Fragmento

Georgya pueblo

 

A MENUDO, SUEÑO QUE SOY LIVIANA COMO UNA PLUMA. Que el viento me impulsa hacia donde deseo ir. Voy saltando de terraza en terraza, paso de un tejado a otro por las calles de mi pueblo sin que nadie me escuche ni me señale con el dedo. Sin que nadie me llame puta.

            El aire llena mis pulmones de refrescante libertad, pero no lo respiro, voy con él. En un modo que no soy capaz de describir, soy parte del aire.

            A veces soy como la brisa fría que se cuela por la ventana, levanta las cortinas, hace titilar la llama del fuego y desordena los papeles. Otras veces aguardo tras las puertas, me arrastro entre las patas de las sillas o incluso me escondo en los armarios. Cuando nadie mira, cruzo salones con el ulular de una persiana mal cerrada y salto por la ventana del otro extremo, hacia otra casa, otra parte del pueblo, y de ahí me lanzo a los rincones más inaccesibles de la arboleda, recorro los bancales asilvestrados a ras del suelo hasta donde mis anhelos me lleven, lejos, siempre espero que lejos de este pueblo.

            Pero indefectiblemente acabo dando un rodeo por los bancales, atravieso madrigueras que conozco de sueños anteriores, subo pendientes enmarañadas y repto silenciosa por otro muro empedrado, hacia otra terraza, más ventanas mal cerradas por las que colarme en un juego del escondite en el que simplemente espero que no se den la vuelta, que no me descubran, para seguir mi etéreo vagabundeo sin fin, sin escapatoria posible de este lugar triste y… muerto.

            A menudo tengo sueños así, pero ahora es diferente.

            Ahora parece real.

            La sábana tendida ondea entre ráfagas heladas. Flotando sobre ella, me divierto esquivándola hasta que aterrizo y dejo que su humedad me acaricie. La noche ha dado el primer aviso de nieve y la mujer que sube por las escaleras ha debido de olvidar recogerla. Estoy esperando a esa mujer, no sé bien por qué. Bueno… no tengo un motivo racional para invadir el tejado de su casa, pero algo en mi interior, una especie de ansiedad y excitación brumosas, me pide, me EXIGE estar aquí.

            Con una nueva ráfaga la sábana se agita y roza mi piel. De pronto es como si el contacto de su suave y húmeda textura insensibilizase mis dedos, como si el frío se propagase por mi cuerpo hasta helarme los huesos y encharcar luego mi garganta con hielo derretido. Me aparto de las cuerdas de tender igual que si me hubiese dado un calambre y me deslizo a un lado justo cuando la mujer aparece por un extremo de la terraza con cara de sueño, apretándose con dificultad el cinto de la bata con una mano mientras sujeta a duras penas un voluminoso balde con la otra. Hasta que consigo contenerlos, mis jadeos producen pequeñas nubes de vaho violáceo.

            Todavía está amaneciendo y hay poca claridad, y aun así puedo verle en detalle la cara, los ojos llorosos y resfriados, las arrugas, los pelos de la nariz. Estoy con la espalda contra un saliente, bajo el tejadillo y una antena, tan retorcida y estrambótica como inservible. La columna no sobresale demasiado, pero tampoco lo necesito, la mujer no se da cuenta de mi presencia. En otras circunstancias, si hiciera menos frío, si no estuviera tan oscuro, si no acabase de despertarse, tal vez sí se percataría, pero no ahora. Voy tan pegada al empedrado que se diría que me he fundido con él. Una parte de mí incluso duda que ella pueda verme realmente. Al fin y al cabo, yo podría ser un fantasma, una proyección astral. O podría estar soñando.

            Sin embargo, esta ansia es absolutamente real. Así que me deslizo así, adherida a los muros como una sombra sin hacer ruido ni al respirar. Puede que ya ni respire, a lo mejor sí que es un sueño, y por eso me estoy olvidando de mis necesidades más básicas.

            Salvo de una.

            Pepita deja el balde ruidosamente en el suelo y resuena por los tejados de alrededor como si fuera el único signo de vida en un pueblo deshabitado. Pepita la de las cabras. Aquí es fácil que un mote o apelativo te persiga toda la vida. Su marido antes poseía un rebaño de cabras, y con eso se quedó ella. Yo soy una puta, doña Pepita es Pepita la de las cabras. Y su marido un viejo ludópata.

