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Un anticonsejo puede ser un buen consejo.

Hay cosas que se supone no deben hacerse en una novela o relato. La interpelación al lector o una referencia demasiado familiar de los personajes son ejemplos de esto: dirigirse al lector (no digo ya haciendo juicios de valor sobre los personajes, lo cual sí sería grave), sino haciéndole partícipe de la historia directamente, como si le estuviésemos contando una historia a la luz de la hoguera en donde, en algún punto del relato, le preguntásemos “¿Y tú qué crees que va a pasar ahora?”; o también podríamos decir aquello de “nuestro protagonista hizo… (esto o aquello)”. En ambos casos, estamos ante formas de expresión anticuadas o inapropiadas en literatura. Eso dicen.
En realidad, no me voy a meter en debates sobre lo apropiado o no. Hay gente que sigue empleando la descripción de personajes al estilo decimonónico, una síntesis en donde en unos pocos párrafos se detallen todos o casi todos los rasgos que necesitamos saber para “conocer” a un personaje concreto.
La cuestión aquí es determinar cuándo un “anticonsejo”, es decir, apostar por lo “prohibido” o poco recomendable en literatura puede convertirse en un recurso válido. Tampoco hay una solución clara al respecto. Eso creo yo.
Puede que, en ocasiones, busquemos determinado efecto haciendo que el narrador trate con familiaridad a los personajes y que haga copartícipe al lector. O puede que encontremos divertido y útil interpelarle, pedir su aprobación de una manera directa para reforzar la inseguridad del personaje que nos narra, o vaya usted a saber por qué motivos más.
Esa es la cuestión: mientras seamos conscientes de los recursos que estamos empleando y de por qué lo hacemos, la cosa puede ir bien. Tal vez el resultado no convenza a mucha gente, tal vez sea un error. Pero, qué diablos, de vez en cuando podemos jugar con las letras, al más puro estilo Cortázar, si lo deseamos, y juntarlaspalabrasparavolverlocoallector… ¿Por qué no?
Simplemente, hay que ser consciente del posible efecto que provocaremos. Unir las palabras durante demasiado tiempo puede ser agotador y resultar contraproducente para una buena lectura. No se trata de volvernos demasiado modernos porque sí y de saltarnos las normas de ortografía y de buscar excusas para escribir mal.
Pero tampoco conviene ser dogmático en ningún momento. Recordad: un anticonsejo puede ser un buen consejo.

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