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Hoy se había oscurecido especialmente. En el instituto procuraba llamar menos la atención, pero en su cuarto disfrutaba probándose los conjuntos de lencería gótica más provocativos, combinando todo tipo de colgantes afilados, tiznando su pálido rostro con lágrimas de ceniza y cicatrices violáceas.

Amanda arañó las páginas amarillentas del grimorio, sus uñas largas y negras se clavaron en los símbolos del ritual, en sus complejas formas geométricas, reflejadas en las pupilas de la joven.

—¿Qué debo hacer para conquistar su corazón? ¡Dímelo!

Las llamas alrededor del tapete de invocación se apagaron a la vez. La respuesta le llegó con el siseo del humo de las velas:

«Debes escribirle una carta de amor con estos mismos símbolos, dásela en persona, cítalo en el cementerio».

—¡Pero si a él no le va ese rollo! No le gusta lo gótico, quizá debería citarlo en un partido o…

«No hagas caso a los tontos consejos de las revistas, niña, sé tú misma. Haz lo que te digo y… yo te entregaré su amor».

—¿Lo prometes?

El ser no respondió. Amanda miró de reojo hacia su escritorio. En la penumbra, creyó distinguir una sonrisa burlona que atravesaba de parte a parte su espejo de maquillaje.

 

 

A la mañana siguiente, en el instituto había más guirnaldas de corazones y tarjetas de San Valentín que cuadernos de apuntes. La mayoría de tarjetas habían sido compradas en los grandes almacenes, y ninguna era tan especial como la de Amanda.

El pulso le temblaba cuando por fin pudo entregársela en mano. No fue fácil abordarlo a solas, siempre rodeado de esos estúpidos amigotes que la llamaban «bruja sin tetas», «vampiresa del todo a cien» o «coño-telaraña». Él nunca coreaba esas gracias. Por eso le gustaba. Era tan guapo y atlético… Amanda apenas fue capaz de mirarlo a los ojos. Le sonrió de refilón y corrió, a refugiarse entre las sombras.

Al menos lo había logrado. El corazón le palpitaba con fuerza desmedida. Podría darle un infarto, morirse y regresar como un fantasma.

Un fantasma muy feliz.

 

 

Esa misma noche lo esperó entre las primeras lápidas del cementerio. Conforme la luna se apoderaba más y más del firmamento, la angustia de Amanda crecía en su garganta y en su estómago. No había sido capaz de probar bocado durante la cena. Y ahora temía que escaparse de casa no hubiera servido para nada. ¿Y si no acudía a la cita? ¿Cómo podría estar segura de que el ser cumpliría su promesa? Ni siquiera tenía el número de teléfono del chico, no podría avisarla si le surgiera algún imprevisto…

… O si no quisiera quedar con ella.

De pronto Amanda empezó a temblar. Su chaqueta era ligera como una gasa, la humedad atrapada en la hierba le calaba los huesos. Pero lo peor era la soledad, el viento frío que atravesaba su alma.

No iba a venir. Estaba convencida.

Apretó los puños, se resistió a las lágrimas que desdibujarían su sombra de ojos.

—Me lo prometiste… —murmuró al ser que se burlaba de ella, parapetado en la oscuridad, en su birlibirloque de insinuaciones y reflejos apenas entrevistos.

—¿Amanda?

Un haz de luna bañaba su silueta. No parecía real. Amanda no podía creerlo.

—Sí has venido… Has venido…

El viento hizo que se tragara sus palabras apenas exhaladas. El trago de vuelta fue amargo y gélido.

—Escucha… Me sabe mal, quería habértelo dicho esta mañana, pero no me dejaste y…, bueno, pensé que a lo mejor te quedarías esperando y por eso… En fin, lo siento. No eres mi tipo, y la gente hablaría, ¿entiendes?

No, Amanda no entendía, incluso en la oscuridad su rostro evidenciaba perplejidad. El muchacho siguió propinándole excusas como patadas en el vientre. Ella dejó de oírlas. El mismo insidioso aire que se había colado en su boca lo hacía ahora en sus oídos. Al rato, su amor desapareció entre los matorrales del jardín que rodeaba los panteones familiares.

—Me lo prometiste… —repitió Amanda, los labios adormecidos, no notaba cómo se le movían, cómo le temblaban y cómo resbalaban las palabras de su boca muerta.

—¡Me lo prometiste! —aulló a la luna.

Quizá fue por los ojos empañados, pero el orondo disco lunar le devolvió una sonrisa estremecedora.

De pronto, en los matorrales se desató una pelea. Ramas enteras saltaron por los aires. Montones de hojas flotaron lánguidamente hasta que la quietud se apoderó de nuevo del cementerio.

Amanda intentó tragar, su garganta estaba reseca. Temía que algo malo le hubiese pasado a su chico. No encontró el hálito suficiente para llamarlo por su nombre. Dio un par de pasos inseguros hacia los panteones, atenta a cualquier nuevo movimiento. Entonces lo vio.

Dolía mirarlo. Era una grieta aún más profunda y oscura que la noche. La hojarasca no crujía a su paso. Estaba lejos y cerca a un tiempo, extendió un brazo como una lanza hacia Amanda.

«No es digno de ti, no lo es de ningún modo. No obstante…».

El ser se encontraba allí mismo, frente a ella, pero su voz procedía de la luna, con un eco de pesadilla. Amanda trató de enfocar con creciente horror la sombra alargada que reptaba hacia sus botas y que le señalaba algo a su izquierda, justo detrás.

El haz de luna incidía sobre la lápida. En ella, un corazón torpemente grabado, atravesado por una flecha y por sus nombres, como el que escribiría cualquier adolescente en la corteza del árbol o en los columpios del parque.

—¿Qué…? ¿Quién ha…?

Las entrañas de la tierra temblaron. Al pie de la lápida, la hierba se abrió por la mitad en una boca húmeda y lasciva que engulló a Amanda. La respuesta le llegó esta vez de la tierra desprendida y de las raíces que violaban y asfixiaban su consciencia:

«… te entrego su corazón, ¿no era eso lo que deseabas?».

La masa palpitante golpeó el rostro aterrorizado de la muchacha y resbaló hasta su boca, abierta en un grito ahogado por el sabor de la sangre del muchacho. La tumba se cerró con el crujir de los huesos.

Antes de que la negrura sellara la boca de la grieta, lo último que vio Amanda fue la luna…

… Su sonrisa torcida y cruel.

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