            Todo el pueblo sabe eso, pero yo puedo sentirlo como en una extraña proyección cinematográfica que estimula todos mis sentidos, incluso el del equilibrio. Es tan vívido y excitante que sobrecoge.

            A Pepita se le cae una pinza y le duele la espalda al recuperarla. Maldice y aguanta con esfuerzo su incontinencia urinaria. El balde pesa demasiado, más dolor de espalda y de cervicales. El aire frío le muerde las piernas desnudas y varicosas. La cabeza le palpita. Todavía le fastidia el comentario despectivo que le hizo ayer la vecina. Y sobre todo le reprocha a su marido que siga durmiendo a pierna suelta mientras ella tiene que recoger la sábana y el resto de la colada.

            La pinza cae y es entonces cuando se me dilatan las pupilas. Normalmente una persona no se da cuenta de esos cambios en sus propios ojos, pero a mí es como si se me expandiese la visión, como si el final de un túnel brillante ante mí se ensanchase y se aproximase a velocidad vertiginosa. En él visualizo, oigo, huelo una anticuada y estridente tragaperras. Está a la entrada del único bar del pueblo que siempre apesta a tabaco (aunque esté prohibido fumar ahí dentro), a fritanga (también hacen comidas) y a una mezcla de café de máquina y vinagre. Y aunque nunca me he fijado lo suficiente en esa máquina, puedo identificar cada una de las figuras dibujadas en los botones, el diseño de isla caribeña del marco de la caja, la secuencia de seductoras luces de colores que parpadean en la pantalla, los símbolos con cofres del tesoro, monedas de oro, diamantes y espadas rodeadas de escudos relucientes. Y dígitos que indican los bonus, premios y tiradas gratuitas. Distingo hasta las muescas y manchas en la carcasa, el corazón y la flecha tallados en un costado como si de la corteza de un árbol se tratase.

            En la primera línea de pago, dos cofres y un símbolo wild, un premio de cincuenta veces lo que apuestes; una mano nervuda, temblorosa y con manchas echa una moneda, y otra, y otra, luego otra más; las luces parpadean y recorren la máquina, una mano al bolsillo y otra moneda, musiquita machacona, festival de luces y ¡dos tiradas gratis!, y otra moneda, otra más, luego en pantalla dos cofres y un mapa… ¡Nada! Un puñetazo en la carcasa, un trago de coñac, tos, tabaco que envuelve la escena dibujando una calavera burlona, tos, tos, ¿me das cambio?, otro trago y la certeza, la esperanza, la ilusión, la necesidad de que con la próxima moneda se recuperará lo perdido, o se ganará un nuevo premio, o el GRAN PREMIO, e incluso al conseguirlo existirá un motivo, un ansia, la NECESIDAD de echar otra moneda, y luego otra, y otra y otra mientras alguien dice-grita-llora que por culpa de su maldito vicio el carnicero le ha tenido que fiar la carne, que no puede soportar más la vergüenza, que eres un vicioso, un enfermo, que por qué me casé contigo.

            ¡¡¡QUE NO PUEDO VIVIR ASÍ!!!

            Me contoneo restregándome contra el muro, recorrida por un hormigueo que afloja mis rodillas. El tabaco me asfixia, el aliento alcoholizado, el café que rezuma en ese bar que percibo como si estuviera allí y no en esta terraza. Pero sobre todo me embriago con una esencia invisible e inodora que sin embargo ese pobre viejo transpira igual que el sudor. La inhalo con avidez y voy resbalando hacia el suelo mientras una parte de mí intenta reprimirse y apretar la mandíbula, y otra parte desea gemir y gritar, como cuando estás a punto de alcanzar el orgasmo y no deseas que te oigan en la otra habitación.

            La máquina aparece entonces en mi mente con absoluta nitidez. Su baile de luces se ha convertido en un parpadeo rojo explosivo que late en mis sienes como un corazón acelerado al borde del colapso. Al grito de la mujer (¡EL CARNICERO ME HA TENIDO QUE FIAR!) saltan astillas de la carcasa, llueven fragmentos de plástico, se hunden y se parten los botones, las líneas de pago estallan en chispas eléctricas y el fuego arde alrededor de la tragaperras como un halo infernal que acaba por consumir también la carne y los gritos de la gente del bar.

