Fragmento

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—Venga, tío, tienes que venir conmigo a la fiesta. Una estrella como tú no necesita invitación. Anda, anímate.

—Exestrella —dijo Sébastien. Tenía la mirada perdida más allá de la ventana del restaurante.

—Vamos, hombre… Será como cuando hacíamos pareja en los ochenta. Joder, éramos los mejores…

El comentario de Buzz hizo sonreír a Sébastien, que no apartó la vista del ocaso cubierto de nubes tras los edificios de la ciudad.

—Pero si no ganamos ni un título, ni un triste challenger.

—Bah, venga, pero éramos los mejores. Tú vente, joder. Esa gente parece muy estirada, pero monta unas fiestas increíbles. Y ya verás qué pibones…

Sébastien tomó un trago y sofocó una carcajada. Su amigo hacía que se sintiese como un adolescente de nuevo, y el alcohol le ayudaba a encontrar esa risa tonta que necesitaba para seguirle el juego. Pero para acallar del todo a su yo serio y responsable tendría que acabarse por lo menos media botella.

—Venga, di que sí, Connors, vente a la fiesta… ¿No pensarás quedarte en el hotel solo y muerto de asco, verdad? —le insistió Buzz.

Notó un cosquilleo travieso en los genitales y en el pecho. Sébastien no experimentaba algo así desde aquella época en que esperaba que sus padres saliesen de casa para ver una película porno, o desde las primeras citas con su actual esposa. Las primeras citas fueron las mejores. Después de eso, no volvió a sentir nada parecido, ni siquiera cuando ganó su primer gran torneo.

—¿Y qué le digo a mi mujer?

Buzz cogió la servilleta como si fuera a limpiarse, pero en lugar de eso se irguió contra el respaldo de la silla y extendió los brazos teatralmente.

—Pues la verdad, hombre. La verdad…

Claro, por supuesto, la verdad, pensó Sébastien, y miró de nuevo hacia el cristal. El cielo se había cubierto de nubarrones y las previsiones meteorológicas no eran buenas. Lo más probable era que su vuelo se retrasase o que no zarpase hasta el día siguiente. Pero la pregunta escondía otras muchas inquietudes: ¿Qué le digo a mi mujer cuando me pregunte qué he estado haciendo después de la gala benéfica? ¿Me lo notará cuando me atreva a mirarla a los ojos? ¿Sabrá que le estoy mintiendo? ¿Y cómo se lo explico luego a mi hijo? «Verás, yo quiero mucho a tu madre, pero necesitaba hacérmelo con una modelo cachonda y veinte años más joven que yo, y también con la hija frívola y operada de un ricachón. Ah, y también me apetecía probar los servicios de una de esas prostitutas de lujo de las que tan bien hablan algunos. Ya sabes, es por la crisis de los cuarenta. Desde que dejé el circuito de tenis no he vuelto a ser el mismo, ya nada me motiva como antes…».

—Si quieres te llevo al aeropuerto en quince minutos, pero ir ahora es una pérdida de tiempo, y te vas a quedar allí tirado o te va a tocar llamar a un taxi para venirte de nuevo al hotel. Así que no seas muermo, hombre. Llama a casa, avísales, y ya está.

Sí, y ya está.

Sébastien se acabó la copa de un trago.

—De acuerdo. Voy un momento a la habitación a ponerme otra ropa y quedamos aquí a las siete, antes de que nos pille la tormenta.

—¡Genial, Connors! —Buzz se levantó efusivamente y le dio unas palmaditas en el hombro.

A Sébastien se le escapó un graznido, la risa tonta que intentó disimular sin éxito con la servilleta.

Poco después, en el ascensor, aquella emoción tanto tiempo olvidada le acometió de nuevo. Era una corriente que le erizaba el vello de los testículos y luego le recorría difusamente por dentro hasta quedársele instalada en el pecho, como cosquillas en el corazón. Resultaba tan excitante que quiso recrearse en esas sensaciones tan intensas. Hasta se le pasó por la cabeza detener el ascensor, quitarse la ropa y quedarse desnudo ahí dentro un buen rato.

En realidad, no se trataba de algo meramente sexual. También era por la transgresión. No pretendía masturbarse frente al espejo del ascensor. Del mismo modo, si iba a esa fiesta no era porque tuviese la intención de serle infiel a su mujer (o eso pretendía hacerse creer). Más bien era por el cosquilleo, por el reencuentro con su viejo amigo Buzz y la nostalgia por las juergas truncadas.

Sébastien se había casado muy joven y también había empezado a ganar torneos muy pronto. A partir de entonces, llevó una vida metódica y ejemplar tanto dentro como fuera de las pistas. Pero desde su retirada profesional se sentía extrañamente vacío, con la sensación de haber cumplido sus objetivos, pero también de haberse perdido algo por el camino. Ahora se notaba apático la mayor parte del tiempo, incluso con su mujer, con la que había sobrevivido a más de veinte agridulces años de matrimonio. Y si seguía asistiendo a galas benéficas era por la misma inercia metódica y responsable que había conducido su vida adulta, no porque creyese en ellas ni porque le apeteciesen realmente. Tampoco le motivaba participar en el circuito de veteranos, que para él era el equivalente al dominó de los jubilados del tenis. A lo sumo, jugaba algún partido de exhibición, que por lo general solían pagar muy bien, pero cada vez se encontraba en peor forma.

Cada vez se sentía más viejo.

Quería recuperar algo, no sabía muy bien el qué, pero tenía que ver con lo que representaba la figura un tanto crápula de su amigo Buzz, cuyo apellido griego nunca lograba pronunciar correctamente; se trataba de algo que olvidó hacer en el pasado, quizá algo frívolo, irresponsable incluso, pero también demasiado excitante, demasiado intenso como para ignorarlo.

Oh, sí, el cosquilleo, tan tentador, tan persistente.        No podía perderse esa fiesta.

De ningún modo.