cuarto apestan. Pero esto no es lo más perturbador. ¿Qué te han hecho Flora? oh por favor por favor… El cadáver desnudo se halla sobre la taza del váter, con el tronco apoyado contra la mampara entreabierta de la ducha, mientras que la cabeza reposa en un ángulo agudo sobre su pecho, ladeada, unida al cuello y a la columna por un colgajo sanguinolento de tendones. Y esto tampoco es lo que mantiene a Emilio anclado a la entrada del aseo con el rostro descompuesto, aunque sus temblores, la música en su cabeza y la amenaza constante de las llamas le impulsen a seguir en movimiento, a bailar, a correr, a salvar su maldito culo.
No. Lo más perturbador no es la postura antinatural de Flora. Ni la sangre. Ni las capas de piel desgarrada. Ni su bonito rostro arrancado con brutalidad del cuerpo (parece un juguete descabezado oh Dios no no no…) Ni el agujero burbujeante que fuera su ojo izquierdo. Lo que alimenta la tensa inmovilidad y el desconcierto de Emilio es el otro ojo de Flora, el que no está destrozado, el que aún le mira sin expresión ni mensaje alguno. Emilio gimotea, babea, pregunta a su novia qué le ha pasado, qué le han hecho, pero sin vocalizar, sin aliento, y luego intenta extraer de sus recuerdos una mirada de Flora parecida a la de ahora, una situación en el pasado que pudiese ayudarle a saber qué hacer cuando te matan a un ser querido, cuando te lo destrozan así…
No puede. Solo hay música en su mente. Y muchas preguntas. ¿Qué hago Flora qué hago con el fuego? Flor está muerta. Música. Frenética. ¿Qué te han hecho? Música. Machacona. Flor…
Al principio, Emilio no devuelve.
Luego intenta reír.
Y como tampoco puede reírse ni soltar su chiste en voz alta, lo piensa: pesadilla por indigestión de salchichas.
¿Te parece gracioso, gilipollas?
Todo su cuerpo se agita, tiembla, inicia movimientos que no llega a ejecutar: agacharse para ver si su novia respira (imbécil), tomarle el pulso (idiota, gilipollas), limpiar toda esa sangre con una toalla (cobarde, puto cobarde rastrero)… Al final es como si de verdad estuviese bailando en una discoteca y hubiese tanta gente alrededor que ni pudiese moverse de su sitio, tan solo dar estúpidos saltitos.
No se trata de una jodida indigestión.
Oh Flor cariño qué hagoqué hagoquéhag… La mandíbula le temblequea, no sabe si de su garganta ha salido vocalización alguna, pero da igual, Flora no responde, aunque le mira como si le fuese a contar algo, pero nunca lo hace, nunca le dice nada… ¿Qué tiene en la boca?
Hace el amago de dar media vuelta, le crujen los dedos de los pies. Se agarra al picaporte. No te vayas, cabrón… Sigue oliendo a… ¿hierba quemada? Aguanta la respiración. ¡Excusas! ¡El fuego está lejos! Atiende al resto de la escena en una suerte de análisis forense no profesional. El tórax, el abdomen y las extremidades superiores de Flora presentan numerosas perforaciones y arañazos. Bajo los pies de la chica hay un manto de hojas de perfil irregular y de un verde muy intenso. Y de su boca (su dulce boca)sobresale algo. Emilio no puede soportar ver eso ahí dentro. La cabeza medio arrancada, y esa cosa ahí metida, deformando una expresión que debería parecer más relajada, la muerte tendría que mostrarse plácida, y no insistir en vigilarle a uno con un ojo para luego no… decir… nada… ¿Qué voy a hacer sin ti Flora cariño?
¿Y si se me quema el coche?
Quiere quitarle eso de ahí, pero es incapaz de acercarse. Se convence a sí mismo de que es por los cristales, porque va descalzo, pero es una cochina mentira. De todas formas, no necesita aproximarse (¿qué es eso?)para descubrir que lo que asoma por esa boca torcida es una bellota.
Y en lugar de vomitar de una vez, que es lo que su estómago y su alma le suplican, en lugar de sacar esa obscenidad de entre los labios agrietados de su novia y proporcionarle así una apariencia más digna a su cadáver, cae de rodillas. De la ventana sopla una racha de aire que le trae el sabor intenso de la vegetación impregnado del penetrante y áspero olor a quemado. ¿Y si se me quema…?