            En ese momento me estremezco en el helado suelo de la terraza, la boca abierta exhalando vaho sin control, y me doy cuenta de que Pepita jamás acudirá al bar con un bate de béisbol, que no será capaz de cortar el cable con unas tijeras ni de prender fuego el local del tipo que mantiene la tragaperras a sabiendas de que está arruinando a su marido, que lo matará mucho antes que el cáncer de pulmón o de hígado, y que incluso acabará con ella de un infarto cualquier día de estos.

            Pepita está enferma de pura rabia, pero no se atreverá a destrozar la máquina con sus propias manos, y por eso yo me derrumbo con el pecho agitado, ansiosa, insatisfecha.

            Necesitada.

            Con un gran esfuerzo y todo lo rápido que puedo, me levanto y me arrojo por el murete hasta el tejado vecino, antes de que la mujer se dé cuenta de que lo que se retuerce en el rincón bajo la antena no es ningún gato.

            Caigo a cámara lenta sobre los charcos y el cemento agrietado. Mientras lo hago, disfruto de ese aleteo de mariposas en mi estómago y de la agradable resistencia del aire fresco y fragante. Pero eso no me basta, no calma mi desquiciante necesidad. No es como cuando te rascas hasta hacerte daño y luego sigue picando. Tampoco tiene nada que ver con la adicción a una sustancia. La NECESIDAD que experimento corroe mis nervios, me devora por dentro. Incluso el famélico y el deshidratado tienen la opción última, por terrible que sea, de no luchar, de dejarse arrastrar hasta la muerte, porque esperan que en algún momento el dolor desaparezca y llegue la paz. Pero yo no tengo esa opción, temo que esta ansia crecerá, que el sufrimiento irá a más y alcanzará grados tan insoportables que la locura se apoderará de mi ser, y que incluso llegado ese punto no cesará esta comezón que me convertirá en poco más que una masa de carne que agoniza, consciente en todo momento de un dolor al que ya ni la muerte pondrá fin.

            Y la necesidad apremia cuando sabes que estás a punto de satisfacerla.

            Mis botas apenas salpican con los charcos, a pesar de que voy a la carrera. Es muy extraño, o debería resultármelo. Me muevo rápida y sigilosa por las solitarias y sinuosas calles. Soy como un espectro que patina sobre el aire intentando imitar a una persona viva, si bien sí que noto la dureza del suelo contra mis piernas, a diferencia de lo que sucede en otros sueños. Tampoco me proyecto hasta los bancales ni aparezco allí como por arte de magia, sino que llego en una secuencia que se me antoja lenta y neblinosa, aunque es grande la distancia recorrida, para tratarse de mi pueblo.

            Al llegar al muro medio derruido que cubre la parte este del pueblo, la veo dar tumbos por el caminillo de sabinas que también conduce al parque y a la ribera de un afluente del Duero. Me quedo quieta junto a la estructura de piedra del pozo salado y me doy cuenta de que podría descubrirme a la incierta luz del alba. Así que espero, agachada, convertida en una sombra más de las ruinas.

            Jennifer Star, glamuroso disfraz para una pueblerina señalada y criticada como yo desde bien joven. Genoveva Estrella, nombre por el que no se la volverá a conocer jamás, porque Jenny la Estrella ya es insultante de sobra. Además de decorarse el nombre, en su único año de esplendor, cuando triunfó en aquel concurso de supermodelos que le venía tan grande, solía acompañar su disfraz con un tinte azabache, de serie con su corte de pelo fashion, su caro vestido escotado y sus cuidadosamente escogidas capas de maquillaje.

            Ahora, Jennifer se acerca con un raído pullover y un aspecto dramáticamente avejentado, a pesar de que solo es dos años mayor que yo. Creo que se siente observada, porque de pronto mira en todas direcciones sin detenerse, como si estuviese acostumbrada a que le acechen los fantasmas.

            El aire silba cada vez más helado. Se acerca una nevada, una de las gordas. Da la impresión de que algún tipo de dios oscuro y frío de las montañas está echando su aliento sobre el pueblo, advirtiéndonos de lo que está a punto de desatar.

