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(Mención de honor en el III premio Liter )

—¿Me dejas el portaminas?

—Bueno… —responde, vacilante, nuestro estudiante de las gafas gruesas. Luego, se lo ofrece con timidez.

El otro alumno, el de las pecas y el peinado rasta, agarra el portaminas con toda la mano y se lo lleva a su extremo de la mesa; lo rodea de folios desordenados y pegajosos, de libros de tapas arrugadas, de bolígrafos y de ese paquete de tabaco medio vacío que parece desafiar veladamente la norma de “prohibido fumar”.

Nuestro estudiante, desde su compartida segunda fila, da de lado a la chirriante voz del profesor, a la pizarra llena de complicadas fórmulas químicas y a su pulcro cuaderno de apuntes para centrarse en los movimientos que su portaminas favorito hace en manos de ese tipejo mal disfrazado de estudiante.

Resulta de buenos compañeros compartir las cosas… o algo así, se dice mientras lo observa de reojo arañar los folios con el extremo de una de sus caras minas. El profesor se dispone a realizar una nueva anotación en la pizarra, y él no tiene con qué escribir. Jamás se le ocurriría escribir una fórmula, susceptible de error, con bolígrafo, así que, a esperar a que el Rastas acabe.

Necesita ladear un poco más la cabeza para ver bien los avances de su portaminas, su preciado portaminas con el tapón de la goma inmaculado, ningún resto de roña en los intersticios y con sus minas sobresaliendo lo justo; y es que en esta vida hay que ser eficiente. Sin embargo, parece que no se pueda ser escrupuloso, enseguida te tachan de neurótico.

Le echa un vistazo al reloj que lleva en la muñeca izquierda (como debe ser). El profesor ya ha empezado a golpetear la pizarra con la tiza; no importa, aún no está señalando nada importante. El reloj es solo una excusa, claro, a nuestro estudiante de gafas gruesas y movimientos inquietos de rodilla le interesan más los desordenados trazos, también a su izquierda, que garabatea su compañero.

Le puede escuchar mascar chicle con la boca abierta; ni una vaca haría tanto ruido al rumiar. El profesor se ha desplazado de un extremo a otro de la pizarra, y eso es mal asunto, pronto va a empezar a acelerarse. ¿Para qué diablos necesita el Rastas un portaminas si lleva toda la hora escribiendo, quizá dibujando, con sus mellados bolígrafos? No quiere girar demasiado la cabeza para averiguarlo. Además, tiene que vigilar los avances del profesor; en cualquier momento deberá pedirle a su inoportuno compañero que le devuelva el portaminas y…

Se escucha un crac atronador; todos los alumnos del aula 02 del aulario de la facultad de Química tuercen la mirada, horrorizados, hacia el pobre portaminas de la izquierda; al menos, eso es lo que a nuestro estudiante le parece. Ese imbécil pecoso acaba de quebrar la mina. Para escribir con portaminas, piensa, primero hay que tener delicadeza y precisión, cosa que tú, cernícalo andrajoso, jamás podrás tener. Respira hondo y vuelve la mirada hacia el profesor.

Todavía no ha perdido el hilo; desmejorando un poco los trazos de la mina, cuando se la devuelvan, podría acelerar y alcanzar en un suspiro al docente. Escucha dos tchac muy seguidos y se retuerce hacia su izquierda, alarmado.

El Rastas, lejos de devolverle el portaminas, ha apretado el pulsador con exceso, hasta hacer protuberante de nuevo la mina; demasiado protuberante. Nuestro estudiante, al cual se le empieza a torcer el rictus de la boca, pugna por no vigilar de forma descarada los movimientos manuales de su compañero, si es que a las pezuñas se les puede llamar manos. El azul metalizado del portaminas desaparece entre la antihigiénica carne con dedos, que traza en un folio algo parecido a una fórmula química.

Debería decirle algo a ese energúmeno rumiante; de hecho, tiene la excusa perfecta: lo necesita para tomar sus apuntes. Pero es que todas las chicas de la fila de atrás van a pensar… Puede que incluso se estén riendo, sí…, la del piercing estaba cuchicheando algo…

De reojo ahora, ve al profesor comentando cosas que va escribiendo sin detenerse en demasiadas aclaraciones. Dentro de poco serán dos líneas las que deba transcribir a su cuaderno, y no está dispuesto a recurrir a sus bolígrafos ni a su estilográfica. El Rastas cambia de folio con un aspaviento y deja el portaminas sobre la mesa; lo mezcla con toda esa sucia y alineada estirpe de bolígrafos mordisqueados. ¿Pero qué hace?, ¿es que piensa quedárselo?, se pregunta, intentando asimilar que su compañero se atreva a ladearse, a impedirle la furtiva línea de visión con el codo.

