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De entrada te voy a dejar con el culo torcido, porque: no creo que sea positivo alimentar esta emoción.

Si yo realmente lo pasara mal viendo una película de terror o leyendo una novela, no lo haría. ¿Qué sentido tiene hacer algo que te hace daño? ¿Y qué sentido tiene que otros intenten hacértelo pasar mal con sus obras? Una cosa es que algo te pueda impactar, emocionarte de diferentes formas, darte un subidón de adrenalina, hacer que des un bote en el asiento, y otra muy distinta que te haga vivir una pequeña parte o la totalidad, si eres muy sugestionable, del horror que viven los protagonistas de una historia.

Cuando escribí Yo vi tu silueta sí que me encontraba en una fase exploratoria, de morbo y fascinación por ese terror más chungo que te deja muy mal cuerpo, por su realismo, por el hecho de no estar disfrazado de elementos fantásticos.

Pero poco a poco me di cuenta de que, si bien quería contar historias sobre cosas terroríficas que les podría pasar a otros, no me interesaba vestirme por completo del malo, es decir, recrearme solo en el horror hasta el punto de contagiar al lector y de dejarlo hecho polvo anímicamente.

Es decir, no me interesa vivir en la mente de un psicópata, convertirme en él por unos instantes, por ejemplo, pero sí empatizar con su percepción y a su vez con la de las víctimas, y por el camino reciclar todo eso, mostrar la luz que hay detrás de cada sombra, sin moralinas, sin necesarios finales felices, pero sí con la contrapartida que hay detrás de cada situación que produce terror.

Por eso me gustan los finales agridulces, por eso disfruto más con un thriller (por muchas escenas terroríficas que contenga) en el que el lector pasa las páginas, se emociona, se pone tenso, pero disfruta de la experiencia, no la sufre.

Y el día en el que deje de lograr ese reciclaje, esa transformación, pues igual me dedico a otro género; al drama, por ejemplo. Aunque en ese caso procuraré hacerte llorar solo por una buena causa…

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