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Se despertó en mitad de la noche, de la fría noche.

Miró a su alrededor pero ¡claro!, no veía nada. No estaba en su pequeño cuarto, ni en su poco mullida cama. No estaba contemplando su ventana con la persiana a medio bajar, ni veía ese rayo de luz que a veces se filtraba por ella.

Además, en su habitación no hacía tanto frío, y por supuesto no estaba entre sus protectoras mantas. Más bien, estaba sobre una superficie irregular y dura como la roca, y rugosa; sí, podía notarlo pese a llevar sus guantes de napa. Otra prueba a favor de su hipótesis de que no se encontraba en su cuarto: él no dormía con guantes.

Por lo tanto, debía de estar en otro lugar que no recordaba, y no había mucho que pudiese indicarle, que pudiese orientarle o hacerle comprender…

… Que se había quedado dormido en mitad de la noche, de una muy oscura, en un lugar que parecía un viejo calabozo con paredes de gruesa piedra. Pero hacía demasiada corriente; un viento que le despeinaba su corta melena y le molestaba en sus ojos bien abiertos, que intentaban averiguar qué era ese sitio. Desde luego, no era una habitación.

Javier se levantó del suelo, y se sintió cansado. Le dolía la muñeca izquierda, y temblaba ligeramente. Sorbió por la nariz tratando de frenar aquella agüilla nasal que no merecía ni el apelativo de mucosidad, pero que picaba y molestaba. Pensó en hurgar en su pantalón en busca de un pañuelo de papel —sí, llevaba su pantalón vaquero—, pero la idea acabó desmotivándole; no deseaba quitarse sus guantes, ni hacer maniobras para quitarse el abrigo, ahora que notaba que lo llevaba puesto.

Así, en el silencio —salvo por el viento— y la negrura de la noche, palpó con sus manos enguantadas todo aquello que podía tocar, que no era mucho, mientras daba cortos pasos, tanteando la superficie que pisaba, una muy sólida e irregular.

¡Parecía una cueva! Entonces decidió seguir hacia la corriente de aire, hacia donde no debía de haber pared.

Y aquello le llevó hasta casi una caída: un escalón. Maldijo en silencio y comprobó que ese viento fresco venía de muchas direcciones diferentes. Debía de estar fuera. Olía diferente, y sentía que ya no había nada sobre su cabeza. Más aún, ahora sí podía ver algo, y creyó empezar a recordar.

Había luna, y era luna llena, semioculta entre oscuras nubes que, de no ser por el viento, habría creído de tormenta. Esa perezosa y huidiza luna le mostraba el débil reflejo de un camino de piedra rodeado de agua que parecía profunda. Ahora ya sabía dónde estaba; empezaba a creer que sí, que era aquel camino agreste hacia un pequeño pueblo perdido en el que nunca había llegado a estar. Al frente de donde se encontraba, flanqueado por el embalse y por una alta formación rocosa, se extendía un sendero de tierra que conducía, tras un kilómetro más o menos, hasta una carretera por la que había pasado cientos de veces. Y sí, allá, muy lejos, se distinguían puntitos de luz que le recordaban en qué siglo vivía, y que tenía un teléfono móvil en el bolsillo derecho del abrigo. Lo palpó con la mano enguantada, y después siguió contemplando el camino que se retorcía casi invisible entre el embalse.

Lo miró y, sin saber por qué, le pareció más sugerente que caminar hacia la carretera que ya conocía, esa que tal vez le regresaría a casa, solo si…

… Pero eso no importaba en este momento. Ahora caminaba, casi hipnotizado, por el estrecho camino que creía ver torcer suavemente en varias direcciones. Pero era un camino único. Uno difícil de distinguir del agua plateada y oscura que le acompañaba a nivel.

Sintió que debía seguir andando por allí, despacio, respirando con toda la pausa y profundidad que pudiese, tratando de que sus temblores no le hicieran perder el paso, no le hicieran desviarse a la orilla, donde caería a las frías aguas de lo desconocido.

