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Hace poco leí un chiste que ilustra muy bien el consejo que quiero tocar. El chiste era más o menos como sigue:

 

El otro día mi jefa me preguntó por qué le llegó un mensaje mío a las 3 de la madrugada que decía “Hoja de ruta”. Gracias, autocorrector, ¡te debo una!

 

Si os fijáis bien en el chiste, se omite muchísima información que el lector, a poco que esté atento y lo pille, rellena en su cabeza de manera automática.

 

Así, no se especifica por ejemplo cuál es el medio de comunicación, pero enseguida pensamos que se trata de un mensaje de Whatsapp. Pero lo más importante es toda esa información adicional que no se dice y que completa el cuadro de la escena. Suponemos, por la hora en la que la jefa recibe el mensaje, que el tío que lo envía (por cierto, tampoco dice que sea un chico y sin embargo ¿a que lo parece?) va borracho y que no mira ni lo que escribe, y que luego al día siguiente se da cuenta de lo que ha hecho y le da las gracias al autocorrector porque en realidad había escrito… sí, no hace falta que os lo diga, ¿verdad?

 

El chiste podría parecer una tontería, una broma más sobre el corrector automático de los móviles, pero es una genialidad por la forma en que nosotros mismos completamos toda la información que nos falta y lo bien que funciona.

 

Y eso mismo puede ocurrir en una narración literaria. A veces tenemos tendencia a especificar demasiado, a no dejar que el lector haga su parte y complete el cuadro, a su modo, en su cabeza. Por otra parte, pasarnos de listos y abusar de este estilo puede hacer que el texto en su conjunto carezca de concreción, de detalles personales, que parezca un ejercicio de estilismo y que obligue al lector a calentarse la cabeza demasiado tratando de deducir qué demonios quería decir el escritor.

 

Así que usadlo con moderación, y sobre todo no escribáis a las tres de la madrugada si habéis bebido…

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