Fragmento

ANUARIO DE 1982

En 1982, miembros de la banda británica de música Killing Joke se habían sumergido en las ciencias ocultas, particularmente en las obras de Aleister Crowley. Ese año se trasladaron a Islandia para afrontar el apocalipsis que habían predicho como inminente. Durante su estancia allí, la banda tocó junto a varios artistas islandeses. Tras algunos meses sin señal de apocalipsis alguno, la banda regresó a Inglaterra.

Frente al mismo espejo después de… ¿cuánto? No, su memoria no le está fallando; fue la semana anterior, aunque le da la impresión de que haya pasado mucho más tiempo. Un par de reencarnaciones, por lo menos.
Ahora no está comprobando la incipiente caída de su cabello como entonces. Se ha quitado las gafas de sol y se ha perdido en sus ojos, cargados de una vitalidad demencial que desentona con la acusada lividez de su rostro.
Sus dedos tabalean sobre la blanquecina superficie del lavabo. Se apoya en él, se acerca más al espejo. El vaho nubla su reflejo manchado de dactilares de sangre. Se lava las manos mientras inspecciona con una horrenda mueca su boca, amarillenta, con un regusto acre que no se va por mucho que se la enjuague. Y no va a volver a beber del grifo. A lo mejor todo esto ha sido por culpa del agua, y no por esa mierda de los números.
El hombre anteriormente conocido por el nombre de Jesús Coria se coloca sus gafas de sol con parsimonia. Cierra el grifo con la delicadeza acostumbrada (su madre siempre decía que hay que tratar bien las cosas para que duren), y se ajusta el largo abrigo, ahora con ronchas de humedad allí donde ha intentado limpiar la sangre.
Sale del aseo y se encuentra el salón tal y como lo dejó la semana anterior: el cable alargador de la televisión enrollado, los catálogos de las editoriales de material escolar mal apilados en el revistero, la chaqueta abandonada sobre la silla junto a la puerta de entrada, la caja con viejas cintas de vídeo sobre el puf, al lado de la bandeja con el vaso y la lata de conservas vacíos… El único rastro de su reciente estancia lo constituyen esos restos de barro sobre la mesita frente al sofá, donde apenas ha podido dormir entre pesadillas y ruidos que tal vez eran una misma cosa.
Echa de menos el murmullo del frigorífico. La mitad de la ciudad está sin electricidad, y la otra mitad no tiene a nadie para usarla. Abre la ventana y aún le sorprende lo silencioso que se ha vuelto él también cuando no camina. Ya no le crujen las extremidades ni va tropezando con los marcos de las puertas. Ya no le rugen las tripas al mediodía. Ahora son sus pesadas botas las que delatan su presencia. Levanta la persiana con los dedos para obtener una perspectiva discreta del cruce de abajo con el callejón, junto a los contenedores a medio llenar desde la semana anterior, cuando, preocupado, decidió seguir a su madre y a su hermana en mitad de la noche. Esos ruidos como lumbres a campo abierto en la oscuridad no resultarían tan inquietantes si estuviesen acompañados del habitual silbido de los coches al pasar, del canto de los pájaros, de las conversaciones lejanas, de las ramas de los árboles al agitarse o del peloteo en las pistas deportivas una calle atrás.
Anoche escuchó algo parecido. Alguien… o algo incumpliendo los obligados minutos de silencio en una ciudad de luto; alguien o algo arrastrando sus pies, jadeando, gruñendo… Cotidianidad deformada que no desea seguir presenciando, reflejos de vida grotescos, como el suyo frente al espejo.
Se enrolla la bufanda con sumo cuidado; tapar lo necesario, ajustar bien. En el fondo, hasta se siente como un superhéroe de cine, de cine de terror. Ya no va a esconderse más. Espía desde la ventana y se queda hipnotizado ante los andares erráticos pero apiñados de tres personajes de corta estatura.
Los enanos del circo, ríe sin aliento bajo la bufanda.
Pronto se le hace un nudo en la garganta. Carraspea y se aparta de la ventana. Acaricia su cintura, la culata del revólver. Luego se acerca a la mochila y al maltrecho libro abierto que ha dejado sobre la mesita. Al guardarlo, sin querer vuelca un retrato en blanco y negro de su madre con un largo y elegante vestido. No se ha roto, pero los recuerdos sí lo están. Imágenes que se desvanecen al cruzar el umbral del salón. Cierra la mochila mientras su madre inexistente se balancea en su mecedora, que rechina en su mente; ella ya no hace punto, solo contempla imperturbable la persiana casi echada. La silueta de mamá se funde con las sombras de la amplia estancia y sus muebles, sombras acentuadas por las gafas de sol, su cristal protector, el complemento necesario para justificar tanta oscuridad, como si pudiera quitárselas y ver la realidad de esta ciudad tal como fue no hace tanto, y no esta mala versión de película de Tim Burton.
