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(RELATO SELECCIONADO PARA LA ANTOLOGÍA DEL III CERTAMEN DE MICRORRELATOS “CIUTAT D’ELX”)

Tú te ausentas para ir al aseo, pero hace ya rato que estás ausente. Vuelves, pero me sigues dejando solo en esta mesa, junto a la columna, al calor inevitable de ese peculiar horno de asar carne que da vueltas en vertical para luego ser servida, por ejemplo, en forma de kebab. Te he dejado elegir el restaurante, hasta te he dejado elegir el plato. Quizá sea eso lo que ha ido mal, el que yo me haya ausentado para ir al aseo mientras tú tomabas las decisiones. Pero yo, a diferencia de ti, no me he ido; solo me he remojado la cara. Qué curioso, con el frío que hacía ahí fuera y el calor que hace aquí dentro. Sin embargo, sigo sintiendo frío.

Formas parte de una decoración que no es tan exótica como parece. Los cuadros son de pelados paisajes que no dicen mucho, y el color pastel de las paredes no me evoca nada que no haya visto antes. Hasta los bronceados camareros parecen de aquí. De no ser por la carta llena de errores ortográficos que te has empeñado en mostrarme con tanto ahínco, nadie diría que estamos en un turco. ¿Qué pretendías enseñarme? Supongo que me daba igual una lección que otra, con tal de que fueses tú la profesora. Aunque sí hay algo que deseo conocer.

Estás frente a mí y busco tus ojos. Sé que son verdes, pero poco más; sé que tengo que buscar ahí, porque el resto de tu rostro es una máscara bien entrenada. Es difícil entrar en ellos; apenas si puedo entrar en tus gafas, donde puedo ver reflejada la luz de las lámparas como el brillo que desearía para tu mirada. Me siento como el mosquito que se topa una y otra vez contra el cristal.

Y lo intento, vaya si lo intento. La masticación hace ya rato que no es el problema que me impide llegar a ti. Salto de pensamiento en pensamiento para posarme de nuevo en la barrera frustrante que se alza contra mí. Hasta los mosquitos que se han vuelto inapetentes se cansan de no poder alcanzar aquello que creen percibir. Es por ello que al final vuelan en otra dirección.

Claro, yo no soy un mosquito, pero lloro como lloraría un mosquito cuando, sin mirarme, pides la cuenta.

© Javier Vivancos

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