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Los dos hombres se apearon del tren casi al mismo tiempo. El de traje azul, del segundo vagón; y el de traje gris, del último. Ambos llevaban maletines chatos, de piel. Los dos iban bien afeitados y rondaban los cuarenta años.

La multitud, que a esas horas inunda la Estación Central, los mantuvo alejados.

El de traje gris compró un periódico, lo dobló y lo guardó bajo el brazo. Se dirigió a una cabina telefónica y llamó. La comunicación duró unos minutos. Después entró en Billy’s, se acomodó en uno de los apartados y pidió café a la camarera.

Frente a la barra, el hombre de azul había terminado el suyo y fumaba un Chesterfield, arrojaba las cenizas en la taza vacía. Pagó. Abandonó la cafetería y se acercó hasta la hilera de taquillas numeradas. Sacó una llave del bolsillo de la chaqueta y abrió una de las portezuelas metálicas. Sacó dos bolsos de deporte, se colgó uno al hombro y dejó el otro en el suelo. Caminó hacia la salida.

El hombre de gris, que ya había salido de Billy’s, cogió el otro bolso de deporte, se colgó uno al hombro con idéntico gesto y se encaminó a la misma salida que el hombre de azul.La muerte de Joe “Mus” Orletti había sido votada por unanimidad una semana antes. Y ya se había pagado —en billetes pequeños, usados y no correlativos— la mitad de los cien mil acordados, el resto se abonaría al concluir el trabajo. Pero, Mus todavía conservaba un resto de poder, contactos importantes y quizá algún confidente entre las filas de sus rivales.

Los dos recién llegados lo sabían, y sabían que su trabajo no podía tener fisuras ni filtraciones. Sólo ellos dos conocían el lugar y el momento exacto en que Mus “se iría a dormir con sus mayores”.

 

 

El taxi llevó al hombre del traje azul por Wallace Street hasta tomar la quinta con Edgar Avenue. Cuando se pasó dos calles del viejo caserón de estilo georgiano, dio el aviso al taxista, pagó la carrera con los billetes del primer pago del trabajo, y se dirigió a la cafetería que hacía esquina con la tienda de moda Cassey’s.

El del traje gris se había bajado del metro y se estaba metiendo en los aseos cuando recibió la llamada de su compañero. Las 10:15 a. m. Se encerró en uno de los retretes y abrió la bolsa de deporte.

 

 

—Han enviado al sicario, mi señor —Jimmy Longhair sostenía la pesada puerta del ataúd con brazo tembloroso—. Creo que viene por la puerta principal.

Jimmy evitó los ojos desorbitados, ensangrentados, de Mus. También evitó la tentación de fijarse en las curvas desnudas de las hijas mayores, enroscadas al cuerpo de su señor.

—Un sicario cazador de vampiros —gruñó entre dientes y colmillos Mus—, gánsteres de pacotilla, cómo se atreven a faltarme al respeto de esa manera…

El brazo de Jimmy flaqueó y tuvo que ayudarse con el otro. Sin querer, su mirada se posó un segundo en las nalgas de una de las hijas.

—… Dile a una de las menores que lo reciba, que nadie se interponga hasta que llegue al sótano. Después…, después quiero su sangre, quiero que la viertas sobre el ataúd, ¿me comprendes, Longhair?

Por un momento, Jimmy temió que Mus superaría la parálisis y saltaría a su cuello expuesto a la boca del ataúd.

—S… sí, mi señor.

—¡Y cierra esa maldita puerta del fondo! ¡Entra demasiada luz, Santa Madonna!

 

 

Como un vendedor de seguros cualquiera, el hombre de gris llamó al timbre del caserón, la maleta en su mano izquierda. Se ajustó la corbata.

Una joven menuda con un delantal ajustado que apenas le cubría los muslos le abrió la puerta con expresión interrogante. El de gris aprovechó y ni siquiera articuló excusa. De un empellón se coló en el vestíbulo y entornó la puerta con el tacón al tiempo que sacudía su brazo izquierdo.

La joven emitió un gritito y le dio tiempo a escuchar el chasquido de los resortes de la maleta al abrirse y el sonido amortiguado, como de aire comprimido, del cañón con silenciador que se interpuso entre su frente y la mirada implacable del hombre de gris.

No había terminado de gotear la sangre al suelo cuando el hombre giró a la izquierda por el vestíbulo hasta una puerta hundida y disimulada en un recodo. Le extrañó no encontrarse a nadie en la cocina ni en los alrededores del salón, pero no vaciló, cañón en mano, y abrió la puerta del sótano.

 

 

El hombre de azul llegó tarde para salvar a su compañero. Bajó sigilosamente las escaleras con su calzado deportivo especial, hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra del hediondo sótano.

Longhair había apuntalado la enorme tapa del ataúd con el hacha, que aún tenía colgajos de tendones del hombre del traje gris. Ahora intentaba, aparatosamente, abocar el cuerpo sin cabeza para que la sangre chorrease sobre los cuerpos fríos y pálidos en el interior.

Jimmy sintió dos, tres rápidas perforaciones que implosionaron en su espalda y en su conciencia. Sabía que su señor se enfadaría si se le escurría de las manos el recipiente de sangre, pero lo soltó igualmente. Después se apartó y cayó a un lado sin decir nada.

 

 

La mirada de Mus se empañó en rojo cuando trató de enfocar la afilada punta de madera que el hombre de azul levantó sobre su frente, como para mostrársela de forma reverencial. Le amenazó con los colmillos, con un gruñido, con un grito desgarrador que no fue suficiente para despertar a las hijas mayores. Los dedos se crisparon y se clavaron en el forro del ataúd, incapaces de despegarse de ahí.

La estaca perforó la caja torácica con precisa violencia, y un torrente de sangre coagulada lo impregnó todo, incluso el aire, enrarecido también por un aullido espectral que retumbó por las esquinas del sótano, hasta que todo quedó en silencio y el pegajoso líquido dejó de chorrear.

El hombre de azul se fijó en la desnudez de las dos hijas mayores de Mus, y levantó la estaca de nuevo. No debía dejar cabos sueltos.

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