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– Consejo 22 ¡Oh, no, “matopeya”!

Retomo la sana costumbre de redactar consejos literarios por tratarse este en particular de algo que tengo reciente tras la betalectura de la novela de un amigo. Este consejo está íntimamente relacionado con el consejo 10 (El ataque de los clones), así que vete para allá si quieres ampliar info.

Pues eso, que hay ocasiones en que, tanto en el estilo narrativo como en los diálogos, se “escucha” al autor, sus dejes, sus coletillas, incluso su tendencia a utilizar localismos. Si la novela presenta un narrador alejado del neutro omnisciente, puede importar poco que el texto quede impregnado de las formas de expresarse del escritor, pero…

… En los diálogos es otra historia, ya que están implicados personajes que se suponen distintos. De modo (y esto se lo he notado a autores como Zafón) que a veces hay personajes que se expresan exactamente igual (que el autor) entre ellos, y lo que presenta de novedoso este consejo con respecto al 10 tiene que ver con las onomatopeyas. Sigue, sigue leyendo, que te lo explico…

… Cuando el autor recurre en los diálogos a sonidos como “Nah”, “ji, ji, ji”, “Ahm” y cosas por el estilo, en primer lugar corremos el riesgo de que todos nuestros personajes parezcan usar las mismas expresiones (y creedme, no todos decimos “Nah” para manifestar esa negación seca o desganada); y para colmo, pueden no ser interpretadas igual por el lector, de modo que por ejemplo en esta risilla “Ji, ji, ji” quizá no captemos el tono siniestro, burlón o lo que sea que quiera reflejar el autor.

 

La moraleja es que, a veces, cuando una onomatopeya resulte repetitiva o no sea lo suficientemente gráfica de por sí, conviene recurrir a alguna aclaración descriptiva más que a la transcripción literal del sonido.

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