            Ese aire desapacible sacude el pelo rubio y ralo de la joven. Está más cerca de quedarse calva que de volver a escoger un peinado del catálogo, pero Jennifer, descalza, se yergue cuanto puede en una patética versión de sus andares de modelo y se sigue aproximando con un reflejo de la vanidad perdida, pese a los temblores, pese al temor por lo que está a punto de suceder.

            Sus reflejos son muy lentos, o yo muy rápida, no lo sé, pero me he deslizado a su espalda mientras ella camina cada vez más despacio, y se encoge, se frota los brazos, se detiene. Las ramas de los árboles y el aire producen un desapacible murmullo, tal vez le estén susurrando dónde me encuentro en un idioma que solo entienden los pájaros. Gira la cabeza lentamente y mira de reojo a su costado, temiendo encontrarse algo que no sea una alucinación. Luego se da media vuelta.

            Pero ya no estoy a su espalda.

            Cuando mira al frente de nuevo, se queda sin aliento y palidece. Ella me conoce, todos en el pueblo nos conocemos, aunque creo que no me ve a mí en realidad, sino a una figura que representa algo temido y deseado a la vez.

            Me dedica una lastimera mueca de dientes podridos que hincha aún más su rostro lleno de llagas. Su voz, quizá un saludo, quizá una súplica, se pierde en un inaudible susurro. No hace falta que me salude ni que sea cortés. El aire silba entre nosotras por toda comunicación. Tampoco es necesario que me diga qué hace aquí a estas horas ni de dónde viene, porque lo sé, porque percibo en mi propia piel su degradación como una fiebre contagiosa que me sube hasta la cara e inyecta mis ojos en sangre. Sé intuitivamente que su adicción a las metanfetaminas es tan lamentable que ni siquiera le permite disfrutar en público de ellas, sé que prefiere regresar a casa de madrugada para que nadie compruebe hasta qué grado es cierto lo que se habla de ella. También sé con qué compañías viene a la arboleda de noche y me imagino qué debe dar a cambio de dinero o de pastillas.

            Sí, la entiendo, vaya si la entiendo. Aunque no he acudido a su llamada para mostrarme compasiva ni para hacerme su amiga. No le daré un abrazo ni un folleto con centros de desintoxicación. No estoy aquí para nada de eso, porque su NECESIDAD es otra.

            Me mira a los ojos. Mis pupilas se dilatan. Es ahí donde se condensa todo el frío que debería experimentar mientras el resto de mi cuerpo arde y suda sustancias, tóxicos que no me pertenecen y que empapan mi ropa. La emoción abrasa.

            Toma mi mano en alto, como a punto de dar el primer paso de un baile que le enseñaron de pequeña y que ahora quiere mostrarme. Pero no hay alegría en ella, tan solo las arrugas del llanto en un rostro destrozado por las drogas. Quiero ser artista, mamá, y noto en sus músculos que desea empezar un paso que apenas recuerda.

            Hinca sus rodillas en la nieve. No he visto caer los primeros copos, pero el suelo ya está cubierto de un manto blancuzco mezclado con la tierra. Yo me derrumbo con ella, sujeta a sus manos. No puedo hacer otra cosa que dejarme llevar, seguir sus lastimeros movimientos, flácida, cadenciosa y jadeante conforme el placer malea mi posición, si bien mis manos permanecen firmes y apretadas como un cepo a las de Jennifer. Con mis ojos fijos en los suyos, contemplo el otro lado de un túnel cada vez más nítido. Quiero ser artista, mamá. Risitas, miradas de ternura a veces, de burla cruel otras, frustración, puedes hacer lo que te dé la gana, dijo papá, y regalos para comprar la sonrisa de hoy y amortizarlo con el desprecio de mañana. Y al hacerse mujer, alguien (un novio, su padre, unos tíos, ella misma frente al espejo) le sugirió que con ese cuerpo (bonito, perfecto, delgado, sexy, deseable) podía ser modelo. No necesitaba cantar ni bailar bien. Salir en las revistas, comprarse vestidos caros, destacar en un pueblo anodino, ser algo más que Genoveva la hija del zapatero; hoy día ya nadie arregla sus zapatos, pero sí ven a las chicas guapas por televisión y comparten sus fotos en las redes sociales. Después, en algún momento perdido en las brumas del recuerdo, llegó la primera pastilla. Apareció en su mano como una solución milagrosa a ritmo de música machacona. Se la tragó como quien toma una medicina para mitigar el cansancio, para compensar toda esa energía robada por miles de miradas depositadas en ella, miles de expectativas, de juicios y de deseos en torno a su cuerpo, miles de horas intentando estar perfecta en todo momento.