Llevaba sus zapatos de suela gruesa, y sabía que tocaba piedrecitas e irregularidades en el terreno que le ayudaban a afianzar sus pasos; confiaba en ello. Siguió doblando por el camino, perdiendo sin querer los puntos de referencia —esas luces muy distantes, la luna, la última roca vista…—, y siguió y siguió…

… Hasta que el camino, que no seguía una ruta coherente, le conducía a un destino incierto que no le ayudaba a levantar la vista y contemplar algo que no fuera una vaga línea dividida por reflejos cristalinos.

Entonces fue cuando se hizo resbaladizo; cuando, a cada nuevo paso, sentía que el frío era más intenso y que cada uno de esos pasos era menos firme y le llevaba hacia abajo. Resbalaba, y el sendero —casi invisible— formaba una ligera pendiente que se estrechaba cada vez más.

Pronto acabaría saliéndose de él, acabaría en las oscuras aguas. Los dientes le castañeaban. Se aseguró de que llevaba el abrigo bien abrochado, porque el frío era inmovilizante. O quizá era por el miedo, el nerviosismo creciente de verse en una ruta imparable hacia lo más oscuro y húmedo de la noche mientras perdía la poca seguridad que le quedaba.

Debía dar marcha atrás cuanto antes y recuperar el ritmo, recuperar el pie, recuperar los nervios que se le escapaban en cada jadeo.

¡Qué estúpido era todo esto! ¿Qué hacía él en medio de ninguna parte caminando y arriesgándose a caer al agua? ¿Qué hacía él allí solo en la oscuridad?

¿Y por qué le costaba tanto regresar?

Ninguna de esas preguntas tenía respuesta. Pero había algo que ahora estaba bien claro: quería volver a la cueva de donde partió. Quería escapar de ese descenso imparable a ninguna parte. Y eso le dio fuerza, le dio el calor suficiente para no tropezar, para encontrar la silueta del camino de vuelta.

Hasta el principio.

Y entonces se acordó de otra cosa, una que le removía por dentro, que desviaba sus pensamientos del extraño sendero de aguas de luna. Si él estaba allí, se estaba olvidando de esa persona…

—¡MERCEDES! —gritó a la noche, a la cueva que apenas podía distinguirse del resto del paisaje nocturno—. ¡MERCEDES!

Dio dos cortos pasos y buscó el escalón que momentos antes casi le había hecho caer. Tenía esa dolorosa sensación de anhelo, y ese temor a haber olvidado allí, en la negrura, a esa persona que debía estar con él, que debía de haberse despertado como él, y que por lo tanto también debía de estar perdida y confusa.

—¡MERCEDES! ¿Puedes oírme? ¿Puedes verme?

Javier encontró el escalón con la puntera de uno de sus zapatos. También halló una superficie lateral en la que apoyarse, que le ayudara a distinguir dónde empezaba la cueva… o lo que fuese ese lugar.

Caminó, llamó a la chica, miró a nada en particular salvo ausencia de luz, sintió el frío que se colaba entre sus ropas y le mordía las orejas. Asustado, crecientemente preocupado por la falta de respuesta de aquella que buscaba, por la ausencia de referentes fiables y por la carencia de recuerdos sólidos acerca de la extraña situación.

Y le pareció oír algo.

—¡Mercedes! —llamó, esperanzado.

—¿Javier? —Se escuchó una voz familiar aunque apagada y grave, y el ruido de unos pies que se arrastraban sobre la tierra del lugar.

Él la siguió llamando. Avanzó a ciegas con los brazos extendidos, deseando encontrar…

Sus manos danzaron en el aire. Sus guantes no tocaron nada pese a que escuchaba, ahora con más claridad, la evidente presencia de aquella. Pero no acabaría esa sensación de desasosiego; no acabaría hasta que pudiera encontrarla al fin, hasta que…

Algo, una respiración, un tejido apenas discernido a través de los guantes, esa voz… Esa persona. Buscó sus brazos, y se enredó con ellos en un profundo abrazo que trajo alivio y calor a sus cuerpos. Sintió la suave melena de ella rozar su mejilla, y apretó su abrigo con fuerza, para no perderlo, para no dejar escapar la alegría y el consuelo. Ella sintió la barbilla de Javier clavársele en el hombro, y agarró ese cuerpo un poco más alto que el suyo, sin soltarlo. Sintió que lloraba, pero que había encontrado pronto remedio al pánico de la oscuridad.

