Fragmento

ESTE ES EL FRAGMENTO DE YO VI TU SILUETA QUE GANÓ EL CONCURSO DE DIÁLOGOS “ASESINOS, DE HEMINGWAY” DE LA EDITORIAL LIBROSENRED. (ATENCIÓN, SPOILERS)

Movió la mandíbula con dificultad. Se notó la lengua áspera. Detectó el hedor de su propio aliento cuando empezó a articular palabras que iban más lentas en su boca que en su mente.

—¿Para… qué la cámara? —señaló con la nariz la videocámara sin pantalla que había sobre el banco de trabajo. Apretó los dientes e intentó dejar de temblequear.

—¿Tú al grano, eh? Eso está bien… Bueno… —Miguel se sentó en el taburete con el que había agredido a su hermano—. Pues olvídate de la cámara, y dime, ¿qjé vamos ja cer? —Otra imitación.

¡Bien!, ¡ahora me toma en cuenta!

—Yo… no quiero que te pase nada. Sabes que no quiero que te pase nada… Y sabes que me la jugué por ti con lo de tu novia. Sabes que lo hice para protegerte, que te cambié de casa para protegeros. Creo que papá te hubiera dicho algo al respecto. ¡Atropellar a tu propio hermano!

Me merezco un premio. Me duele la cabeza, me duele todo el cuerpo, y creo que estoy brillante… ¡Olvidaos de mí, tenazas!

—Bueno, perdóname… —alcanzó a disculparse Miguel tras una larga pausa en la que se oía a Alicia respirar con fuerza; más incluso que las gotas de lluvia que golpeaban el techo, amplificadas en el interior del garaje—. Es que… tenía miedo…

—Pero tampoco quiero que le hagas daño a esa chica.

—Yo tampoco —suspiró, mirando de reojo los dedos que se movían sobre los brazos de la mecedora—, pero ¿qué puedo hacer? Ella no me quiere. Ella solo es un pájaro que quiere volar y alejarse de mí. Ella solo es un pájaro.

—Pues no se lo hagas. Te ayudaré, Miguel, te ayudaré si me dejas tomar el mando de nuevo.

Félix apareció frotándose los ojos. Dijo algo que ni Miguel entendió y se apoyó sobre la barandilla mientras contemplaba con ojos soñolientos la escena.

—Te ayudaré a esconder los cuerpos, pero esta chica está viva, y viva seguirá, ¿me entiendes?

Obtuvo el silencio por respuesta. La boca se le quedó abierta por un instante, los mofletes acentuados y fláccidos, y Demetrio le encontró más que nunca el parecido con Félix.

—Miguel —continuó—, podemos dejarla en esta casa, encerrada. Podemos sellar la puerta y las ventanas. Nadie diría nada. Esta casa es pasto de los ladrones. O también podemos construir un sótano. Eso es pan comido, ¿oyes? Y ella puede ser tu pareja. Podrías cuidarla bien, ella se acostumbraría, porque no podría salir, y no habría problema, ya no habría más problema para ti.

La aludida se aferró a los brazos de la mecedora, intentó mover los pies, pero cesó, ya que eso hacía que se balancease, y le fastidiaba balancearse, se imaginaba como una niña feliz en casa de su abuelita, o ella misma convertida en abuelita atada a la misma mecedora desde su marchita juventud. Miró con odio a los dos hermanos, para los cuales no era otra cosa que una mascota a la que había que castrar para que no se escapara del hogar de sus amos. Entonces se preguntó si no sería mejor morir bajo el filo del hacha. Más rápido y eficaz que esta tortura.

Torturada con un amor que no existía.

Enjaulada como un periquito.

Miguel se secó las palmas en las perneras y hundió la cabeza entre ellas y sus brazos.

