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Reflexión macabra

Pongamos el siguiente ejemplo: queremos describir una escena en la que el protagonista contempla cómo le cortan la cabeza a alguien conocido (no necesariamente vinculado emocionalmente a él).

Pues bien, para los aficionados al cine de terror, y simplificando, cabrían dos opciones; a) el protagonista ve cómo cae a sus pies la cabeza, mirándole con ojos extraviados, o b) el protagonista visualiza la escena en un plano lejano, menos efectista, pero sí brusco, brutal.

Ahora, reflexionemos; para el protagonista que “vive” esa escena, ver la cabeza tan de cerca, casi pudiendo tocarla, debe de resultar más traumático. Para el lector o el espectador, el recurso gore y morboso de ver la cabeza rodando hacia la cámara (salvo para estómagos sensibles) no impacta tanto por lo manido de la situación como verla en un plano distinto, menos adornado con efectos visuales, lejano, crudo, como en un vídeo casero.

¿Cómo la describimos entonces?
Si de lo que se trata es de que sintamos lo que siente el protagonista, y el protagonista se traumatiza más, en teoría, viendo la cabeza de cerca, deberemos pues añadir algo a la narración (pensamientos, sensaciones, recursos narrativos de diversa índole) para que no nos quede una escena trillada, de menor calado.

La otra opción es inundar al lector (o espectador, si hablamos de cine) con el malestar que nosotros recreamos, independientemente de que el impacto en el protagonista sea ligeramente inferior. De este modo, una escena que no dejaría de ser dura en cualquier caso salva el “obstáculo” gore y mantiene, incluso potencia, el efecto traumático deseado por cualquier escritor de terror.

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