Con todo, ahora debían afrontar juntos la confusión y el miedo que, si bien paliado, seguía presente.

No se separaron mucho el uno del otro. Caminaron despacio hasta el escalón, pero sin bajarlo.

—¿Qué vamos a hacer? Dios, ¿estamos perdidos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo regresaremos?

Javier contuvo las preguntas sin soltar ese brazo y ese abrigo que le daba calor y seguridad. —No… —vaciló él—, no estamos perdidos… ¿Cómo vamos a estarlo si la carretera está allí?

—¿Allí? —preguntó ella.

—Sí… ¿No lo recuerdas? Por allí se va a casa, no hay mucha distancia, solo hay que caminar y…

—¿Pero cómo vamos a regresar? ¿Cómo…? —interrumpió ella mientras se frotaba la nariz, antes de verse interrumpida por un violento ruido a su izquierda.

Eran las aguas del embalse, que se habían agitado por algún lugar que no era visible para ellos, aunque era aterradoramente cercano. Esas aguas, turbias, habían golpeado algo, una pared. Habían escuchado bloques de piedra o cascotes caer al agua con un sonido hueco, al tiempo que el viento seguía soplando, pero con más fuerza.

—¡No hay autobuses, Javier! ¿Cómo vamos a regresar? —la voz de Mercedes sonaba quebrada y alterada por el inesperado envite del agua. Lo absurdo de la situación era que, pensar en que hubiera o no autobuses, era decididamente coherente. ¿Cómo iban a regresar? No había nada por allí, no había nadie por allí cerca.

Estaban abandonados ante el frío y la oscuridad, y solo se tenían el uno al otro para soportar el temor repentino a que esas aguas se siguieran rebelando elevándose de forma surrealista por encima del invisible sendero, amenazantes.

Podían ir a la cueva, podían correr hacia la carretera… Podían hacer muchas cosas salvo quedarse allí paralizados, temblando, agarrados, observando la silueta negra del agua alzarse y golpear todo lo que encontraba cuando caía.

—¡El móvil! —exclamó Javier, y empezó a hurgar en su bolsillo, para lo cual hubo de quitarse el guante.

Mercedes lo contempló esperanzada, se apretó bien a su codo. Podrían llamar a alguien, podrían salir de allí, y toda esta pesadilla podría terminar y ser recordada como eso, como un sueño vívido de una fría noche de invierno. Vio cómo su compañero presionaba una tecla. La pequeña pantalla se iluminó con su color verde brillante, justo para mostrar…

—No, no, no… —se lamentó Mercedes—. ¡La batería, joder! ¡La batería!

Javier miró perplejo cómo la idea de llamar a alguien, algo tan sencillo y habitual en los tiempos que corrían, aunque fuera a las…

No, ya no podía ver la hora. La pantalla se quedó negra, tan negra como la noche que les abrazaba de nuevo con su frío tacto. Gotas punzantes azotaron sus rostros en una nueva agitación próxima. Se echaron hacia un lado, junto a las rocas de la derecha, y retrocedieron hacia la cueva, agarrados entre ellos y al ya inútil aparato, vestigio de sus vanas esperanzas de que algún vehículo les invitara a huir de allí.

—¿Y el tuyo, Mercedes? ¿Lo tienes? —inquirió alterado Javier, preocupándose de manera fugaz por el guante que acababa de caérsele al suelo.

Ella no contestó de inmediato. Siguió tirando de él, llevándoselo más atrás, tratando de huir del agua que, inexplicablemente atronadora, bañaba con ira la parte del camino en la que momentos antes habían estado contemplando la extinta pantalla brillante.

—¿Mercedes?

—¡Lo he perdido! —sollozó ella, tirando de él—. ¡No lo tengo! ¡Me di cuenta al despertarme, cuando te escuché allí!

Javier no maldijo en voz alta y decidió dejarse llevar, ayudar a Mercedes a conducirse hacia la cueva. Había perdido el guante, pero no se molestó en decirlo. ¿Les resguardaría ese lugar? ¿Les serviría de refugio hasta que todo pasara? ¿Qué había de pasar? ¿Por qué esas aguas se agitaban como las olas del mar?

