Imágenes

El callejón

—Hola, Orenes… —siseó aquella figura.
¿Esa voz? ¿Quién coño era? ¿Y por qué seguía tan nervioso?

Lucrecia despierta

Permanecieron así, abrazados sin un motivo en especial, durante casi un minuto, hasta que se quebró la calidez del momento. Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Álex mientras escuchaba, incluso segundos después de que Lucrecia las hubiera murmurado con una voz gélida, aquellas palabras: “¿Sabes?, eran cuatro… los del coche… Todavía hay trabajo que hacer…”

La habitación de Lucrecia

Había una estantería de metal que contenía muchos libros de todo tipo: enciclopedias, novelas de terror y de ciencia ficción, libros infantiles, diccionarios, revistas, tebeos y libros esotéricos. Demasiados libros esotéricos. En cuestión de cuatro años, de unos pocos libros de Astrología había pasado a contener más de treinta libros de las más diversas temáticas: historia de lo oculto, proyecciones astrales, alquimia, magia de las velas, magia negra… Y entre tanto libro, algún cenicero, alguna figura de porcelana como adorno y numerosísimos objetos fetiche, estatuillas de dioses paganos, ankhs, morteros, velas, barras de incienso, hilos de colores, pinturas, pequeños minerales, medallones…

El nacimiento de lo oscuro

Fue en ese momento cuando comenzó realmente la invocación, los verdaderos cánticos, los nombres que jamás debieron pronunciarse, la sangre y alma consagradas a algo que se escondía en las sombras, dentro, muy dentro de unas páginas amarillentas…

El bibliotecario

—Es normal, niña… Es perfectamente normal —dijo esta vez con tono más suave, acariciando la manga de la chica—. Nadie nace sabiendo. Has probado el poder y te has equivocado. ¿Pero vas a renunciar a él tan fácilmente? Mira, Lucrecia, yo te conozco. Eres de ese tipo de personas que son dulces. Y a algunas personas les gustan mucho los dulces. Devoran los dulces. ¿Me entiendes?

Vidas separadas

Después de todo, ¿qué sentido tenía todo? ¿Esa iba a ser su vida?, ¿una lucha constante por mantener el control y no volverse loca?, ¿un recuerdo de tiempos mejores?, ¿por qué no era capaz de afrontar la vida, sus temores?, ¿por qué no era capaz de devolver a sus amigos el amor que le habían dado?, ¿por qué tenía que sufrir tanto para llegar a ninguna parte?

Conociendo a Ricardo

—¿Te gusta Killing Joke? —preguntó Lucrecia a Ricardo.
—Pues la verdad es que mucho, y no es por hacerte la pelota —contestó él con una sonrisa.
—¿Y por qué habrías de hacerme la pelota? —replicó ella, coqueta.

Sentimientos

—Te quiero —declaró él con voz profunda, entre la agitada respiración.
Ella se detuvo un instante, sin separarse. Lo miró con ojos vidriosos, y finalmente le besó y continuó los movimientos con firmeza.

Felicidad

Se acomodó. Lo estaba haciendo, y en otros muchos sentidos. Después de todo, se merecía disfrutar de la vida, alejarse para siempre de los malos momentos; se merecía ser feliz, sentir en la boca algo que no fuera el regusto amargo del odio ni la viscosidad de un fluido negro.

Cuatro en un coche

—¡Acelera, Richy, acelera! —chilló Lucrecia sin perder de vista a los ocupantes del otro coche.

Desierto

La arena del desierto empezó a elevarse en unas nubes densas que se fueron evaporando. Pronto, Lucrecia quedó allí, envuelta en la nada, con las manos recubiertas de aquel líquido negro en lugar de la sangre.

Ritual

Lucrecia entonaba una apagada melodía en un idioma impronunciable. Surgía en formas guturales desde el fondo de su garganta, sin que ella tuviera que hacer nada para que vibrasen sus cuerdas vocales. Su respiración era apenas perceptible, rápida y débil, como si se estuviese muriendo. De hecho, así debería haber sido por la hemorragia no contenida de los brazos y las heridas que ya acumulaba de antes.

Shock

Lucrecia había despertado de su estado letárgico a eso de las 15:00. Sus amigos habían ido a visitarla una hora antes, y todavía seguían allí, con la esperanza de poder hablar con ella. Parecía muy débil, y de hecho así lo habían manifestado los médicos. La habían trasladado al hospital Santa María del Rosell de Cartagena, y la habían sometido a varias pruebas, pero faltaban algunas por hacer.

La fiesta

Un tumor extirpado. Un diminuto vacío en las conexiones neuronales, un pequeño barranco sin puente colgante que lo atravesara.
Una droga de síntesis, un efecto alucinógeno. Una sustancia que afecta al sistema nervioso central. Un puente al desvarío. Una conexión.
La oscuridad, la oscuridad lo envolvía todo, los ruidos, las imágenes, la temperatura… Todo era sombrío, aunque a su vez tan claro… El olvido. Borrón. Un momento de confusión.
Sí, ahora todo estaba muy claro. Muy simple.

De caza mayor

Llegó temblando de pies a cabeza a la puerta del ascensor. Una voz la llamaba. Le preguntaba que si estaba bien, que quién era, que qué hacía allí… Demasiadas preguntas.
(¡Rómpeles el cráneo…!)
(Ellos viven, y Richy no… ¿Acaso es justo?)
(porfavorporfavorporfavor…)

La mosca

Debo estar volviéndome loca…, pensó Lucrecia. Debo seguir…
(¿No puedes cazar una mosca?)
(¡Ya estás loca! ¿No te habías enterado? ¡Localocalocalocalo…)

El intruso

¡El que me la hace, la paga! ¡Es hora de que pagues! ¡Es la hora de ver tus sesos esparcidos por el suelo, es la hora…!, pensó él, con las manos imperceptiblemente temblorosas.

Agonía

Lucrecia no se sintió capaz de reaccionar cuando él la apuntó con la Browning. El estampido antecedió por instantes a las gotas espesas que saltaron de la rodilla izquierda.

Epílogo

—Me han matado… —se lamentó entre risitas Lucrecia—. Papá, ¿qué es este libro negro de aquí?

 

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