Me he dejado las llaves dentro. Cae en la cuenta cuando se encuentra en el descansillo con la puerta cerrada a su espalda, pisando el felpudo que debiera haberse llevado todo el barro. Y lo mejor de todo es que no le importa, ¿para qué iba a regresar? Una casa vacía más en una ciudad fantasma. Podría autoproclamarse exorcista y deambular de calle en calle dando caza a esa burla de seres vivos que apestan a azufre, como él, en un infierno de fuegos ya consumidos. Así tendría un objetivo en la no-vida.
Gruñendo, baja las escaleras armando un estruendo del que nadie podrá quejarse. Llega hasta los buzones plateados, ve su reflejo al pasar, la estela de su abrigo queda atrás, los extremos de su bufanda, su cabello grasiento… No queda mucho para terminar, ¿verdad? Ojalá que no quede mucho.
Abre de golpe. El tope de la puerta se resiente, el metal contra el muro, el vestíbulo retumba, el aire se rebela y le atiza en el rostro. Descubre, además de que hace frío, que sigue con el nudo en la garganta.
Escucha risas demasiado roncas para tratarse de niños (enanos del circo). Los movimientos sí son infantiles, aunque bruscos, obscenos.
Están «jugando» frente a los contenedores con el cuerpo macilento y agujereado de un anciano, a juzgar por los pliegues de su piel. Ellos también podrían ser ancianos con esas caras arrugadas y torcidas, encogidos, temblorosos; pero no tiemblan por un temor que no se refleja en su mirada, sino por esa curiosidad agresiva que manifiestan, esa prudencia nerviosa.
Él sigue sintiendo algo parecido al miedo; paralizado en el portal, la mano en el bolsillo. Se empeña en que esto podría ser una escena cotidiana, un mediodía de un diciembre normal. Ellos ya se han fijado en él. Su subida al tono agudo denota excitación, pero no tanta como esperaba, así que relaja la otra mano y la aparta de la culata.
Uno todavía está agachado y tira de la ropa del anciano. Le pincha con un hierro en el ojo y se escucha con extrema nitidez el ruido gelatinoso. Los otros dos muestran una dentadura prominente y se dan palmadas, trinan mientras se acercan a pasos cortos y oscilantes al bordillo. El más delgado, con un surco violáceo que le recorre la frente hasta la mano con la que deja caer una botella de refresco rota, da un saltito; luego se apoya en el contenedor azul del papel. Su compañero le da un empujón y estallan en risas cascadas.
—Aa… mmigoo —balbucea el más delgado, extendiendo una manita de dedos torcidos.
Sí, amigo, piensa él, acariciando su bolsillo sin esbozar mueca alguna bajo la bufanda. Sus extremidades ancladas al portal; tiembla, pero sabe que podrá moverse con toda agilidad si lo necesita. Trata de ver a través de sus cristales oscuros, de reconocer alguna foto de familia perdida en esos rostros deformes, de recrear escenas que no existen pero que sin duda existieron; trata de entender…
El pequeño ser parecido a un niño (¡fue un niño!) le tironea del botón del abrigo mientras el otro da golpecitos en el contenedor tratando de repetir la palabra «amigo» sin éxito, como si tuviera la lengua adherida al paladar y algodón en la faringe. El del hierro mira al horizonte por encima del edificio en cuya puerta se halla ese extraño personaje de indumentaria oscura. Se chupa el pringue de los dedos y suelta el cadáver. Se acerca, dubitativo.
—Amigo —repite él bajo su bufanda.
Un coro de voces chirriantes y movimientos torpes se arremolina alrededor. El «niño» rezagado agita el hierro de forma peligrosa. Él no acierta a adivinar de qué basurero puede haber sacado esa vara puntiaguda que brilla levemente a la luz de un sol perdido bien arriba. ¿Tanto tiempo he dormido?
Creía haberse despertado muchas veces; creía no haber descansado ese cuerpo parecido al suyo, más ágil, más fuerte, y más muerto. Su corazón zumba en lugar de latir. Siente un impulso irresistible, y les muestra a los pequeños la esfera verde y amarilla que guardaba, ya sin la anilla de la espoleta de retardo.
—Re-ga-lo —recalca él, dejándola caer sobre un grupo de manitas ávidas de tocar algo tan parecido a una pelota, como aquellas con las que solían jugar cuando…
Otra vez se está perdiendo en los reflejos de lo que fue, en esas expresiones tan cercanas a la alegría y a la sorpresa inocente.
De un salto se encarama al contenedor azul, y de allí se impulsa hasta las marcas del paso de cebra. Su abrigo ondea al viento que pronto quemará. Corre sin dirigir la mirada atrás, dobla la esquina, y lo que pueda quedar de sus tímpanos vibra con la explosión. Los cristales rotos dejan paso a una reverberación suave, absurda, un regreso al inquietante silencio urbano. Ya no hay risas. Ni más ruidos.
De momento…

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