—Yo me preguntaba… —empezó a decir—. De pequeño, me preguntaba por qué papá dejó de cazar un buen día. Una vez me dijo que le relajaba y que le ayudaba a ponerse en alerta. A mí me encantaba acompañarle, pero un día paró. Si te preocupaba mucho lo de los gorriones, deberías saber que dejé de hacerlo hace tiempo. Supongo que hay cosas que tienen un significado, un porqué que explica eso y muchas otras cosas, y te encuentras haciéndolo y preguntándote, haciéndolo y preguntándote… Hasta que descubres que no hay una respuesta válida, y entonces dejas de hacerlo porque te has cansado de seguir preguntándote.

Demetrio se pasó la lengua por los labios, miró con tristeza la calvicie de su hermano y escuchó en silencio, esforzándose por captar alguna idea que pudiera utilizar para reforzar su persuasión.

—Y si he grabado todo esto en vídeo ha sido para preguntarme lo mismo una y otra vez, para no tener que repetirlo por mucho que me pusiera cachondo la primera vez. No los maté porque sí, ¿sabes? No lo hice, fue un accidente, pero no quiero que se repitan más accidentes como esos. Venía dispuesto a matar a esta chica, grabarlo y terminar de cazar. Abandonar la búsqueda sin haber cumplido la promesa de mamá. También se lo debo a Félix, pero esto tiene que acabar alguna vez.

—Ya no necesitas matarla —se atrevió a atajar Demetrio—. A tu modo, pero puedes tratarla bien, ¿no es cierto? ¿Era esa la promesa? Pues puedes hacerlo, puedes dejar de cazar como papá y amarla como mamá se merecía. Ella no se marchó nunca de casa. Ella tampoco lo hará, pero tú puedes tratarla mejor, ¿no te parece? Miguel, quítame el cordel…

Miguel levantó la mirada. Miró los pies atados e inquietos de su hermano, los calcetines negros que se frotaban entre sí. Se fijó en el brillo de sus ojos, en un esbozo de sonrisa que se borró al saberse observado. Lo recordó tratando de liberar a Alicia. Recordó cómo le había llamado gordo de mierda.

Lo vio temblar.

(¡Ha intentado llevársela!)

Demetrio se pasó la lengua por los labios y vigiló las manos de Miguel, que giraba la cabeza para encontrarse con los ojos de Alicia, la chica que le había llegado a ofrecer sexo y amor, que le había prometido que sería una buena chica y que se dejaría de rabietas, rabietas que acababan en accidentes.

(¡Y se iba con él! ¡Ambos se largaban! ¡Ambos te robaban!)

A Miguel le sobrevinieron imágenes de su niñez.

El cubierto del diablo.

—Demetrio…

El aludido asintió y escuchó.

—¿Recuerdas el cubierto del diablo?

—¿Cómo?

—El cubierto del diablo, mi tirachinas, ¿te acuerdas de él?

—Sí… claro…, pero ¿a qué viene eso?

Miguel trazó un dibujo con el dedo en la pernera de su pantalón mientras sorbía por la nariz.

—Era el tirachinas que el hombre me hizo, y tú me lo cambiaste.

—Sí… bueno, ¿y qué?

—Que me engañaste.

—¿Cómo? —profirió con un graznido. Carraspeó.

—Me diste el tuyo. Me engañaste.

—Miguel, eras un crío. Yo ni siquiera quería el tirachinas.

—Me engañaste. Y creo que volverías a hacerlo.

—Miguel, esto no tiene nada que ver con cosas de críos. Estamos hablando de esa chica, y de lo…

—¡Calla! No necesito que me convenzas, necesito convencerme yo.

—Pero, Miguel…

—¡CALLA!

Y Demetrio calló, mirando cómo su hermano cogía la cámara, la que él mismo le había roto. Una de esas tontas acciones que se creen justificadas en el momento del enfado, pero que más tarde se revelan como soberanas meteduras de pata. Demetrio se esforzó en recordar si alguna vez se había portado mal con su hermano cuando eran niños, pero no halló en su memoria nada de relevancia, tan solo algunas bromas sin importancia. Él siempre había querido a su hermano. El problema vino al empezar a dejarlo de lado, cuando empezó a ejercer el papel de tío y después el de padre ausente.