—Tengo miedo —confesó ella, agachándose y agachando a Javier hasta quedar sentados en la dura superficie. Se apoyaron contra uno de los muros. Un latigazo de agua atravesó el sendero y se estrelló contra las rocas. Más allá, en algún lugar, más bloques de piedra caían, y el viento soplaba no con tanta rabia como la del líquido oscuro y plateado.

—Yo también —dijo él. Se agarró a su hombro. Trató de pensar qué iban a hacer, cómo iban a salir de allí—. Yo también.

—¿Aquí estaremos bien? ¿Aquí aguantaremos hasta que amanezca?

Javier notó que ella lloraba. Le pasó la mano sin guante por el cabello.

—No llores. Tal vez…

—¿Qué? —preguntó ella, ansiosa por escuchar algo que no fuera el estruendo cada vez más fuerte del agua que golpeaba contra todo y atenazaba el suelo, lo bañaba en la negrura, lo torturaba y los torturaba a ellos, atrapados, confusos, aislados ridículamente.

—… Tal vez… —siguió meditando en voz alta él—. ¿Y si has perdido el móvil por aquí? ¿Y si lo buscamos?

No pudo distinguir bien los ojos de Mercedes, pero sí notó con claridad los movimientos de su cuerpo. Le estaba mirando, y debía de haber esperanza en su mirada.

—Pero —prosiguió él—, no quiero que nos separemos en la noche, no quiero tener que buscarte otra vez.

—No te preocupes. Estaremos hablando todo el tiempo mientras lo buscamos. Pero no hay que salir del sitio este.

—No… No estoy de acuerdo —sentenció él—. No hemos explorado esto bien y… tengo miedo. No quiero separarme. Busquémoslo juntos, de la mano.

—Vale… —Ella sonrió en la oscuridad y le agarró la fría mano con fuerza.

El lugar era más irregular de lo que creían, pero mientras se arrastraban por el suelo, palpando suelo y rocas con la mano que tenían libre, notaron con satisfacción que, al menos, estaban seguros allí, resguardados de los golpes del embalse.

Pero las aguas siempre les detenían, siempre les producían esa súbita parada de respiración cuando escuchaban rocas caer o cuando el ruido era alarmante, tan alarmante como la imagen que no podían ver del agua alzarse metros y metros por encima del nivel del suelo, y que caía después con fuerza, agitaba la tierra que pisaban y les arrojaba un aire húmedo y hediondo.

Aquello les incitó a buscar con más ahínco, a realizar difíciles movimientos, a sentir la presión de pequeñas y afiladas piedras que se clavaban en sus rodillas a pesar de los gruesos pantalones que llevaban.

Las esperanzas se volvieron a apagar, como la pantalla del teléfono. No encontraban lo que buscaban, y la supuesta cueva no parecía tener fin. Era cansado. Estaban cansados. Y el agua golpeaba todo lo que encontraba, incluso se atrevió a azotar la entrada abierta del lugar.

Cayeron al suelo, atemorizados. Salir no parecía una buena idea. Sería como caminar en mitad de una devastadora tormenta que parecía seguirles. Pero no podía atravesar la entrada, no podía violar su refugio.

Se apoyaron junto a lo que supusieron sería una esquina, y cesaron de tantear. Tal vez amanecería pronto. Tal vez esa agua no pudiera atravesar la entrada; tal vez no pudiera golpear la roca hasta hacerla caer. Tal vez…

Se abrazaron con fuerza. Contemplaron el reflejo y el movimiento del líquido cruel y oscuro que no se detenía. Era hipnótico, no relajante, pero sí les producía sopor, abandono de toda actividad que les pudiera llevar a algún otro sitio más peligroso.

Ya únicamente les quedaba esperar.

Sí, tal vez con la luz del nuevo día acabara todo. Comprenderían entonces por qué estaban en ese sitio del que no se atrevían a salir. Quizá al amanecer conocerían los motivos de todo.

Quizá cuando durmieran…

… Cuando volvieran al sueño que debía ser…

Se acurrucaron, se sujetaron, notaron sus párpados caer.

Al despertar, mirarían al nuevo día, y descubrirían la pesadilla que fue…

… Tal vez…

© Javier Vivancos

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