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El pequeño ser parecido a un niño (¡fue un niño!) le tironea del botón del abrigo mientras el otro da golpecitos en el contenedor tratando de repetir la palabra “amigo”, sin éxito, como si tuviera la lengua adherida al paladar y algodón en la faringe.

El pestillo se ha movido, lo juraría. Una gota más de sudor frío le recorre algún costado de la espalda. Se pega más al muro y busca consuelo en los rostros distraídos de sus compañeros.

La cosa va bastante bien, pensaba Jesús Hutter, escrutando a la recién llegada. Treinta y dos personas, y aún conseguiré que seamos más. Pero, sobre todo, hay que lograr que los que hay vuelvan.

 

… Las Matemáticas están en todas partes, y cada vez en mayor medida, sobre todo gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, cuando se fabrica un disco compacto se oye ruido, sin un software no se oiría música; al hablar por el móvil se ponen en marcha códigos; también en las cuentas de los bancos, los códigos de barras… Pero hay otras aplicaciones. Si los inconscientes ni se plantean que todos esos aparatos que manipulan le deben mucho a las Matemáticas, menos aún sospechan que probablemente con sus mediocres acciones estén ayudando a darle forma al cúmulo de circunstancias capaces de Crear a partir del caos…

Echa de menos su sangre fría de superhéroe atormentado y cruel. Los perros no. El primero se lanza a su muñeca alzándose sobre sus dos patas traseras hasta igualar la altura del hombre al que no puede verle la yugular debido a la bufanda.

—Tú, a ver…, Constanza 232, buen número, capicúa; levántate un poco para que te oigamos mejor y cuéntanos un poco. Tranquila, mujer, estás entre amigos, y a todos nos encanta escucharte; por cierto, ¿qué edad tienes?

No se aproxima ni se aleja, simplemente se mueve, se balancea, y las fachadas escupen ladrillos de cuando en cuando como confeti más absurdo aún. El final de la calle, ennegrecido, borroso, tiembla: se mueve.

—¡Písale, písale, por Dios! —suplica a gritos Rocío mientras Pedro Manuel se cubre la cabeza y maldice desde lo profundo de su pecho ahora encogido.

La joven tiende una mano a la esperanza, a la cordura quizá, cuando ve al pequeño con una mancha rojiza en la cara, los pantalones mojados y olor a orín, pero vivo y aún ágil, a punto de caer de espaldas y deslizándose por la galería hasta topar con ella.

Al pasar junto a la furgoneta, instigado por los fusiles de los cultores, no puede evitar mirar el cadáver recostado de la joven.

Mi modelo es esto, María; intuición consumada, imposible de llevar a hipótesis contrastables si no es siendo poco ortodoxo. Intuiciones, conocimientos asombrosos que se remontan a los escritos cuneiformes sumerios, epopeyas, documentos jurídicos, teología estrafalaria con dioses representados por números.

 

Un primer encapuchado accede por la puerta metálica con la lámpara halógena. Se queda esperando en el sombrío rellano.

—¿Ceremonia? —gritaba Jesús Coria—. ¿Pero tú en qué mierda has metido a mamá? ¿Tú has visto eso que hay ahí colgado? ¿Tú lo has visto bien? ¿Qué cojones…? ¿Qué curso es ese?

Su entonación cadenciosa, firme y persuasiva era un estímulo demasiado imponente como para ignorarlo con facilidad. Sus palabras retumbaban en la cabeza de María, como en la de cualquier otro alumno, pero así y todo lograba escucharse a sí misma de vez en cuando.

Lo agarra, ya no le duelen los dedos, retira la nota y sabe que desde este mismo momento, o tal vez desde que lo subieran a aquel autobús, está jugando según las reglas del cultor. Y está jugando porque lo desea.

Sí, no se está tan mal aquí, escuchando la voz de Hutter, esperando su oportunidad para acabar con él, porque el rostro afeado del cultor es como una pelota antiestrés, y cree que podría seguir golpeándolo sin riesgo a matarle, mamar de su cuerpo inmortal (a golpes y mordiscos), seguir bajo su falda o túnica de creador de la vida (o de la muerte).

—¿¡QUÉ LE ESTÁIS HACIENDO, DESGRACIADOS, QUÉ LE ESTÁIS HACIENDO!? —estalla él, golpeando la puerta con el mango de la fregona, luego con la bota.

Unos pasos lejanos sobre piedra entre basura acumulada terminan por decidirle. Cuando escucha un ruido sordo y desacompasado como de pico y pala, ya se encuentra en el bordillo del hundido asfalto, buscando un desvío lateral para internarse entre los edificios en ruinas.

Tengo que ahorrar balas, se dice, desenganchándose y levantándose. El pico vuela y se estrella cerca de su abrigo, saltan chispas, tierra, espumarajos.

Rocío sigue apoyada en el vuelo de un extremo del santuario, con el trasero sobre una irregularidad en el cortado de piedra.

Escuchó, más que vio, el enorme cuchillo —podría ser una espada— salir de alguna parte de la túnica del encapuchado.

—El helicóptero… —dice el niño.