No las tenía todas consigo. Ya ni era capaz de dirigirle una de sus miradas falsamente benévolas. No cuando lo que estaba en juego era la vida y la libertad. No cuando ya no estaba tratando con un niño, aunque en algunos aspectos lo siguiera siendo. Y no cuando estaba demasiado agotado como para mantener la compostura y dejar de frotarse los tobillos.

Y con la ilusión del falso bote de cerveza de la estantería.

No sería capaz por demasiado tiempo de mirar a su hermano, de reconocer en él a otro que no fuera este que escondía personas en lugar de pájaros. Su hermano pequeño (su único y verdadero hermano pequeño), que era tan torpe y lento cuando se preparaba para chutar el balón, ya no parecía tan torpe ni tan lento con el hacha.

Y si lograba mirarle una vez más a la cara sin delatar sus deseos de golpearle con la correa de papá hasta que sangrara… Si lo lograba…

Pero… ¿Haría que no pudiese venir más a la casa de campo a terminar sus trabajos?

¿Traicionaría a su hermano?

(Ya lo has hecho)

¿Y a esa chica?

(¿Y tu propia vida?)

Se sentía tan indefenso.

Sintió las arrugas en su piel como tajos de realidad.

¿Qué te vas a llevar a la tumba, a tu familia? ¿Todos reunidos a la mesa? ¿Una cena de Nochebuena con tropezones humanos?

—Miguel… Te he roto la videocámara…

Silencio. Demetrio insistió, frotándose los tobillos entre sí:

—Te he roto la cámara.

—Es una pena… —dijo Miguel, sonriendo agriamente.

Demetrio repitió casi sin voz la misma frase: “Te he roto la cámara…”

—… Es una pena, porque no voy a poder conservar esto para la posteridad.

Alicia no habría dicho nada aunque hubiera podido. No decidía, tan solo existía para contemplar una realidad a la que no quería pertenecer. Y para los demás no era más que una posibilidad, una antigüedad, una pieza de colección que podría acabar en el trastero, en venta o finalmente destruida por inservible.

—No puedo devolverte el tirachinas… Sabes que lo perdí.

—Pero sí puedes demostrarme tu lealtad. Y ella también tendrá que demostrarla.

Miguel dejó la cámara sobre el suelo, se levantó y avanzó hacia la chica. Esta, en lugar de removerse, puso rígido el cuello y la espalda, y cerró los ojos.

La mordaza cayó y quedaron al descubierto unos labios agrietados y sanguinolentos que dejaban escapar débiles jadeos.

—No le hagas nada…, Miguel… —suplicó Demetrio, aunque no les miraba a ellos, como si la súplica fuera dirigida a sí mismo.

—No… No voy a haceros nada —se agachó parsimoniosamente para inspeccionar los nudos—. En absoluto. Pero tú vas a hacer algo con ella.

Miguel se levantó resoplando apoyándose en sus rodillas y en la mecedora. Dejó a Alicia boquiabierta y balanceándose.

Demetrio profirió un mudo “¿Qué?”

—Vas a follártela. ¿Te gusta la palabra? ¿O a ti te gusta más decir tratártela, no? Pues vas a hacerlo, y yo lo veré, y hasta que no lo hagas…

—¿Qué? —logró decir.

Miguel le lanzó una mueca parecida a una sonrisa mientras se dirigía al banco de trabajo. Cogió un lapicero apoyado sobre la base incompleta de un armario y sacó unas tijeras. Luego fue hacia las escaleras.

—¡Venga, Félix! ¡Vas a ver algo divertido! ¡Coge algunos cojines y tu martillo, y siéntate! ¡Vas a ver algo divertido, como en la tele! ¿Te gusta la tele por las noches, cuando es muy de noche, verdad? SE-EK-SOO, Félix, ¡SE-EK-SOO!

Los pasos de Miguel se apagaron entre los gorjeos de Félix, que hizo retumbar tres veces la baranda con su martillo.