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2 de noviembre de 2009
Elche

Escribo esta carta… no sé bien para qué ni para quién. Quizá sea yo mismo quien la lea al cabo del tiempo y me ría de mis delirantes fabulaciones. Ojalá sea así.

Javier ya sabe escribir.

Me gustaría que Sonia no se hubiese ido, que pudiésemos abrazarnos y compartir con orgullo que nuestro hijo de cinco años sepa escribir. Pero no es solo que haya aprendido.

Es que sabe escribir muy bien, demasiado bien.

Alégrate, me digo, quizá es un superdotado, ¿de qué te quejas? Esto es una bendición para un padre, ¿no? Entonces, ¿por qué me siento tan…?

Anteayer fui a su habitación para darle un beso. No estaba jugando con sus bloques de plástico, no estaba construyendo uno de esos castillos altos de precarias torres que tanto le gustan. No, mi hijo se encontraba en el suelo escribiendo con un bolígrafo sobre un folio.

Al principio me quedé con la boca abierta, luego corrí a estrujarlo, a revolverle el pelo, a comérmelo a besos. No me lo podía creer, ni siquiera podía sujetar el folio sin que me temblase la mano. La caligrafía de mi hijo era tan perfecta, sus reglones eran tan rectos.

Yo, con nueve o diez años, era incapaz de escribir recto sin un cuaderno de cuadrículas.

(“¿Es esto normal?”)

La pregunta apareció en mi mente como un brote pandémico, y para cuando me di cuenta, había contagiado todo mi mundo. Sin remedio.

“Javier, ¡esto es increíble, qué listo eres! ¿Me dejas ver? ¿Dejas a papá que vea lo bien que escribes?”

Me tendió tres folios. Por ambas caras. Su mirada era inexpresiva, aunque sonreía. En ese momento no le di importancia, pero creo que no me sonreía como un niño. No había en su expresión atisbo de la felicidad e inocencia con que solía montar sus castillos, pieza por pieza, con un júbilo inagotable y contagioso. Su actitud, cómo me ofrecía los folios… Era arrogante, no sé cómo explicarlo. Por Dios, es solo un niño pequeño, apenas si debe de saber lo que es la arrogancia y el desdén, pero juro que me recordó a una de esas adolescentes ricas y malcriadas que plantan cara a sus papaítos cuando las sorprenden con un cigarro en la boca.

Javier escribe muy bien. A la historia que tenía entre mis dedos sudorosos le faltaba algo, como si fuese un segundo capítulo, pero estaba muy bien redactada. Demasiado bien. No era la típica historia de piratas ni de perros voladores. De hecho, no lograba entenderla, no sé si a causa de mi inquietud.

“Es… una historia muy… buena, muy bien escrita, ¿te han enseñado en la escuela?” Mi pregunta era una imbecilidad, y Javier me miraba como si pudiese leerme la mente, porque lo que yo estaba pensando…

Para celebrarlo me lo llevé a dar un paseo. Le encantan las fuentes, y solemos recorrer casi todas las que hay en la ciudad. No tuvo tiempo de seguir escribiendo esa tarde. Cuando llegamos, lo acosté enseguida. Viéndolo dormir me pareció un niño normal. Bueno, no, normal no. Era mi niño, el más guapo, el más inteligente del mundo.

Me llevé sus folios a la cama. La historia era buena. Demasiado buena.

Aunque no quería darle más vueltas al asunto, no pude conciliar el sueño. Y al día siguiente la cosa empeoró.

Al regresar del trabajo, me despedí de la asistenta y dejé mi maletín sobre el sofá. Javier no estaba en su habitación, y sus juguetes, guardados en sus cajas. Tragué saliva. A esta hora debería haber erigido como mínimo dos templos griegos con columnas de plástico.

Todavía tiemblo cuando lo recuerdo con eso bajo el brazo. Un padre no debería pensar lo que yo estoy pensando. ¡Se trata de una criatura, por Dios, pero cómo puedo ser tan absurdo!

Javier salía del aseo con un fajo de folios encuadernado. Un manuscrito. No sé quién demonios se lo encuadernó, ¡no sé cómo logró escribir todo eso en apenas un día! Sus palabras aún resuenan en mi cabeza, una pesadilla sin fin:

Papi… cuando eskibimos una historia… los pessonajes puedden serreales, ¿verdad?, como la gente que conocemos…

No recuerdo lo que le respondí. Creo que solo balbuceé, y que cogí su manuscrito, y lo felicité con la expresión desencajada, incapaz de abrazarle. De hecho, evité a mi propio hijo durante toda la tarde, y únicamente al acostarlo fui capaz de darle un beso, de buenas noches.

No sé qué hacer. Estoy angustiado. Al principio me engañaba pensando que mi hijo podía ser un superdotado, pero después de leer su manuscrito… ¿Debería llevarlo al psicólogo? ¿Debería acudir yo mismo a uno?

Es por esa mirada que me dedicó cuando me tendió el manuscrito. Y es por esa historia tan horrible que ha escrito acerca de un niño pequeño…, ¡un niño de cinco años que mata a su padre!

Me siento tan… absurdo… Pero tengo miedo, y si estoy escribiendo esta carta es porque en el fondo temo que… pueda pasarm

no te preocupesPApi estoy apprendiendo aescribir tambien a maquina yo acabare tu carta jijiji…

fin..

© Javier Vivancos

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