Ha agarrado uno de los bolígrafos y dibuja; sí, está dibujando algo. ¿Pero qué? ¿Y por qué no me lo devuelve ya? Nuestro estudiante vuelve la cabeza hacia la pizarra, sabe que ya está perdiendo el hilo. Al menos, sigue diciéndose, no me lo está manoseando ni acercándolo a ese pañuelo lleno de mocos ni…

Pero el Rastas chasquea su repugnante chicle, agarra el portaminas y lo acerca a los trazos secretos de su folio. Nuestro sufrido estudiante, próximo a morderse la lengua, no se lo puede creer cuando lo ve presionar con el pulgar hasta asomar un nuevo cacho de mina del 0,7 que parece destinado a la quiebra. Con una mezcla de añoranza, frustración y perplejidad le dice adiós con la mirada a un fragmento negruzco que brinca una fila más abajo hasta perderse definitivamente.

¡Palurdo piojoso, suelta ya mi portaminas o te juro que…!

Pero no le dice nada. Mira de reojo a las chicas de allá arriba, que parecen divertidas por algo. Con pulso trémulo, agarra su estilográfica, se diría que con resignación. Nada más lejos; la clavaría en ese ojo de porrero. Ahora ya no necesita la excusa de estar mirándose el reloj; vigila abiertamente y con irritación a su compañero. El Rastas, así como el profesor sigue su ya desorientador discurso, permanece imperturbable, y se atreve de nuevo con el pulsador del portaminas, tchac tchac.

Nuestro estudiante de las rodillas inquietas y el rictus en la boca completa su incómoda posición con un giro de cuello más apropiado para un búho. Un cosquilleo recorre sus labios cuando logra soplar lo suficiente como para que le salgan las palabras.

—¿H…?

Ni él mismo se oye. El profesor le ensombrece con aquello que farfulla y escribe en la pizarra. Una de sus compañeras, la que también lleva gafas, emite una risita.

—¿Has… acabado ya? Me parece que lo… —logra empezar a decir nuestro estudiante con sudores diversos.

—No, enseguida te lo doy.

Tchac tchac tchac.

Nuestro estudiante observa con los cristales empañados cómo su portaminas vomita un nuevo trozo de mina bajo los focos lejanos del aula, trozo que cae a continuación, lánguido, sobre el folio que no le dejan ver. El trozo de mina rueda mesa abajo hasta desaparecer en el pantalón raído del Rastas.

Tchac tchac tchac tchac.

 

Abre la boca para gruñir algo. Se le va olvidando la presencia del resto de sus compañeros. El profesor hace rato que habla en chino.

Tchac.

Mueve el cuello por temor a que se le haya torcido irremediablemente hacia el lado izquierdo. Su brazo derecho hace un movimiento semejante a un espasmo y arruga a su paso una de las hojas del cuaderno. Se muerde los labios y le dedica un vistazo fugaz al estropicio de su primera hoja.

—¿Alguna pregunta? —ladra el profesor. Nadie replica.

 

La va a romper de nuevo, Dios, míralo, ¿qué está pintando este imbécil?, quiero… Se le crispan los dedos; el reloj se remueve, la estilográfica se desliza de sus dedos y rueda por el banco con un ruido que no es nada en comparación con un nuevo crac.

—Joder, qué malas son estas minas —masculla el Rastas.

Tchac tchac.

—Tomen especial nota de que el compuesto de… —avisa el profesor, ajeno a los problemas de nuestro estudiante, quien se afloja el cuello de la camisa por temor a ahogarse en sus propios sudores.

Tchac tchac.

El Rastas levanta el brazo del portaminas sin aflojar su presa. ¡Un corazón! ¡Está dibujando corazones con mi portaminas el muy hijo de puta! Nuestro estudiante se toca la boca, no hay saliva, se asegura de no haber dicho todo eso en alto. Aprieta los labios.

No acaba ahí la tortura. Cae el tapón del pulsador que esconde la goma de borrar del portaminas, antes de ser salvajemente despellejada contra el folio lleno de marranadas. El Rastas le pone melodía al momento con dos sonoros chasquidos de lengua, y se lleva el portaminas a la boca. Sí, lo estás viendo bien, se dice nuestro ya desquiciado estudiante, se lo ha metido en la boca y lo mordisquea, lo chupa, y después lo va a volver a bajar para dibujar memeces, luego lo volverá a morder y le dejará sus muescas cariadas como recuerdo, tal vez hasta te deje el chicle pegado y le limpie la pinza con el pañuelo de los mocos, y luego tendrá la desfachatez de pedirte la estilográfica para hurgarse el oído y…

—Tu portaminas es un poco malo, no pinta bien.

Nuestro estudiante ve fragmentos desordenados, acoplados, del Rastas mirándole burlón, del portaminas entre unos dientes amarillos, del portaminas haciendo tchac tchac, de la mina quebrándose, intentando dibujar algo; del portaminas todavía entre aquellos sucios dedos mientras un enloquecido alguien (él mismo) golpea una y otra vez las rastas contra la mesa y tiñe los folios de un rojo capaz de colorear el corazón garabateado.

Ahora es la cabeza del Rastas la que hace crac, tchac tchac, o algo parecido. Es difícil precisarlo ya con tanto grito alrededor.

Nuestro estudiante, con la expresión contrahecha y el portaminas por fin entre sus propias manos, contempla la paralizada tiza del profesor. Con parsimonia, se ajusta las gafas, arranca la primera hoja de su cuaderno y comienza a copiar ordenadamente la primera línea de la pizarra.

Tchac.

© Javier Vivancos

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