Su mano se aferra ya sin fuerza al picaporte. Flora es un amasijo de carne mutilada. A su alrededor hay hojas, frutos, perigonios restregados sobre su piel muerta. Es absurdo. ¿Qué te han hecho quién QUIÉN? Le duele la cabeza de intentar entender, de la música, de ese ojo… La cabeza de Flora pende como un fruto podrido en las ramas de un cerezo, qué absurdo Flora dime algo por favor Afuera algo se quema, las llamas se acercan, el humo ya se está instalando en sus pulmones, le está avisando, hay que darse prisa, sí, eso mismo dice la canción que resuena bajo su cráneo.
Piensa en pedirle ayuda a su novia una vez más, y de repente experimenta lo que para él es una revelación en toda regla: Flora no le va a ayudar. Va a seguir muda con esa mirada tuerta que guarda un secreto imposible de compartir. No le va a dedicar una de sus sonrisillas ni le va a tranquilizar con su manera relajada de ver los problemas. Tampoco le va a revelar quién provocó el incendio ni por qué tiene la cabeza salvajemente arrancada. El pánico se acrecienta, ahora está solo, no puede recurrir a nadie, no sabe qué hacer cuando tu novia está destrozada como si la hubiese arrollado un tren. ¿Y cómo explicaría todo esto?, ¿a quién?, ¿cómo sería capaz siquiera de describir el estado del cuerpo? Se siente estúpido y desamparado (y asustado).
Las llamas.
Por la mente de Emilio, a ritmo de música electrónica y marcial, pasan cientos de imágenes posibles, de acciones a cada cual más disparatada. En una de ellas se ve en la cárcel, en la silla eléctrica, aunque aquí no exista la pena de muerte. En otra, en una avalancha creciente de locura, distingue un helicóptero de Protección Civil que asoma una manguera por la ventana del cuarto de aseo y lo inunda todo de agua teñida de rojo, la cual acaba sumergiendo el cadáver de Flor, y lo hace desaparecer. Por completo.
Emilio emite un gruñido (pretendía ser un grito), se apoya en el picaporte con fuerza renovada y se impulsa hacia un lado para ponerse en pie a la carrera. Se golpea una rodilla contra el marco de la puerta y a punto está de caer de bruces.
Y el sabor salado de sus propias lágrimas es, curiosamente, lo que finalmente le hace devolver sobre la cama. Intenta recoger sus cosas, no atragantarse, vestirse y poner en práctica el único plan que tiene en estos momentos: huir, alejarse de las llamas, no volver la vista atrás, no mirar más a ese ojo…

Los faros del todoterreno barren a gran velocidad los pinos que, a modo de hitos, marcan el recorrido algo pedregoso entre dos embalses de riego, en dirección (¡y yo qué coño sé!) hacia la cumbre opuesta al incendio, donde numerosas antenas coronan la sierra.
Por aquí se debe de llegar a algún otro pueblo, piensa Emilio en la oscuridad creciente que le rodea. Cuando llegue, llamaré a la Policía, cuando llegue…, se repite una y otra vez. Sí, eso, primero alejarse del incendio (¡que tú provocaste!), después, ya veremos…
Cada vez que mira por el retrovisor al fondo de paisaje que está dejando atrás, más ganas le entran de pisar el acelerador. Un falso paisaje de belleza al amanecer. El núcleo del incendio es como el sol cuando asoma por el horizonte, con las siluetas estáticas de los árboles dándole los buenos días mientras el monte bosteza humo.
Tantea en sus bolsillos en busca de algún cigarrillo, y está a punto de perder el control de su vehículo al tomar una curva pronunciada. La vegetación pinchosa araña la carrocería del todoterreno, y Emilio siente de nuevo arcadas. Todavía no está demasiado lejos del cadáver de Flor, aún no se ha alejado lo suficiente del incendio, ni de esa mirada indescifrable de un solo ojo. Si al menos tuviera tiempo para dar unas caladas.
Mientras endereza la trayectoria del todoterreno, los faros barren al pasar la figura retorcida de un alcornoque que asoma por entre los arbustos y los pinos.
—Mira, Flor, al final sí que eran típicos los alcornoques de esta zona —dice con los ojos húmedos y el estómago dolorosamente encogido.