            Mi espalda se arquea, se me escapa un gemido y me encuentro con la cabeza apuntando al cielo, donde no veo absolutamente nada, no hay cielo ahí, ni nubes, ni luces del amanecer. El estremecimiento es tan intenso, nubla de tal manera el resto de sensaciones, que podría quedarme aquí revuelta en la nieve sin importarme el frío o que haya una chica ahí delante contemplando cómo retozo en mi propio éxtasis.

            Su madre está muerta, como la mía. Murió en algún punto de esta historia. Quiero ser artista, mamá, artista, artista, ¡artista!, dijo una voz, ya de mujer, frente a la lápida y las flores. Desconozco si todo esto fue antes o después de las pastillas. Solo sé que vinieron más y más drogas. A pesar de que con mis ojos ya no veo nada, las imágenes desfilan a un ritmo de vértigo en mi mente. Jennifer en fiestas elegantes, copas de champán, collares relucientes, lámparas recargadas, vestidos de alta costura pavoneándose en estancias diáfanas de decoración sofisticada. Jennifer rodeada de rostros sonrientes que en ningún caso son sus amigos. Jennifer en cuartos mal iluminados sofocando las náuseas por la mezcla de sustancias, por el fuerte olor a perfume, alcohol y fluidos corporales; le tiran del pelo, la golpean, la bañan en líquidos repulsivos y la obligan a practicar todo tipo de aberraciones sexuales, aunque ella sonríe como si le gustase, como si debiese disfrutar por contrato con las heridas y humillaciones. Jennifer en la sesión de fotos, en la pasarela, el alcalde le dedica un homenaje, la llaman para el pregón en las ciudades vecinas, invitada de lujo en la discoteca… Jennifer en la parte de atrás de una limusina sin entender por qué está desnuda. Jennifer en la soledad de su habitación, maquillaje desdibujado, mareada, confusa. Y después, una pastilla, otra, otra y otra más, tantas que sería imposible contarlas. El dinero no es problema, la NECESIDAD sí lo es, la necesidad se ha hecho tan apremiante, tan insoportable que cada vez es más complicado disimularla con maquillaje, sesiones de gimnasio y sombra de ojos. Quería ser artista, ser algo más que una pueblerina de un lugar remoto de España, quería viajar y conocer gente interesante, demostrarse a sí misma que podía llegar a lo más alto del ilusorio sueño de la sociedad. Imagino, perdida en el torbellino de impresiones, recuerdos y frustraciones de Jennifer, que el fallecimiento de su madre tuvo mucho que ver con su adicción, que perdió el control de su existencia, que eso no era lo que ella había soñado y que no había nadie ahí para tomarla de la mano y traerla de vuelta por un sendero que no encontraba. Pero eso no importa ya. No puedo detenerme en esas cuestiones, no estoy aquí para consolarla, Jennifer desprecia las estúpidas terapias de los psicólogos y las idioteces de los psiquiatras, y que me perdonen…, que me perdonen todos estos profesionales porque yo estoy a punto de darle a esta chica lo que de verdad quiere, desea, NECESITA, la única terapia que anhela desesperadamente.

