Bella Vista

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Anoche soñé que volvía a Bella Vista, aunque Bella Vista no es un lugar al que uno pueda volver, al menos no físicamente.

Bella Vista es ese nombre inventado para mi ciudad, para mi pueblo, el lugar donde sigo viviendo. Algunos autores utilizan seudónimos; yo, sin embargo, no utilizo un nombre ficticio para mí, sino para mi pueblo, de manera que logre distanciarme de él, de la crudeza de las emociones que me transmite, y así dulcificarlo y manipularlo sin cargo de conciencia.

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Discusión Conyugular

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Ganador en el certamen de microrrelatos del Taller de Cuentos

“No me puedo creer que me hayas mentido”, dijo María, los brazos en jarras; su larga melena negra, más salvaje que nunca.

José, frente al espejo, sentado al borde de la cama. En cualquier momento se deslizaría y daría con las rodillas en el suelo.

“Pero, amor”, dijo, sus ojos grises, suplicantes, “lo que había en el vaso no era sangre, sino tomate”.

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Consejo 19 Parquedad y barroquismo

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Parquedad y barroquismo

¿Qué estás escribiendo?, ¿una novela, o un relato? Y si se trata de un relato, ¿largo, o corto? La extensión es uno de los factores que determinarán qué estilo emplees al narrar tu historia. En los relatos, por norma general, hay que ir más al grano, no ser tan profuso en detalles, y hay que dejarlo todo con unas pinceladitas de perfecto acabado para que la historia se entienda y transmita lo que se pretendía, mientras que en una novela hay más espacio para desarrollarlo todo, y complicar la trama y todo eso.

Pero cuando disponemos de cierta libertad para elegir un estilo más desarrollado, con más detalles, ¿optamos por ese, o por algo más escueto y directo? En realidad, la pregunta la ha de responder el escritor, en función del tipo de historia, lo que desee transmitir y cómo desee hacerlo. De lo que se trata en este consejo es de recordarle al escritor que puede elegir, y que según sea su decisión el texto adoptará unas características u otras.

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La calle

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Incluido en la antología “El libro y su autor”

Hoy he vuelto a la calle donde nos conocimos. Esa calle de apariencia interminable en la que los coches tardan horas en aparecer y desaparecer. Pero yo, que la he recorrido miles de veces, sé que no es interminable, ni mucho menos; sé dónde acaba y dónde empieza, adónde me lleva y de dónde me trae cuando voy sobre ruedas.

Tantas veces la he recorrido sobre ruedas, casi siempre en autobús; y allí, en la parada, fue donde te vi la primera y las demás veces, junto al locutorio y el bar, cuyas fachadas deslustradas funden sus respectivas suciedades hasta formar una sola mancha. Un poco más hacia la izquierda, viniendo calle arriba desde mi casa, está la lamparería, de blanco protuberante en su esquina, bien perfilada… y cómoda. Te solías sentar en sus escalones, bajo el toldo. Eres tan menuda y delgada que pasas desapercibida, aunque no es por tu estatura, sino porque aprovechas cualquier sombra o destello de luz en los cristales para confundirte con el entorno, y para colmo permaneces inmóvil mientras todo lo demás pasa a tu lado. Esa eres tú, chica de colores mate, silenciosa, sigilosa, aunque de mirada profunda. Me muestras tu signo zodiacal, lo veo reflejado en tus ojos cuando busco excusas para mirar en tu dirección: por ejemplo, vigilar esa papelera con la bolsa blanca replegada y el prospecto de las pizzas sobresaliendo de ella, erecto como la cucharilla clavada de un barquillo; me apetece tanto un barquillo, me apeteces tanto tú…

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Consejo 18 Y de repente acción

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Y de repente… ¡acción!

A veces, en un texto en el que he estado describiendo algo, en el que la acción transcurre despacio o en el que hay diálogos con acotaciones y muchos paréntesis descriptivos, me ocurre que deseo introducir un elemento de acción, de movimiento inesperado, un cambio en el tempo narrativo, y en ese momento me pregunto si lo estaré haciendo bien, o si por el contrario he seguido con la dinámica de los párrafos anteriores, lentos, pausados, muy descriptivos.
Entonces se me ocurre echar un vistazo a un texto de un buen contador de historias. Independientemente de que te guste o no, Stephen King es efectivo; así, por ejemplo, en este fragmento de Insomnia:

“¿Qué puede saber un desgraciado como yo?”, repitió Ralph mentalmente, y la respuesta se le ocurrió al instante, cruzó su mente como el premio gordo aparece en las ventanillas de las máquinas tragaperras. Se obligó a inclinarse hacia el aura verde que revoloteaba en torno al hombre, hacia la terrible y hedionda nube que brotaba de sus alteradas entrañas. Al mismo tiempo, extrajo el pequeño aerosol de su bolsillo, lo sostuvo contra el muslo y colocó el dedo índice sobre el botón del vaporizador.
-Sé quién es el Rey Carmesí -murmuró.

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