Una ráfaga de viento agita las ramas de los árboles que le rodean, aunque le ha dado la impresión de que solo se agitaban las del alcornoque. De hecho, al tomar la siguiente curva, por el retrovisor ha creído ver cómo ese árbol retorcía su rojizo tronco para observarle desaparecer en el cambio de rasante.
Emilio acelera hasta la imprudencia y rescata a base de silbidos muy forzados la melodía que hasta hacía poco sonaba por sí sola en su cabeza. Flora y su único ojo observándole con una especie de muerta perplejidad le recuerdan la única acción plausible en este momento, sobre todo si uno es incapaz siquiera de coger el móvil para informar de toda esta locura de una vez. Aunque precisamente porque es una locura no puede informar de ella. Los locos no tienen muchos sitios adonde ir, así que toca acelerar. Una mueca parecida a una sonrisa se activa con voluntad propia en su rostro; dentro de poco, la carcajada demencial. Se siente fatal. Echa de menos a Flor, y lo peor es que no puede dar media vuelta y subirla en el coche. Eso que se ha quedado en la habitación del hostal ya no es su novia, sino un pedazo de carne con un ojo, y él no sabe qué demonios hacer con los colgajos sanguinolentos que insisten en contemplarte sin decir nada.
El camino se despeja y se ensancha. Aunque ya casi ha oscurecido, todavía puede ver una puebla a varios kilómetros y una carretera que rodea un monte pelado. Detiene su vehículo a un lado del camino, entre los arbustos, satisfecho de que desde aquí solo pueda distinguir el fulgor lejano del incendio. Enciende un cigarrillo. Se lleva las manos a la cara, aspira todo lo hondo que puede, y atina a encender la radio con pulso tembloroso.
Música pop. La sintonía que Flora solía poner. Ni hablar. Fuera. Emilio busca algo a base de machacar el botón del dial, quizá un refrito de música de discoteca sin interrupciones publicitarias, pero topa con un boletín de noticias:

incendio forestal que se inició a las dos de la tarde, aproximadamente, en la sierra del Buitre, en la porción más verde de una región agostada por el sol y la escasez de lluvias. Los equipos de extinción aún intentan controlar el fuego que ya ha consumido diez hectáreas de la zona que circunda el nacimiento del río Benamor, donde se encuentra el mítico dolmen eneolítico de…

Emilio apaga con brusquedad la radio y se queda pensativo, vigilado en su mente por la mirada ciclópea de Flora, y con su propia música de discoteca de fondo junto con el crepitar de las llamas sobre las hojas secas, que ni siquiera sabe ya si es real.
Golpea el volante con el puño. Enseguida, pierde las fuerzas y las ganas de seguir haciéndolo. Trata de reconstruir los hechos que pudieran haber provocado el incendio; hechos, acciones de Flora y de él mismo, porque en esta lógica salpicada de sangre y horror, la muerte de su novia ha de significar que ellos y no otros excursionistas han sido los culpables. El tubo de escape caliente cerca de los arbustos, la colilla que según Flora él había arrojado, la basura del almuerzo con los plásticos expuestos al sol…
—¡Joder! ¿Y si no fuimos nosotros? ¡¿Y si no fuimos?!
Negligencias agrícolas, incendios espontáneos… ¿Por qué hemos tenido que ser nosotros?, se pregunta, y la respuesta emerge con una lógica tan arbitraria como implacable: porque Flor ha muerto. Y ante la paradoja, Emilio no puede hacer otra cosa que seguir dando caladas y desviar la mirada al asiento del copiloto, en donde la ausencia de su novia es torpemente suplida por una mochila y el bolso abierto de la chica. De él extrae la cámara de fotos en un acto de nostalgia sobrecogedora, ahora que es capaz de evocarse la imagen de la sonrisa fresca y pícara de Flor.
En la cámara digital solo están las fotos de lo que llevaban de fin de semana. Queda espacio para más en la memoria, pero Flora no hará ninguna fotografía más. Ella le observará con su único ojo, incapaz de recriminar con sus sonrisillas burlonas, incapaz de hacer ver que siempre lleva la razón; no puede, porque tiene una bellota en la boca (y por eso tampoco podrá volver a besarle), porque tiene la cabeza arrancada, y porque la ha abandonado en el hostal como si fuera restos de comida.
