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Y de repente… ¡acción!

A veces, en un texto en el que he estado describiendo algo, en el que la acción transcurre despacio o en el que hay diálogos con acotaciones y muchos paréntesis descriptivos, me ocurre que deseo introducir un elemento de acción, de movimiento inesperado, un cambio en el tempo narrativo, y en ese momento me pregunto si lo estaré haciendo bien, o si por el contrario he seguido con la dinámica de los párrafos anteriores, lentos, pausados, muy descriptivos.
Entonces se me ocurre echar un vistazo a un texto de un buen contador de historias. Independientemente de que te guste o no, Stephen King es efectivo; así, por ejemplo, en este fragmento de Insomnia:

“¿Qué puede saber un desgraciado como yo?”, repitió Ralph mentalmente, y la respuesta se le ocurrió al instante, cruzó su mente como el premio gordo aparece en las ventanillas de las máquinas tragaperras. Se obligó a inclinarse hacia el aura verde que revoloteaba en torno al hombre, hacia la terrible y hedionda nube que brotaba de sus alteradas entrañas. Al mismo tiempo, extrajo el pequeño aerosol de su bolsillo, lo sostuvo contra el muslo y colocó el dedo índice sobre el botón del vaporizador.
-Sé quién es el Rey Carmesí -murmuró.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par tras los sucios cristales de las gafas, en una expresión no solo de sorpresa, sino también de consternación, y el hombre de la melena salvaje retrocedió unos centímetros. La terrible presión que atenazaba el costado izquierdo de Ralph cedió por un instante. Era su oportunidad, la única que tendría, de modo que la aprovechó. Se lanzó hacia la derecha, cayó de la silla y fue a parar al suelo. Se golpeó la parte posterior de la cabeza con las baldosas, pero el dolor se le antojó distante e insignificante en comparación con el alivio que suponía librarse de la punta del cuchillo.

Debo decir que los párrafos anteriores al de este fragmento son del mismo palo: una situación tensa, parada, con muchos pensamientos, diálogos y descripciones del aliento y el aura del agresor. Fijaos en cómo a partir de lo subrayado, sin un cambio drástico de estilo, imprime movimiento de modo que cambia la velocidad con la que se percibe la historia y se convierte en acción violenta.
Se puede hacer incluso más rápido y frenético, con frases muy cortas y párrafos de una línea o línea y media, pero en este caso destaco que la continuidad respeta el estilo del texto y no resulta chocante al lector ni muy forzado, sino que vas leyendo y de pronto te encuentras con una pelea.
En general, si queremos que la acción se perciba como rápida, nos conviene usar oraciones breves; evitar frases subordinadas del tipo de las introducidas por “que” y usar conjunciones y yuxtaposiciones; usar verbos simples y directos (trepó, golpeó, miró…); utilizar expresiones y palabras que den sensación de velocidad (fugaz, ráfaga de disparos, impulso); evitar adverbios acabados en -mente; emplear más verbos de acción y menos nombres y adjetivos; no realizar pausas en lo posible; y dejarse las figuras retóricas para otro momento.
A veces, la habilidad del escritor se demuestra en el momento de tránsito entre un estilo y otro, como se puede apreciar en el ejemplo, en cuya primera parte hay un adverbio largo (mentalmente) y un símil (lo de la tragaperras), y en la segunda, con una frase de “impulso” (Era su oportunidad…) comienza la acción, aunque aún un tanto descriptiva al final (en el resto del texto había más acción de ese estilo).
Esto, en cualquier caso, es una recomendación genérica, porque los textos son a veces complejos y hay una mezcla de sensaciones. En ocasiones, en mitad de la acción pura y dura hay espacio para resaltar la emoción (de rabia, por ejemplo), y esto requiere hacer una pausa y utilizar pensamientos o figuras retóricas, todo depende siempre del efecto que se busque, pero la idea básica de lento-rápido debe quedar clara.

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