            Durante un instante, tengo la impresión de que nuestros corazones no laten. No noto el pulso desbocado de antes en sus manos aferradas a las mías, pulso y ritmo que compartíamos como si fuésemos una sola persona. La veo… Escucho sus tacones en la plaza del pueblo. Es lo único que puede oírse en este momento, aunque hay mucha gente, muchas miradas fijas en ella. Llego a hacer mía esa envidia, esa admiración colectiva. Debe de ser sensacional que puedan presumir de ti, que puedan exhibirte y decir “Mira lo que tenemos en mi pueblo, a toda una supermodelo, una estrella”. Sí, Jenny la Estrella… Porque al mismo tiempo el desprecio es como un síntoma más de esa enfermedad que necesita paliar con pastillas, muchas pastillas. Cuando Jennifer atraviesa la calzada de la plaza y se encuentra con el único gran escaparate del pueblo, en su reflejo hay algo distinto a lo que esperaba. No lleva su vestido escotado y negro que parece brillar como con purpurina cuando los focos de las cámaras inciden sobre ella. No queda nada de su increíble peinado de color azabache. Las capas de maquillaje, pura obra de arte en el lienzo de su rostro, se han volatilizado. Y lo que resonaba en la plaza no eran sus tacones, sino los huesos de su esquelética anatomía. Sin embargo, sí lleva algo negro a modo de vestido, una fea y harapienta mortaja cuyos flecos revolotean alrededor como pájaros de mal agüero. En ese momento, su deseo se hace tan evidente para mí, tan tangible como esa prenda negra y mortuoria que cubre su palidez enfermiza. Ese deseo la acompaña como un lamento acompasado en su caminar, velado por cada uno de sus gestos y movimientos, como un sonido en una frecuencia inaudible para los humanos. Al percibirlo, al tenerlo ante mí en toda su oscura magnitud, el poco control que tengo sobre mi cuerpo se desvanece, lo siento irse como humo disuelto por una corriente, y solo noto ya las oleadas de ese aire que embriagan mi mente, que mecen mi ser lentamente hacia un éxtasis que hará reventar mi consciencia en una lluvia de estrellas cegadoras.

            Son sus manos ahora las que aprietan las mías y zarandean eso que debe de ser mi cuerpo. No, ella no va a consentir que me aleje, que la abandone cuando por fin ha encontrado la forma, las fuerzas para satisfacer su más genuino deseo, su verdadera NECESIDAD que había estado mitigando con drogas que no hacían más que adulterar lo evidente, los signos que su cuerpo lleva manifestando desde antes de que pudiera darse cuenta.

            Como si me arrancaran de una suerte de inconsciencia, mi cabeza se balancea hacia delante y se encuentra de lleno con Jennifer. Regresa la sensación de frío en los ojos, el túnel se ensancha y me acerca a la miseria en toda su plenitud del rostro de la que durante un breve periodo de su joven vida fue una supermodelo. No llega ni a los veinte, pero su rostro es el de una anciana de boca estirada, torcida en una mueca de lástima profunda que despertaría el instinto de solidaridad de todo un país si ahora mismo estuviese saliendo en pantalla; le ofrecerían terapia, tratamiento nutricional, cura de desintoxicación, apoyo moral, dinero si fuera necesario. Pero no, si ella ha llegado aquí no es para meter su vida en otro reality show ni para buscar la compasión colectiva, sino para hacer lo que no se atreve a hacer, porque en el fondo nunca ha tenido personalidad, ni seguridad en sí misma, ni nada de eso que reflejaban las capas y capas de superficialidad que envolvían el cuerpo y el rostro de Jennifer Star.

            Genoveva abre bien sus ojos enrojecidos. Ha visto reflejado en los míos lo que va a suceder. Su expresión de terror me vuelve más tangible, noto el cosquilleo que recorre mis músculos como si hasta ahora les hubiese faltado el riego sanguíneo, y quiero soltarme, no quiero participar en esto, no quiero seguir drogándome con su NECESIDAD. Me levanto, me impulso, quiero flotar, quiero alejarme de aquí en un suspiro llevado por el aire helado y…

            No. Sus manos son el cepo. Su contacto abrasa mis dedos y la nieve se derrite a nuestro alrededor. Me doy cuenta de que no me he movido en absoluto, de que no puedo liberarme ni dejar de mirarla. Me inclino hacia atrás como sumergiéndome en el túnel para que su rostro empequeñezca y se aleje, pero al momento estoy ahí de nuevo, rodeada de su cara, de su deseo de muerte.

            Las llagas comienzan a abrirse, a formar nuevos surcos en su rostro y a supurar sangre. Su piel ha adquirido un tono rojizo que al principio confundo con acné, pero luego me doy terrible cuenta de que se está quemando, quedándose en carne viva. Una ráfaga nos golpea, se lleva con ella varios mechones rubios, pero nuestras manos entrelazadas siguen echando humo. Noto el dolor vagamente, y no es eso lo que me preocupa. Tiro sin éxito, intento moverme en alguna dirección y mis rodillas se han clavado en la misma tierra. Jamás me he sentido tan pesada y tan impotente. ¿Esto es un sueño? ¿Esto es una de mis experiencias de etérea libertad? ¡Entonces por qué no puedo moverme! ¡Por qué no puedo alejarme de aquí!

