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El ataque de los clones

A Lovecraft le fallaban los diálogos; no eran realistas.
A muchos escritores de cuando en cuando nos pasa lo siguiente: no se trata de que no seamos capaces de crear conversaciones verosímiles para la realidad narrada, sino de que nuestro lenguaje y modo de expresarnos (el del escritor) impregna a todos o a casi todos los personajes.

A veces, esto es un recurso estilístico deliberado; por ejemplo, cuando queremos que nuestro texto posea un determinado tono y deseamos que esté presente una y otra vez, diálogos incluidos.

Pero, en la mayor parte de las ocasiones, lo que nos ocurre es que narramos y dialogamos con nuestros personajes con una voz única, la nuestra. Si observamos con detenimiento, vemos cómo todos los personajes utilizan las mismas expresiones, coletillas y tono; es decir, hablan de la misma forma.

Tampoco se trata de hacer a cada personaje tartamudo, parco o gangoso para darle singularidad. No, de lo que se trata es de que el escritor conozca el perfil psicológico de los personajes y que trate sutilmente de individualizarlos. Claro está que personajes de una misma cultura, raza, que vivan en la misma localidad y que además sean amigos presentarán muchas similitudes, pero NO TIENEN POR QUÉ HABLAR IGUAL, y hay veces en que esto se hace (torpemente) patente: por ejemplo, cuando todos los personajes repiten mucho expresiones del tipo “o sea”, o recalcan con el vocativo: “Claro que sí, López, claro que sí”.

Otras veces será preciso mirar con lupa, sobre todo en narraciones en primera persona, en donde se detecta demasiada similitud en las construcciones de las oraciones cuando se describe o se cuenta un hecho y cuando estamos frente a un diálogo en el que participen personajes que nada tengan que ver con la voz narrativa.

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