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Finalista en el I Certamen Locus Literario de Relato a la Carta

Te espero cada noche, al apagar las luces. No te oigo entrar, pero lo noto en mi piel. Entonces abro los ojos y veo suspendidas en el aire las líneas resplandecientes que conforman tu silueta. A veces me pregunto si eres real, me asusta que puedas ser una alucinación, un producto de una enfermedad pasajera. Pero mis temores se disuelven en la oscuridad de mi cuarto cuando tus curvas brillantes se dibujan sobre mí. Es ahora cuando mejor imagino tus formas de mujer; filigranas brillantes que te recorren y se concentran como mapas térmicos: tus manos, tus senos, tu boca. Y cuando vuelvo a pensar que no existes, que eres como el negativo de una fotografía, mi cuello se arquea, mi cabeza se hunde en la almohada; la boca abierta, no exhalo nada, no respiro, mi torso se eleva sobre el colchón, y el calambrazo me recorre el bajo vientre, y se concentra en mi sexo. Me atrapa. No me permite escapar, me va a quemar, voy a salir despedido hacia el techo y caeré entre convulsiones hasta yacer carbonizado…

Ah, pero el dolor no cumple lo que promete. De pronto se transforma en un cosquilleo que atraviesa mi epidermis y acaricia cada célula de mi organismo hasta dejarme en un estado catatónico de goce tan indescriptible y duradero que a veces pierdo la noción del tiempo (y del espacio). Los olores de mi habitación desaparecen; en su lugar, mil fragancias inundan mi sentido: lavanda, ceniza, ciruelas, hierba húmeda…, y quizá tu verdadero aroma, que siempre intento distinguir. Y no recupero la conciencia hasta que ha amanecido y dejas de erizar todo mi vello.

Otras veces, mi cuerpo se recuesta, indolente, recorrido por un hormigueo plácido, como si hubiese perdido toda circulación. Logro girar el cuello y mirarte, a mi lado: curvas de pintura blanco-azulada sobre un fondo negro, dos puntitos luminosos que me observan, y una voz espectral que susurra en mi mente estremeciendo lo que queda de mí.

Mañana será nuestra última noche, oigo en mi cabeza. Y si estoy soñando se me antoja una pesadilla, no quiero curarme, si es una enfermedad no quiero curarme, me oigo pensar, aunque no lo digo, solo sigo escuchándote: Tu calendario no es el mío, pero cuando llegue el 2010 ya me habré marchado, ni siquiera esperaré las campanadas.

¿Por qué?

Me gusta ser algo que no siempre ves, que me esperes cada noche, que sueñes conmigo incluso cuando aún sigo a tu lado, que tu cuerpo se entregue a mí sin reserva, pero… sabes que tengo que marcharme…

¿Por qué?

… Que no pertenezco aquí, que mi tiempo se acaba…

¿Y puedo ir contigo?

¿Cómo podrías?, respondes. Tu voz, el suave zumbido que estremece mis oídos. No sé si ríes, creo que lloras. ¿Cómo podrías?

Amanece.

Televisor, rugido de motores, felices fiestas, música, banal, comida, insulsa, minutero, calefacción, se acerca la maldita cuenta atrás, ducha, horas, segundos, monótono, la compra, fregar, solitario, teléfono, propaganda, reloj, minutos, ¿cuánto queda?, segundos, ¿cuánto?

¿Y cómo podría?

Apago la luz, enciendo una vela, cierro los ojos y te espero como cada noche, pero me has dicho que será la última, y a mí solo se me ocurre encender una triste vela para hacerlo especial.

Zambombas, matasuegras, panderos y matracas; no estoy ahí fuera preparándome para las campanadas, ni quiero. Tampoco puedo dormir, y mi corazón retumba sin cesar. ¿Y si no vienes? Siempre acudes cuando comienzo a dormirme. ¿Eres real? La duda me atormenta. ¿Y si te he perdido en mi imaginación? Y si finalmente aparecieses, ¿cómo podría retenerte?, ¿cómo podría ir contigo?

Me acurruco en la cama. El somier se agita cuando sollozo. ¿Cuánto queda para las campanadas? Oh, Dios, esto se acaba, no vas a venir, no vas a venir…

Siento calor en el hombro, el cosquilleo recorre mi columna, y me retuerzo lentamente, preso de un repentino éxtasis de vibraciones. Lloro, pero esta vez es por tu sonrisa iridiscente cerniéndose sobre mí, electrizando mi boca. Gimo, quiero gritar, resistirme, no quiero dormirme, no quiero que amanezca y no estés nunca más. Me aferro a la sábana, la arrugo… Pero gimo de placer. Y acabo soltándola.

Adiós…

Dudas, y te detienes frente a la puerta. Al fin descubro cómo escapas cada madrugada. Tus contornos se apagan y se funden en el picaporte hasta que brilla, incandescente, y me ciega. Entonces me doy cuenta de que puedo levantarme de la cama. Seguirte.

Doy tumbos, codazos, entre la muchedumbre, descalzo. La alegría es ensordecedora, nadie se fija en mí, ni en tu luz: leves descargas que saltan de farola en farola como hitos que me guían hacia…

El árbol, la gigantesca estructura de luces y colores emplazada en la plaza principal. Más de sesenta metros de travesaños metálicos decorados con bombillas y mangueras y cañones luminosos. Y en el corazón de ese monstruo navideño, un también descomunal carrillón eléctrico que pronto atronará con sus campanadas.

Algunas bombillas se funden cuando asciendes y abrazas, sinuosa, la estructura metálica. Yo aprovecho la algarabía y me encaramo al primer travesaño, y entonces adivino tu silueta, difusa entre los halos de luz, que se detiene a mitad de camino.

¿Cómo podría ir contigo?

Permaneces inmóvil. Yo también conocía la respuesta desde un principio, pero quiero que me la digas, que me convenzas…

¡No me dejes!, grito al verte ascender entre chispazos de colores. Trepo, jadeando, balanceándome con los pies cada vez más alejados del suelo. La estructura temblequea con la primera campanada, resbalo y quedo colgado de un saliente metálico. ¡He elegido! ¡Sabes que quiero ir contigo! Mi mano comienza a resbalar.

Contemplo, sonriendo, cómo parpadeas y te detienes. No llegas a la cima. Estoy a punto de caer, pero comienzas la lluvia de rayos como grietas en el aire, los fogonazos y explosiones de colores; tu electricidad, que con un zumbido se conduce del metal a mi mano, hasta que mis ojos revientan.

Mi cuerpo cae cuando empiezan los fuegos artificiales, pero yo estoy allí arriba, contigo.

© Javier Vivancos

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