Fragmento

«Recuerda: eres prescindible. Tenlo siempre presente…».

Las palabras traquetean en su cabeza, como si aún las estuviese escuchando por el auricular.

«… No eres la protagonista. No vales una mierda».

¿Va el tren ahora más despacio? Cris no puede asegurarlo. Al otro lado de esas estrechas ventanas de guillotina, la ocre estepa siempre aparece a la misma distancia, y a veces el zarandeo del vagón es tal que se diría que atraviesan grava en lugar de ir sobre raíles.

Algo está a punto de suceder, lo presiente. Es una sensación fría y desapacible en el estómago. El bocadillo que le dieron esta mañana cobra vida en sus intestinos, le anuncia que en breve debe salir, que su parada será la próxima.

Aunque no esté en el guion, Cris se dirige otra vez a su acompañante, siquiera para distraerse de su malestar.

—¿Sabes cuánto falta para llegar a Sariñena? Cadalso, quiero decir.

—No.

Para ser mexicana, su compañera de viaje no se muestra muy locuaz. Bueno, su procedencia es una mera deducción. No tiene un acento reconocible, pero le suena haber escuchado que los productores estadounidenses se la trajeron del otro lado del charco.

—Antes me pareció ver un indicador sobre un monasterio cuando pasamos cerca de la carretera. ¿No te suena…?

—No. Mierda, no.

—No hace falta que seas antipática… Se supone que somos amigas.

—¿Y eso dónde lo dice, en el guion?

—N…

—¿Acaso lo has leído? ¿Crees que existe, como Santa Claus? Eres tan… niña.

—¿Qué quieres decir? —Cris intenta replicarle en el mismo tono borde, pero se le quiebra la voz.

—¿Lo has leído? —insiste la otra.

—Bueno… Es sobre un chico y una funeraria, y tiene una…

—Eso es la sinopsis, niña.

Cris no soporta que la traten así ni que la llamen niña. Se lo haría saber a esa engreída, si no fuera porque está a punto de llorar. Así que se seca los mocos con el único pañuelo que le queda, maldita alergia, se traga sus palabras y de paso el nudo en la garganta.

No hay nadie más en el vagón. No sabe dónde pueden estar instaladas las cámaras. El silencio que se forma entre ellas dos sería incómodo si de verdad fuese silencio. El matraqueo en los raíles hace pensar que algo en este anticuado tren se está desmontando pieza a pieza. Cuando la compañera de Cris (no sabe su nombre ni lo sabrá jamás) se dirige de nuevo a ella, lo hace en tono de confidencia:

—¿Te suena la ley estadounidense de conservación del cine?

Cris está a punto de espetarle algo desagradable, hasta que se fija bien en los ojos de su compañera, pupilas en las que ondula el miedo. De hecho, Cris se asoma más de la cuenta a ellas. En ese reflejo acuoso se ve a sí misma, atemorizada, insegura. La súbita empatía resulta sobrecogedora.

—… No, en tu bonito país no hay de eso —prosigue, dirigiendo ahora su mirada hacia algún punto recóndito del vagón—. Por ahora no, creo. Dime una cosa, ¿cómo te ofrecieron el empleo?

—Un tío me lo ofreció… En el albergue.

—¿Firmaste algo?

—Pues… sí, el contrato…

—¿Y un seguro? ¿Un documento de descargo quizá?

—Nn… No sé, creo que solo el contrato.

—Ya. El contrato. —Su compañera se pone a jugar con los botones deshilachados de su chaqueta—. Yo también firmé mucho para salir de la cárcel. Mierda, y necesito el dinero, ¿sabes?

Cris asiente.

—Por eso me metí en esta locura. ¡Ja! Cine, lo llaman, ya me gustaría saber dónde se esconde el equipo de rodaje. ¿Y te dijeron en cuántas escenas sales? —sigue preguntando la otra, retorciendo los botones.

«No eres la protagonista».

Cris escucha la sentencia en su cabeza con tal fuerza que se ajusta el auricular bajo la melena, que le cuelga lacia y deprimente sobre la oreja. No, no le están dando nuevas instrucciones. No aún.

—No… —responde al fin.

—Ya. Una actriz secundaria. O una extra. Como yo —ríe con amargura.

—Bueno, ¿y tú qué sabes?

—Me temo que no nos vamos a hacer famosas, niña.

—¿Y qué…?

La puerta corredera de detrás del vagón se abre de golpe con un crujido que hace pensar que los cristales se han resquebrajado.

El tipo musculoso recorre de manera pausada el pasillo. Aminora más aún el paso al llegar adonde están ellas. No se detiene, pero las mira como si hubiera dado con dos maletas abandonadas y sopesara la idea de llevárselas.

