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Antes de nada, deberíais saber que a Julio el Guapo no le gustan las peleas. No sé el porqué de su apodo, pero podría haber sido Julio “el Cachas”. Ayer tropezó conmigo y casi hago salto de pértiga con mi bastón. No soy tan bajo, y creo que mi nariz llegó a rozar su hombro, no digo más. Eso sí, siempre pide disculpas, un tipo educado.

Suele venir mucho al Bar Tolo; no creo que sea por los “cómodos” taburetes ni por la “fragancia” de tugurio… Puede que por las risas que nos echamos, puede que por los partidos, o puede que por la camarera (he oído algo acerca del tamaño de sus pechos, no sé)… O a lo mejor es que le divierten los borrachos, los que a veces no te dejan ni tomar café con tranquilidad. Mirad si no a este (vosotros que podéis ver): ya me ha dado con el codo; le debe de haber puesto perdida la barra a Bartolo. Y Desde aquí me llega su olor a sudor mezclado con aliento de ginebra. Me inclino hacia el lado contrario mientras agita el aire de manera extraña, no sé a quién insulta, no me deja escuchar la tele. Será mejor que me levante, alguien se le ha echado encima, con tanto empellón van a volcar los taburetes, van a volcar el servilletero, me van a volcar a mí…

Entra Julio el Guapo, siempre hay alguien que le saluda junto a la estridente máquina recreativa. Viene a tomarse algo, seguro. Bartolo no puede atenderle: le escucho discutir con el borracho y con el otro, (el butanero, creo); también le escucho resoplar, dar manotazos en la barra (seguro que se ha manchado con el café derramado) y casi puedo sentir cómo pierde la paciencia, y me la hace perder a mí también. No posee el aplomo de Julio el Guapo, ni mucho menos.

Busco el tacto agrietado de una silla, una mesa. Afianzo mi bastón con la otra mano. Alguien a mi lado fuma un puro, pero debería llegarme mayor cantidad de humo del rancio tabaco; sé que se trata de Miguelote, solo él fuma puros, y no puede ser bueno para su salud que se trague todo el humo. Pero le entiendo, todos nos hemos quedado con la respiración contenida (yo al menos). Bartolo ha dejado de gruñir, ya nadie arrastra un taburete, ni se escuchan los insultos, los resuellos. Julio el Guapo ha llegado a la barra, hace sonar una moneda sobre el mármol; es curioso, hasta los anuncios de la televisión han parado de ofrecer sus productos.

A Julio el Guapo no le gustan las peleas, y no recuerdo, desde que llevo viniendo al Bar Tolo, que se haya metido en ninguna. Con esa corpulencia que le adivino, tiene que poder disuadir a cualquiera con su sola mirada. ¡Pero callad!, que va a hablar…

Resulta inconfundible su voz aflautada e infantil: “Ponme un piti-suí, Bartolo…”

© Javier Vivancos

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