Emilio pasa una a una, lentamente, las fotos; la número dos les muestra a ellos dos en el impresionante nacimiento del río, la cuatro presenta al culo de Emilio cuando este se agachaba para buscar el almuerzo, la seis enseña unas cuevas, la siete es una toma del paisaje algo torcida, la ocho es otra muestra de paisaje con…
Se muerde el labio sin percatarse de que un hilillo de sangre le recorre el labio. Se sacude la mano, torpe, agarrotada, hasta que logra pulsar con precisión el botón de zoom.
Un alcornoque, otro maldito alcornoque (¿otro, o el mismo?) La foto en cuestión es un plano general de la senda que asciende hasta el vértice geodésico de un pico. A la derecha, en una ladera arbolada, se entrevé el tronco rojizo del alcornoque.
Más zoom. El alcornoque parece asomado, incluso en movimiento descendente a lo largo de la ladera. Si no fuera porque es una locura (Flor está muerta), Emilio aseguraría que el árbol se acercaba a ellos para vigilarles de cerca.
Más zoom. Centra la sección ampliada. Aunque puede ser un efecto del pixelado, diría que las hojas lanceoladas del alcornoque se doblan, se aferran a las rocas sueltas como las garras de una fiera al acecho.
Más zoom. La imagen no tiene mucho más que mostrar. El verdor intenso de las hojas, la forma acusadamente puntiaguda de los frutos, el rojo lleno de matices dinámicos del tronco descorchado…
… Sangrante.
(¡Flor está muerta!)
Emilio balbucea para sí algo ininteligible.
Enciende las luces de larga distancia. Arranca el motor. La cabeza le da vueltas. El estómago es una bolsa llena de revoltijos con vida propia que intenta salir por alguna parte. La cámara de fotos rebota sobre el acolchado del copiloto, y Emilio mira por el retrovisor en uno de sus actos reflejos. Con la mano toquetea la radio como un infante descoordinado, incapaz de encenderla. Le apetecería música, un compás bailable, y no el caos de voces, imágenes y miedos representados en esa figura entrevista en el retrovisor.
Sabe que es un alcornoque. Ya está demasiado oscuro como para distinguir con claridad los colores, pero sabe que es el alcornoque. Su silueta, su pose animada, expresiva, fiera, con huecos pronunciados entre sus ramas, con agrupaciones densas y afiladas de hojas y frutos, con su tronco insinuante. El viento agita sus ramas, solo las suyas, y en el silencio hermético del interior del vehículo roto únicamente por el motor, los gritos de Flora son ahora perfectamente audibles para Emilio. Esa es la única música de la que va a disfrutar mientras intenta alejarse del lugar.
El ramaje y las piedras del camino arañan, golpean la carrocería; los neumáticos crujen, y las luces desenfocan y enfocan una y otra vez el camino. La estabilidad del todoterreno se pone en entredicho a cada nuevo tramo abrupto, a cada salida del camino establecido. Emilio no ve nada, no es capaz de seguir una ruta directa hacia la carretera. El vehículo comienza a dar trompicones cuesta abajo, y ya es harto difícil controlarlo, sobre todo si los ojos de su conductor se encuentran más pendientes del conjunto del paisaje nocturno entrevisto en el retrovisor.
El desfile de vegetación se convierte pronto en una campana de oscuridad frondosa que silencia incluso el motor del vehículo, menos prepotente ahora que cuando circula por la ciudad.
Ah, la ciudad… Un refugio para el hombre, que no desea recordar que la naturaleza es cruel, así como él también es cruel con ella.
Las ruedas se enmarañan con los arbustos. El costado y el faro izquierdo delantero sufren el impacto directo contra una roca. Y los árboles se encargan de abollar la carrocería y retener al vehículo con el motor humeante. Emilio, sin cinturón de seguridad, es zarandeado, lanzado de costado sobre el asiento del copiloto. El airbag de su propio asiento se dispara y le oprime el abdomen, pero dicha opresión no le preocupa lo más mínimo. No cuando una rama acaba de atravesar la ventanilla derecha, empalarle el cuello y dejarle en suspenso el tórax, la mirada fija en uno de los espejos.
Quiere decir algo que no sean gorgoteos. Quiere decirle algo a ese alcornoque que alza sus ramas tras el vehículo, que deposita sus flores como babas sobre la carrocería y que agita sus bellotas puntiagudas con obscenidad.
Emilio juraría… Sí…, antes de morir aseguraría que el alcornoque abrazaba el vehículo, que abría la portezuela con sus hojas y lo envolvía todo con el hedor de su savia de muerte.

© Javier Vivancos

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