Fragmento Tenue

Al principio, se inclina en la orilla del río como si fuera a beber. Algo reflejado en el agua produce destellos púrpura sobre su pelaje y hace que parezca un personaje de cuento de hadas.

Permanece así largo rato, la mirada vidriosa, no muy diferente a la de un animal disecado. El viento áspero remueve el tallaje que cerca como alambre de espino la ribera, garras extrañamente secas que intentan atrapar sus patas traseras, hasta que comienza a moverse, inquieto.

El lobo desfila hacia donde el cauce se ensancha, solo para regresar sobre sus pasos momentos después. No hace ruido, es como si flotase sobre la maleza. Su deambular cada vez se limita a un espacio más corto. Su mirada, esta vez feroz, se posa de nuevo en un punto concreto, el lomo erguido y encrespado, las orejas achatadas en una posición de velocidad remarcada por el viento en contra.

Su presa debería estar aterrorizada, el aspecto del animal es temible, más grande que cualquier lobo ibérico, con esa sonrisa colmilluda y temblorosa prolongándose entre ambas quijadas. Está a punto de saltar. Las sombras proyectadas sobre la orilla se retraen como si el sol incidiese desde otra dirección. En realidad, huyen de él.

Pero aquello que le enfurece está demasiado lejos de sus zarpas, en el punto del curso del río en donde las aguas ondulan y se forman pequeñas espirales que enturbian el fondo.

Su presa no puede verlo y ni siquiera se encuentra a su alcance. No basta con sumergirse dos metros y de un bocado arrastrarla orilla afuera. Ya le gustaría.

Otro problema añadido, el más importante de hecho, es que se trata de dos presas, y no es a ellas a quienes desea destripar. Conforme el espejismo se vuelve más nítido en el río, el lobo arquea el lomo como si fuera a arrojarse al agua.

No lo hace. Por contra, vuelve a deambular a lo largo de la orilla, sin perder de vista aquello que provoca los inquietantes destellos púrpura en la oscuridad.

Su rabia comienza a tornarse en frustración. La visión siempre tarda más de lo soportable, cuando el horror ya está llegando a su fin. Hasta llegar a este momento pueden haber pasado semanas, meses en el peor de los casos, es tan difícil de asumir… El lobo es incapaz de emitir aullido alguno, hay un nudo en su garganta, su hocico ya no está arrugado ni muestra las encías, y su mirada ahora es la de un humano a punto de llorar.

Está perdiendo su oportunidad, si acaso alguna vez la ha tenido. Sus pupilas dilatadas ondulan con la misma cadencia hipnótica del río.

El tipo ha tirado demasiado fuerte de la soga y la cabeza de la muchacha cuelga ahora desmadejada, como el resto del cuerpo. El otro hombre que la sujetaba se ha caído de culo y mira estúpidamente las bragas que acaba de arrancarle. Aún llevan la etiqueta, las deben de haber comprado para la ocasión.

Entretanto, la otra muchacha se arrastra entre las bateas de plástico, trata de llegar al cuerpo colgado. Quizás no se ha dado cuenta de que ya está muerta, quizás no se ha fijado en la forma en que la cabeza de su amiga ha virado en un ángulo imposible; quiere consolarla, quiere decirle que alguien vendrá a ayudarlas, que tarde o temprano vendrán a rescatarlas o que al final se aburrirán de ellas y las dejarán marchar con una amenaza, con un «Ni se os ocurra contar nada de esto, o de lo contrario…», y ellas obedecerán, por supuesto que sí. Seguro que llevan días prometiéndolo entre sollozos.

A los demás les divierte ver cómo se arrastra, como una morsa, sin mover las extremidades de atrás. Aún lleva clavada la cruz de Caravaca entre los omoplatos. En parte no se le desprende porque se le ha quedado enganchada a la tira del sujetador, seguro que no han sido capaces de quitárselo del todo, con las prisas, con la excitación del momento. Están jugando con ella, la alientan para que lo siga intentando. No la detienen, saben que no irá lejos, que nadie acudirá en su ayuda.

El lobo también lo sabe.

Aunque le gustaría, no se aparta de la orilla. Se engaña cada vez que todo esto comienza de nuevo, cada vez que presencia lo que ningunos ojos, ya sean de animal o de persona, deberían contemplar. Y se promete que podrá soportarlo, que la próxima vez será menos duro, que quizá hasta podrá impedirlo.

¿Y ahora?

Lleva la lengua fuera, el aire frío hace que le escueza, pero no puede controlarlo, como tampoco puede dejar de emitir ese gemidito profundo que escapa con cada respiración. El lobo se mueve de un lado a otro, cualquiera que lo viese pensaría que trata de cruzar a la otra orilla o que alguna de sus crías se ha caído al río, pobre animal.

Podría sumergirse y atravesar la barrera. Estudia las imágenes cada vez más claras que ondulan en el agua. Siempre sucede así, es cruel, pero conforme se acerca el final más vívida es la pesadilla. Y hay que esperar, siempre hay que esperar.

El collado se pierde en la fatídica negrura. La pendiente poblada de arbolillos se convierte en una barrera natural al llegar al altozano donde se asienta la masía. Han preferido grabarlo todo en el garaje, donde es más soportable respirar esa agria mezcla de dolor, heces y otros fluidos, donde pueden hacer que sus víctimas crean que tienen alguna posibilidad de escapatoria, la última, de hecho. Casi siempre es el mismo modus operandi, con cámaras de vídeo de por medio, con público. Quizá podría saltar por uno de los balates, agazaparse en el tejado e irrumpir por la puerta del garaje, a lo grande, o tal vez colarse dentro de la casa y arrastrar a la muchacha por la puerta trasera. Podría desaparecer entre los vehículos de los invitados (nunca hay aparcamiento suficiente para tanta gentuza) antes de que comenzasen los disparos. A la luz de las velas (les encanta el aspecto ritualista) no les daría tiempo ni a reaccionar. Cualquiera se quedaría paralizado si un lobo enorme les saltara encima en mitad de la noche. Les pillaría con los pantalones bajados, y esto último es literal.