—Buenas señoritas…

Su voz es firme y bien entonada, la que podría tener un actor de verdad. Y no es que haya dicho «Buenas, señoritas», a modo de saludo. Ha sonado más bien como una apreciación: qué señoritas tan deliciosas.

—Hola —Cris no sabe por qué responde al supuesto saludo. Es incapaz de sostenerle la mirada. Hay algo en esa mueca hinchada y ambigua que la pone muy nerviosa. Espera a que pase de largo.

Los pulmones de Cris se llenan de aire de nuevo cuando ve la espalda de ese mono azul de manga corta.

Aunque el hombre no sale del vagón.

Se sienta más adelante, en una de las plazas encaradas en sentido contrario al resto. Desde allí puede seguir observándolas.

Las órdenes no llegan por el auricular. ¿Qué se supone que deben hacer? ¿Preguntarle adónde se dirige? ¿Ligar con él? Quizá ni siquiera sabe que se encuentran en pleno rodaje. Cris está a punto de decir algo estúpido. Que a lo mejor eso azul que lleva es el uniforme de revisor. Quizá en los setenta, en los ochenta o incluso en los noventa se llevaba eso. Al fin y al cabo, la película, el remake, está ambientado en alguna de esas décadas.

Pero su compañera ha palidecido de tal forma que ahora se asemeja a una nórdica hepática de pelo castaño. Mejor no abrir la bocaza.

El tipo no deja de sonreírles. No…, se trata de un rictus. En realidad no les está sonriendo. En sus ojos no hay simpatía alguna.

Nadie les dice qué hacer, al menos a Cris no. A lo mejor no se va a grabar ninguna escena más hasta que lleguen a «Cadalso». Quizá debería asumir que se trata de otro pasajero y seguir charlando con su compañera con normalidad. Con normalidad… De todas formas, ha perdido el hilo de la conversación que mantenían.

Ahora el hombre ya no les sonríe ni nada parecido. Una revista le cubre de la nariz para abajo.

—¿Es un actor? —cuchichea Cris.

—¿Qué?

Varios interrogantes más de esa índole se agolpan en su mente, y lo cierto es que no desea conocer las respuestas. En cambio, le hace otra pregunta a su compañera:

—¿Qué crees que le pasa en la cara?

—No sé. Pero le está supurando.

Ambas callan de inmediato cuando el tipo baja la revista y mira en su dirección, aunque no a ellas directamente. Cris supone que está recibiendo instrucciones, y ella también espera las suyas, por favor, venga, que le digan pronto qué es lo que tiene que hacer.

El tipo se levanta.

Se queda ahí de pie sin pestañear.

No se mueve. Joder.

¿Seguro que es un actor? Desde aquí no se aprecia si lleva auricular.

Va a decirle algo a su compañera y no puede, no va a escuchar su hilillo de voz.

El tipo da media vuelta y desaparece por la puerta corredera del extremo opuesto.

—Dios mío, ¿quién era ese tío?

Su compañera no responde. Tampoco esperaba que lo hiciese.

¿Va el tren más lento? Cree que sí, esta vez sí. El culo no ha dejado de dolerle desde hace como media hora, aunque el traqueteo apenas si se nota ya. Si eso fuera posible, diría que el motor se ha parado, que simplemente se deslizan por los raíles hasta que la inercia languidezca y se detengan en mitad de ninguna parte.

Cris da un respingo.

¡ATENCIÓN, ESCENA!

            El grito le muerde el tímpano. Al girarse hacia su compañera, se da cuenta de que se ha envarado contra el respaldo. La está mirando con tal expresión de susto que Cris siente el impulso de agarrarle la mano y esconderse con ella bajo los asientos. Antes de poder hacerlo, a su compañera se le extravían sus ojos de color miel. Acto seguido, se levanta como impulsada por un muelle, con una sonrisa tan forzada que ni una actriz porno lo haría peor.

—He de ir al WC… Ahorita. Regreso.

Déjame ir contigo, no me dej…

¡Respóndele, vamos, con normalidad!

            —Vale… —suspira Cris.

Se remueve en su asiento, adopta una posición que nada tiene de cómoda. El tren va muy despacio, demasiado, pero ella traquetea igualmente, no puede contener los temblores.

—No tardes mucho —se atreve a improvisar—, yo también me estoy…

La puerta corredera se cierra de golpe y el cristal ahumado se traga a su compañera.

Sigue actuando con normalidad. Tu amiga se ha ido, todo es normal. Pero pronto empezarás a ponerte muy nerviosa…

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