            Porque estoy famélica y ella es carne. Porque estoy sedienta y ella es sangre.

            Mis párpados no se cierran, no puedo mirar hacia otra parte, no puedo proyectar en mi mente otras imágenes menos horrendas que la descomposición de Jennifer. Uno de sus ojos cuelga del espacio renegrido de la cuenca. Los labios se han caído a trozos y ahora los dientes podridos van goteando hasta el suelo. De su boca abierta en una última súplica debería estar saliendo alguna palabra, siquiera algún gorgoteo, pero en lugar de eso, vapor amarillento. Ya no queda nada de su escasa melena rubia, algunos mechones de color pajizo flotan en el aire, se dispersan como hojas de aguja en otoño, y veo cómo cae lentamente un trozo de cuero cabelludo en llamas.

            Con la esperanza de poder librarme ahora de su presa, tironeo y suplico sin voz. Noto que algo en sus brazos se resquebraja, que la presión es menor, que algo se reblandece y se licua, aunque me sigue quemando la piel, mis manos siguen adheridas a las de ella como si una superficie de metal al rojo vivo hubiese derretido mis palmas.

            Las lágrimas corren por mi rostro, me arden y me hielan al mismo tiempo. Jennifer me mira por última vez con el único ojo que le queda, y este revienta en una sustancia gelatinosa que cubre mi campo de visión con lamparones parduscos. El rostro de la supermodelo es una calavera en llamas recubierta de tejidos y órganos derretidos y adheridos a ella. De su boca escapan gases que imagino tóxicos, una nube de sustancias ingeridas a lo largo de los dos últimos años que por fin se liberan de su cuerpo cuando no tienen ya nada que hacer ahí. La mandíbula inferior de la chica se descuelga lánguidamente de una cabeza que ya no tiene forma de expresar nada con gestos ni movimientos de ninguna clase. Y aun así he creído escuchar algo, quiero pensar que un agradecimiento, pero puede que solo me esté compadeciendo.

            Lo que queda del cuerpo de Jennifer cae humeante y termina de derretir la nieve. Descubro que puedo mover y despegar los dedos, y esas garras sangrantes que hasta ahora me retenían caen al suelo con un ruido sordo, carbonizadas. A la luz del amanecer todo este desastre podría pasar por una accidentada barbacoa. Y en lugar de flotar, como sería mi deseo, me arrastro unos metros, me encojo y me convulsiono por las ganas de vomitar.

            Estoy un buen rato así, intentando expulsar todo ese malestar aunque sea en forma de grumos apestosos, y cuando me doy cuenta de que no puedo hacerlo, pese a que las náuseas siguen instaladas en mis entrañas, me doy la vuelta con aprensión para estudiar qué hacer con esos trozos de carne chamuscada.

            Para mi sorpresa, lo que me encuentro es otra cosa bien distinta que hace que mi sentido de la realidad se tambalee.

            Me aproximo sin mover las piernas (como en un sueño) y contemplo desde arriba el rostro de apariencia plácida de Jennifer. Va desnuda. Su piel no ha ardido y se me antoja tan pálida y fría como la nieve. Su pelo sigue ahí, sus llagas, los síntomas de su drogadicción. Los copos la van cubriendo dulcemente mientras descansa con la mirada perdida en algún punto de la arboleda, o del infinito.

            Comienzo a dar vueltas sobre ella y me digo que alguien la encontrará en el camino y llamará a la ambulancia, que ha sido muerte natural, que no había nadie ahí para ayudarla, que yo no he tenido nada que ver, que eso es lo que (NECESITABA) deseaba la chica… Me digo estas y muchas cosas más en un intento de calmar una confusa sensación de culpa, mientras tiran de mi ropa, tal vez de mi piel, hacia atrás, como si un túnel que no puedo ver pero sí sentir a mi espalda me absorbiese suavemente y me alejase de la escena.

            Y justo antes de que todo desaparezca y se torne oscuro para mí, una sonrisa de satisfacción cruza mis labios sin que pueda reprimirla.

            Sin que desee reprimirla.

 

Copyright  Javier Vivancos García. Alicante, 2013

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