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Incluido en la antología “El libro y su autor”

Hoy he vuelto a la calle donde nos conocimos. Esa calle de apariencia interminable en la que los coches tardan horas en aparecer y desaparecer. Pero yo, que la he recorrido miles de veces, sé que no es interminable, ni mucho menos; sé dónde acaba y dónde empieza, adónde me lleva y de dónde me trae cuando voy sobre ruedas.

Tantas veces la he recorrido sobre ruedas, casi siempre en autobús; y allí, en la parada, fue donde te vi la primera y las demás veces, junto al locutorio y el bar, cuyas fachadas deslustradas funden sus respectivas suciedades hasta formar una sola mancha. Un poco más hacia la izquierda, viniendo calle arriba desde mi casa, está la lamparería, de blanco protuberante en su esquina, bien perfilada… y cómoda. Te solías sentar en sus escalones, bajo el toldo. Eres tan menuda y delgada que pasas desapercibida, aunque no es por tu estatura, sino porque aprovechas cualquier sombra o destello de luz en los cristales para confundirte con el entorno, y para colmo permaneces inmóvil mientras todo lo demás pasa a tu lado. Esa eres tú, chica de colores mate, silenciosa, sigilosa, aunque de mirada profunda. Me muestras tu signo zodiacal, lo veo reflejado en tus ojos cuando busco excusas para mirar en tu dirección: por ejemplo, vigilar esa papelera con la bolsa blanca replegada y el prospecto de las pizzas sobresaliendo de ella, erecto como la cucharilla clavada de un barquillo; me apetece tanto un barquillo, me apeteces tanto tú…

Un día me acerqué a ti. Tu mirada se sostuvo, intrigada quizá por lo que venía a contarte, a ti, que estabas tan tranquila, tan resguardada de todo y de todos en el trozo más limpio de los escalones, sintiendo la brisa de los vehículos al pasar, o tal vez contemplando los árboles que asomaban con sus alegres pájaros tras las estructuras de la obra al otro lado de la carretera.

Hoy no estás ahí. Solía dárseme bien coincidir contigo en la parada, pero no tanto encontrar excusas para acercarme a ti. Y muchas cosas han cambiado desde entonces. Veo al mismo perro que, lánguido, siempre pasea calle arriba, aunque esta vez no olfateará el anclaje de la ahora inexistente papelera. Recorrerá baldosas similares con basura similar, pero no será igual, como tampoco es igual el cartel pegado al vidrio de la parada, ni los productos en el escaparate del locutorio, ni las personas que, acaloradas, esperan el autobús. Los árboles del otro lado de la carretera siguen asomando, ya no tras una obra, sino tras una planta baja con fachada de ladrillo visto.

Tampoco está ya esa florecilla tan colorida y solitaria que nacía en el primero de los alcorques que hay calle abajo. Supongo que alguien se la habrá llevado.

Me pregunto si tú también habrás encontrado quien te lleve.

Y me respondo que sí, que eso es lo que suele suceder con las cosas bonitas.

© Javier Vivancos

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