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Circula por las redes un meme con el reciente premio Alfaguara y lo poco pulido que está el texto nada más arrancar, con una cantidad ingente de “había” y en general de sonidos “ía”.

 

En realidad no deja de ser un meme algo malintencionado que sirve para lamentarse de que algunos certámenes literarios sean poco más que estrategias de marketing, pero al verlo me acordé de lo que me dijo un amigo escritor una vez sobre los peligros de la perfección técnica.

Al margen de que el uso de un determinado tiempo verbal no implique que un texto sea necesariamente malo, uno o una puede obsesionarse y pulir párrafo tras párrafo hasta reducir al mínimo repeticiones de palabras, cacofonías, uso de relativos, de adverbios acabados en –mente y mil cosas más. Y si bien no hay duda de que la calidad estilística se disfruta y es deseable, por el camino puede perderse la fuerza de una oración. La corrección estilística puede jugar en tu contra como narrador de historias y no conectar tan bien con los lectores (por perder por ejemplo un lenguaje más utilizado por la gente de a pie, por abusar del lirismo o por complicar la estructura hasta que la forma prime sobre el contenido).

 

A veces usar un lenguaje más natural o dejar de obsesionarse por si hay tres “que” seguidos logra que las oraciones tengan una musicalidad más personal, que transmitan de una forma más directa.

 

Ojo, esto no quiere decir que haya que vomitar párrafos tal cual salgan sin esmero alguno, sino que en ocasiones encontrar un cierto equilibrio, permitirse determinadas licencias y corregir “sin que se note que no es muy natural” es lo más deseable para que nuestras historias provoquen las sensaciones deseadas en los lectores, porque eliminar un adjetivo o un determinado verbo por no repetir y que el sinónimo en cuestión se cargue todo el brillo expresivo de la oración va en detrimento del resultado final, en mi opinión.

 

Así que… corregid con precaución.