Degenerados.

De los lindes del bosque próximo al río llega un chasquido acompasado, un murmullo de ramas venenosas que se propaga a través de la espesura y que el oído aguzado del lobo reconoce bien. Son las cuerdas vocales del mal, es su risa ancestral.

Podría hacerlo, podría saltar si aguardase el momento preciso, cuando ella estuviese preparada. En realidad no teme tanto por su vida o por la de la chica (nada puede ser peor que lo que le está sucediendo).

No, es por las normas.

Mírala, se dice, sigue intentando ayudar a su amiga… Es como si no fuera consciente de que va a ser la próxima. La última patada la ha hecho rodar dos metros hasta estrellarse contra el pilar. Esa misma bota claveteada le ha perforado ya varias veces entre las costillas, y aunque esté escupiendo sangre sigue intentando llegar hasta donde cuelga su amiga. A ellos les encanta su obstinación, y tan solo la arrastran de vuelta por el pelo cuando se aproxima demasiado. El juego no parece tener fin y se están excitando más de lo que él puede soportar. No durará mucho así, piensa el lobo con un estremecimiento, al darse cuenta de que eso le produce un mezquino alivio.

Si fuera un animal de verdad se dejaría llevar por sus instintos. Engancharía por la pernera al tipo de las botas y no pararía hasta hacerse con el hueso. Sería tan grato darse un festín con sus tripas.

No puede, no va a quedarse a ver el resto. Se supone que debe esperar, que es justo en el último instante cuando debe intervenir, cuando cuerpo físico y cuerpo sutil se están desacoplando y la muerte se aproxima como un relámpago de luz blanquecina. En ese momento la chica mirará hacia la eternidad y por fin podrá verle al otro lado de la barrera. Pero… ¿para qué? No querrá acompañarle, deseará regresar con su amiga aun cuando sepa que no tiene ninguna oportunidad con esos asesinos.

¿Y eso cómo lo sabes? ¿Tan seguro estás de las normas?

No es momento para cuestionarse, ahora no. La aberración sexual con esa cruz es demasiado para su estómago y teme que la escena ya solo pueda empeorar. Han debido de probar ya tantas cosas que el tedio les hace ser menos cuidadosos. Se acerca el final y nunca es agradable vigilar de cerca el agónico proceso. A veces el nivel de sadismo carece de límites. La chica tendrá suerte si se les va de las manos y la matan antes de que puedan poner en práctica una tercera parte de todas sus enfermas fantasías.

Es demasiado tarde para ambas, lo ha sido desde el principio. Nunca es sencillo cuando hay más de una víctima, es prácticamente imposible salvarlas a todas, porque ellos suelen acudir en grupos numerosos, van armados, y algunos…

Algunos saben que los están observando.

Se encuentra allí tras el altar. Sentado con indolencia en el bidón del fondo. Apenas se distingue su rostro a la luz de las velas, a punto de apagarse con ese aire desapacible que sopla, el mismo que a este lado del río. Cuando la luz titila es cuando puedes adivinar su verdadero rostro sobreimpreso en las sombras. Es él quien da las órdenes, quien propone nuevas formas de tortura. Suele participar, lo ha visto otras veces, pero en esta ocasión prefiere observar, a la expectativa de que suceda algo inusual en sus ceremonias, algo que sorprenda a sus saturados y depravados sentidos.

Le gustaría tanto sumergirse y lanzarse hacia su cuello…

Ahora, en lugar de los gritos de la muchacha escucha el matraqueo áspero que producen las aves del bosque. Puede leer las súplicas en esos labios ensangrentados, pero no quiere mirar más, no desea presenciar lo que están a punto de hacerle. Ella continúa llamando a su amiga, aún trata de aferrarse a las imperfecciones del suelo e impulsarse algunos centímetros más hacia el cuerpo inerte y vejado de su compañera de instituto. Juntas, siempre juntas en clase y fuera de ella, ahora también lo están. Será la última vez que vayan de la mano.

El vínculo es demasiado fuerte cuando hay más de una víctima, el eco de su dolor se amplifica y el recuerdo perdura aun al perder el conocimiento. Cruzar al otro lado del río con toda esa angustia amplificada empaña la consciencia y te convierte en un ser atormentado a este lado de la Frontera, alguien que solo quiere regresar porque su amiga se ha quedado atrás y tiene que ayudarla, tiene que ayudarla, por Dios, tiene que ayudarla…

Son las normas, se repite, mientras da media vuelta y azota las insidiosas ramas con el rabo. Las sombras huidizas se han atrevido a acercarse de nuevo, pero se disuelven a su paso. Ante los ojos del lobo, el camino de regreso aparece desdibujado debido a las lágrimas.

Lo último que ha visto reflejado en el agua ha sido la pistola que apuntaba hacia la joven. El lobo sabe que ha llegado el momento final cuando desde algún punto de la infinidad neblinosa que empaña el bosque se escucha el aplauso secreto de las ramas, el batir correoso de las alas y el coro de aullidos de las bestias sin corazón.

Si pudiera, él también aullaría.